En Zacatecas, bajo la línea ardiente del Trópico de Cáncer, se levantó hace tres siglos un obelisco que quiso dialogar con los del Nilo. Como si la cantera compartiera su memoria mineral con la piedra egipcia, la ciudad barroca erigió en 1724 un monumento que miraba hacia el cielo y hablaba en jeroglíficos, inscribiendo en su cuerpo un lenguaje secreto.
Ese obelisco —hoy perdido— vuelve a erguirse en las páginas del Obelisco zacatecano o elogio jeroglífico extraído del arte de los egipcios, de José de Rivera Bernárdez. Gracias al trabajo erudito de Carmen Fernández Galán Montemayor y al prólogo de Antonio Rubial García, se rescata no sólo un texto, sino un universo simbólico donde la fiesta barroca, el ingenio literario y la arquitectura efímera se funden con la permanencia de la piedra.
El volumen celebra trescientos años de aquel sueño mineral. Nos conduce desde las mascaradas y certámenes poéticos de 1722 hasta la construcción de un obelisco real que, alineado con la capilla del Patrocinio, se convirtió en un sol de cantera y enigmas. Rivera Bernárdez, inspirado por las visiones del jesuita Athanasius Kircher y los ecos de sor Juana, concibió un objeto que fue más que un adorno festivo: un jeroglífico monumental donde leones, símbolos y palabras tejían un pacto entre cielo y tierra.
La edición actual no sólo traduce el latín al español e inglés, también ofrece una guía fonética de los jeroglíficos, devolviendo al lector contemporáneo la posibilidad de escuchar, casi como un murmullo antiguo, las voces de Egipto en tierras zacatecanas. Se trata de un libro que invita a descifrar: la écfrasis convierte el vacío en presencia, la memoria en escritura, el pasado en enigma vivo.
Durante la presentación del libro, el texto que aquí nos comparte David Castañeda Álvarez se convirtió en un obelisco de palabras: un homenaje vivo que reconstruye la memoria de Rivera Bernárdez y del monumento desaparecido. Con delicadeza poética, enlaza historia, imagen y afecto, recordándonos que toda escritura es también un acto de restitución y que cada lector está llamado a levantar su propio obelisco en la imaginación.
Al final, queridas lectoras y estimados lectores, como susurra el propio texto: o descifras los jeroglíficos, o te vuelves uno. No lo olviden, juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero