ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Hay algo profundamente moderno en la manera en que buscamos el amor: primero descartamos.
Antes de conocer a alguien queremos saber si mide lo suficiente, si vive suficientemente cerca, si fuma, si tiene perro, si quiere una relación, si no quiere una relación, si «fluye», si «se deja llevar», si escucha a Radiohead, si tiene fotografías con demasiados filtros y, sobre todo, si parece capaz de contestar un mensaje sin convertirlo en una negociación diplomática.
El deseo, que durante siglos fue considerado una fuerza misteriosa, irracional y hasta peligrosa, ahora aparece en una pantalla con dos botones.
Sí.
No.
Una civilización que llegó a la Luna terminó resolviendo el erotismo con un movimiento del pulgar.
La humanidad es fascinante.
Tinder no conoce a nadie.
Conoce fotografías.
Conoce edades.
Conoce distancias.
Conoce preferencias.
Conoce algoritmos.
Conoce quizá nuestros hábitos mejor de lo que nos gustaría admitir.
Pero no conoce a nadie.
Y aquí comienza el pequeño escándalo.
Porque nosotros tampoco conocemos a nadie.
Al menos no al principio.
Conocemos una imagen cuidadosamente seleccionada de alguien que ha decidido presentarse ante desconocidos. Una fotografía donde sale particularmente bien, otra en un viaje, quizá una haciendo ejercicio, otra con amigos —aunque nunca sabemos cuál es él— y una última donde mira a la cámara con esa expresión entre misteriosa y aburrida que las aplicaciones parecen considerar obligatoria.
Después aparece la biografía.
«Me gusta viajar, comer rico y disfrutar de la vida.»
Excelente.
También me gusta respirar.
Ya tenemos mucho en común.
El problema no es Tinder.
El problema es nuestra antigua fantasía de que las personas pueden ser clasificadas antes de ser conocidas.
Eco habría reconocido inmediatamente el mecanismo.
Vivimos rodeados de signos y hemos desarrollado una confianza casi religiosa en nuestra capacidad para interpretarlos.
Una fotografía significa personalidad.
Una profesión significa carácter.
Una canción significa sensibilidad.
Un tatuaje significa rebeldía.
Una fotografía con un gato significa ternura.
Una fotografía sin camisa significa… bueno, aquí las conclusiones suelen ser más rápidas.
Construimos una persona a partir de fragmentos.
Después nos enamoramos, no de la persona, sino de la interpretación que hicimos de sus signos.
Y cuando finalmente la conocemos descubrimos, con cierta decepción, que el hombre que parecía misterioso simplemente estaba cansado.
Que el intelectual era tímido.
Que el aventurero odiaba los aviones.
Que el hombre de la fotografía leyendo a Dostoievski estaba esperando su café.
El signo había mentido.
O nosotros habíamos querido creerle demasiado.
Hay una palabra que aparece constantemente en las aplicaciones: química.
«Busco química.»
«Si hay química, vemos.»
«La química es importante.»
Es una expresión preciosa porque no significa absolutamente nada y, al mismo tiempo, puede significarlo todo.
La química es esa palabra que utilizamos cuando no sabemos explicar por qué alguien nos atrae.
Porque podríamos decir:
«Me gusta cómo mueve las manos cuando habla.»
Pero eso suena demasiado específico.
«Me gusta la manera en que mira.»
Demasiado romántico.
«No sé, tiene algo.»
Perfecto.
La química permite que la ignorancia parezca misterio.
Y quizá lo sea.
Porque el deseo tiene la mala costumbre de aparecer sin entregar una explicación escrita.
No llena formularios.
No respeta filtros.
No consulta nuestras preferencias.
A veces nos gusta precisamente quien, según nuestro perfil, no debería gustarnos.
Y ahí empieza la verdadera tragedia del algoritmo.
Porque un algoritmo necesita patrones.
El deseo necesita excepciones.
El algoritmo piensa:
«Te gustan estos hombres.»
Y entonces nos muestra cincuenta parecidos.
Pero uno de ellos nos interesa por una razón que no puede medir.
La forma en que sonríe.
Una frase.
Una fotografía ligeramente desenfocada.
Una manera de escribir.
Algo que ni siquiera sabemos nombrar.
Y de pronto aparece el individuo.
El algoritmo ha hecho todo lo posible por encontrar una categoría.
Nosotros hemos encontrado una anomalía.
Eso, sospecho, es el deseo.
Una anomalía estadística.
Por supuesto, tampoco podemos idealizar el pasado.
Antes de Tinder también había catálogos.
Solo que eran menos honestos.
La universidad.
El trabajo.
La iglesia.
El bar.
La fiesta.
Los amigos de los amigos.
El gimnasio.
