ISVI RUBÉN ESPARZA GARCÍA
Vivimos en una era donde la inacción parece ser el pecado capital. Desde que abres los ojos, el cerebro se llena de un ruido constante: la alarma, levantarse, ir al baño, desayunar, la segunda alarma, salir a trabajar, contestar mensajes, revisar el celular, hacer compras, pagar recibos, ir al banco, llevar el carro al servicio, tomar los medicamentos, hacer el súper, limpiar la casa, pedir el gas, contestar correos, volver a revisar notificaciones y, si queda un poco de tiempo, hasta procurar tener una vida.
Parece que la vida se convirtió en una enorme lista de pendientes.
Y lo curioso es que cuando por fin terminamos todo lo que teníamos que hacer, muchas veces no sabemos qué hacer con nosotros mismos. Nos sentamos un momento y casi de inmediato aparece esa sensación de que deberíamos estar haciendo algo más. Como si descansar fuera una especie de falta de responsabilidad. Esta noción de que el valor humano depende de nuestra capacidad de hacer cosas es una trampa. Nos ha llevado a un estado de burnout existencial, donde la mente está tan saturada que ni siquiera podemos disfrutar del silencio.
Incluso existe algo extraño en el hecho de que alguien nos vea sin hacer nada. Si un compañero de trabajo pasa por nuestro lugar y nos encuentra simplemente mirando por la ventana, probablemente pensará que estamos perdiendo el tiempo. Si alguien pregunta qué hicimos durante el día y respondemos «nada», parece que debemos justificarlo. El problema no es el trabajo en sí, ni las obligaciones que sostienen nuestra vida, el problema es que hemos confundido el valor de una persona con la cantidad de cosas que hace.
Desde pequeños nos enseñan a no desaprovechar el tiempo, y poco a poco comenzamos a entender que cada minuto tiene que servir para algo. Si vamos en el automóvil rumbo al trabajo, escuchamos música, un podcast o una entrevista, incluso ahora los autos “autónomos” se venden como un espacio donde no necesitas tomar el volante….ahora podrás aprovechar el tráfico para trabajar dentro, en vez de solo concentrarte en conducir.
Si hacemos ejercicio, necesitamos los audífonos; si esperamos en una fila, sacamos el teléfono; si tenemos cinco minutos libres, revisamos las redes sociales; si la espera es mayor, vemos una serie; incluso si vamos al baño podemos llevar la computadora para llenar esos improductivos minutos con algo justificable. Hasta el aburrimiento parece haberse convertido en algo que debemos evitar.
Pero hay días en los que uno simplemente se harta. Se harta de la música que propone el algoritmo. De las noticias, que siempre muestran una realidad deprimente, de las conversaciones banales, del tráfico infranqueable, del ruido del teléfono de la persona de al lado, de las notificaciones incesantes, de la carretera que todos los días lleva al mismo lugar.
Y entonces uno quisiera simplemente no hacer nada.
No viajar. No escuchar música. No contestar mensajes. No resolver ningún pendiente. No producir. No aprender. No mejorar. No aprovechar el tiempo.
Simplemente estar.
Pero hasta eso parece habernos sido arrebatado.
Hay algo profundamente humano en sentarse en silencio sin esperar que ocurra nada. Mirar por la ventana. Tomarse un café lentamente. Escuchar los sonidos de la casa. Caminar sin rumbo. Quedarse un rato acostado sin dormir y sin mirar el teléfono. Pensar cualquier cosa o, mejor aún, no pensar en nada.
Quizá esos momentos improductivos son precisamente los que nos permiten volver a nosotros mismos.
Porque no todo en la vida tiene que tener un propósito. No todo tiene que convertirse en dinero, conocimiento, experiencia, ejercicio, entretenimiento o una fotografía para compartir. Hay momentos que no sirven para nada y, justamente por eso, pueden servir para mucho.
Tal vez deberíamos recuperar el derecho a perder el tiempo. Tener ese privilegio de “no hacer nada” sin sentir culpa.
No como una forma de irresponsabilidad, sino como una pequeña rebelión contra la idea de que nuestra existencia tiene que estar permanentemente justificada. Porque descansar no siempre significa dormir. A veces descansar significa dejar de responderle al mundo durante un rato.
Quizá el verdadero lujo de nuestros días no sea tener más dinero, viajar más lejos o comprar cosas que no necesitamos. Tal vez sea disponer de unas horas en las que nadie nos necesite, nada nos urja y podamos simplemente estar. Los romanos tenían una palabra para eso: otium, el tiempo que nos pertenece. Y quizá sea justo eso lo que hemos olvidado: que no todo momento tiene que ser productivo. A veces, no hacer nada también es necesario para vivir.
Y quizá, después de todo, deberíamos aprender nuevamente a disfrutar de este privilegio.
Debería poner algo, pero no quiero hacer nada….