ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
Lo natural en el ser humano es el auto-aniquilamiento, por eso es insoportable cuando el discurso ecológico se insufla de esperanza y pretende que la flecha no dé en el blanco. Claro que a mí también me irrita el basural en los campos, las botellas de hule en el arroyo, el hedor de las maquilas y el salvaje extractivismo colonialista, despótico, ruin y miserable que ultraja culturas y las despoja. Por supuesto que detesto el ambiente degradado por el ruido de las motocicletas, el desplazo forzado de comunidades en manos del “gobierno-crimen” y aún más su fingimiento de inocencia y de ponderarse como “los buenos”. Pretender que “el granito de arena” contra la devastación del medio ambiente evitará la catástrofe es lo mismo que manejar con los ojos cerrados esperando no chocar; es loable y encomiable la lucha ambientalista, más aún: replantear todas las vinculaciones en la vida de la comunidad, yo creo que sí, pero también estoy seguro de que no evitaremos el colapso, sólo retardaremos el golpe.
Entonces eso que llamamos “naturaleza”, ¿qué es?, ¿únicamente lo que no producimos los humanos, lo que viene de nosotros, pero con lo cual no hemos logrado empatar? Mas al verlo ¿no lo hacemos parte de nuestra experiencia y, por lo tanto, lo procesamos como nuestro? Estudiando a los reinos, clasificando, examinando, ¿no es esto humanizar la otredad? Luego lo natural es también un producto diseñado y manipulado por los seres humanos. Desde que los homínidos pintaron sus manos en la roca hemos pretendido a la eternidad, durar en el tiempo-espacio, que podemos resarcir nuestra voraz molicie del entorno y que no importa el crecimiento descontrolado de las urbes y la pauperización de sus habitantes, si cuidamos los recursos naturales podremos alargar nuestra agonía, una vez más estos pensamientos dejan dormir en su edredón San Juan al corazón tranquilo, pero nada más.
Por eso creo que lo más “natural” es que nos acabemos, que pasemos por nuestra extinción creyéndonos nuestro cuento y que lo entendimos, el fin del antropoceno debe ser motivo de gozo y no de fútiles lagrimeos, al ser la más despreciable de las especies lo mejor que podemos hacer por este mundo es esfumarnos.
En el proceso de degradación nos hemos tornado frívolos, inútiles y obsoletos, perdimos la sacralidad de la vida o la ignoramos, construimos civilizaciones basadas en el consumo del petróleo y la electricidad y, con ellos, habitamos una realidad alterna que es al mismo tiempo forma y contenido, todo a nuestro alrededor así lo demuestra: la cultura de masas, el alimento tóxico, el culto a la promiscuidad, el deleite de explotar y la conformidad con ser explotados, el letargo de las pantallas, la vacuidad de la política y su rapacidad desquiciada. Existen comunidades, grupos étnicos y colectivos que resisten a estos embates de la sociedad farmacopornográfica (Preciado, 2023) y se puede elegir la exploración de esos linderos, después de todo sólo hay dos sopas: aclimatarse o aclichingarse, la segunda es elegir lo diferido, la desconexión, la crítica, la sátira, la lucha, porque la lucha se hace por una motivación vital, quien está obnubilado y enajenado apenas el sistema lo mantiene con la voluntad necesaria para sostener con una mano el celular y con la otra deslizar el pulgar por la pantalla sin descanso.
“Ra so’o ruyo”, según mi propia pesquisa, es una expresión en zapoteco de la sierra de Oaxaca que significa “la luminosa (¿la luna?)”. Esto, claro, es una mera interpretación, arbitraria y muy personal, con mis disculpas por adelantado para quienes sí conocen o hablan esta lengua; la encontré escrita con grafito en la bella litografía que sirve como disparador de esta columna, titulada al calce: “Ra so’o Ruyo vs. La sequía”, obra de la artista Ramas Ramales, la cual es creadora de historietas, ilustraciones y litografías como ésta: bien equilibradas en la escala de valores tonales, con una impresión impecable, composición y trazo que refieren al arte no occidental y al más occidental de todos: la historieta o comic. En la obra observamos a una deidad femenina ancestral y a la deidad femenina del neocolonialismo: una Coca-Cola, ambas figuras enfrentan una tormenta vertida por gordas nubes que recuerdan a las que aparecen en algunas historietas. El chorro de agua más prístino y raudo sale de la botella de refresco en una probable alusión y reclamo al excesivo gasto hídrico que las compañías refresqueras realizan cada día y el cual provoca la sequía que padecemos en el mundo y no se diga acá en nuestra estepa. Por otra parte, en algunas culturas del sur de México el refresco de cola es un elemento sacro que protagoniza algunos rituales, quizá también podamos interpretar esta obra como una parodia de esa neo-sacralidad profana y ecléctica que a veces experimentamos en este fin de ciclo. Entonces llueve, quiero una cocota.

Título: “Ra so’o Ruyo vs La sequía”
Técnica: Litografía sobre papel
Medidas: 20×15 centímetros
IG: @ramasramales