Todos esos lugares donde pretendíamos encontrarnos «naturalmente» con alguien mientras secretamente evaluábamos su apariencia, su conversación y sus posibilidades.
La diferencia es que antes el catálogo estaba escondido.
Ahora tiene interfaz.
Tinder no inventó el mercado amoroso.
Simplemente decidió ponerle fotografías y hacerlo deslizable.
Y quizá eso sea lo que nos incomoda.
No que el deseo tenga mercado, sino que ahora podamos verlo.
Hay algo particularmente triste en deslizar perfiles durante una hora.
No porque estemos solos.
Sino porque tenemos delante cientos de posibilidades y ninguna presencia.
Una abundancia de rostros puede producir una forma extraña de escasez.
Todo parece disponible.
Nada parece cercano.
Y entonces ocurre algo curioso: empezamos a comparar personas que todavía no conocemos.
«Este es más guapo.»
«Este parece más interesante.»
«Este tiene mejor cuerpo.»
«Este vive más cerca.»
«Este parece más serio.»
La posibilidad reemplaza al encuentro.
Ya no conocemos a alguien y después descubrimos si nos gusta.
Primero decidimos si nos gusta la posibilidad de conocerlo.
Y eso cambia las reglas.
Porque cualquier defecto futuro puede compararse con una alternativa imaginaria.
Siempre hay otro perfil.
Otro rostro.
Otra posibilidad.
Otra pequeña promesa.
La puerta nunca termina de cerrarse.
Quizá por eso las aplicaciones de citas tienen algo de literatura posmoderna.
Cada perfil es un texto breve.
Cada fotografía, una narración.
Cada silencio, una elipsis.
Cada desaparición, un final abierto.
Y nosotros, pobres lectores ansiosos, queremos saber inmediatamente cómo termina una historia que apenas ha comenzado.
Pero las personas no son novelas.
Una novela tiene estructura.
Un ser humano tiene contradicciones.
Una novela puede revisarse.
Una persona cambia de opinión.
Una novela no deja en visto.
Bueno, algunas sí, pero eso sería entrar en otro debate.
Y luego está el misterio de las conversaciones.
«Hola.»
«Hola.»
«¿Cómo estás?»
«Bien, ¿y tú?»
«Bien.»
La civilización occidental ha llegado a este punto para descubrir que después de miles de años de filosofía, literatura y poesía seguimos sin saber cómo empezar una conversación con un desconocido que nos atrae.
Quizá por eso alguien finalmente escribe:
«¿Qué haces?»
Y el otro responde:
«Aquí, aburrido.»
Excelente.
Shakespeare estaría orgulloso.
Pero, de vez en cuando, ocurre.
Una conversación deja de sentirse como entrevista de trabajo.
Alguien dice algo inesperado.
Nos reímos.
Dejamos de mirar la fotografía.
Dejamos de pensar en la edad, la altura, el signo zodiacal, la profesión o la distancia.
Y entonces sucede algo casi revolucionario:
aparece una persona.
No un perfil.
No una fotografía.
No un conjunto de preferencias.
Una persona.
Con sus contradicciones, sus silencios, sus manías, sus historias mal contadas, sus inseguridades y esa manera particular de pronunciar una palabra.
Ahí Tinder deja de servir.
Y empieza la vida.
Porque ninguna aplicación puede anticipar lo que ocurre cuando dos desconocidos se sientan frente a frente y descubren que la versión digital era apenas una nota al pie.
Quizá esa sea la única virtud verdadera de estas aplicaciones.
Nos recuerdan, por contraste, que nadie cabe en una pantalla.
Ni siquiera nosotros mismos.
Así que podemos seguir deslizando.
No hay nada particularmente inmoral en ello.
Podemos buscar.
Descartar.
Conversar.
Desaparecer.
Volver.
Incluso podemos hacer una lista mental de nuestras preferencias y defenderla como si fuera una doctrina filosófica.
Pero convendría recordar una cosa.
El algoritmo puede saber qué perfiles probablemente nos gusten.
Puede calcular compatibilidades.
Puede aprender nuestros patrones.
Puede mostrarnos cientos de personas.
Puede incluso convencernos de que conoce nuestros deseos.
Pero hay algo que jamás podrá hacer.
Sorprendernos exactamente de la manera en que otra persona puede hacerlo.
Y quizá ahí siga estando el amor.
En ese pequeño territorio que ninguna estadística consigue ocupar.
El lugar donde alguien aparece y, contra todo pronóstico, nos gusta.
No porque encaje.
Sino porque no encaja en absoluto.
Y uno, que había entrado a Tinder buscando exactamente lo que quería, termina descubriendo algo mucho más incómodo:
que no tenía la menor idea de lo que quería.
Tinder no conoce a nadie.
Por suerte.
Porque si algún día llega a conocernos completamente, probablemente dejemos de tener algo que buscar.