JOSÉ MÉNDEZ
Un desierto atraviesa distante el abandono,
una sombra en silencio avanza implacable hacia los sueños,
sobre lo perdido,
el dolor escribe su epitafio.
Soy el ojo esplendido de un animal que sosiega, trescabezasdospiedrasunamuerteenlapalabra.
Soy el espacio violento que arroja una llama, la penumbra que dibuja el árbol,
que ajusticia la mano incauta.
Será del polvo un eco de bosques que principien en la tierra
un trazo elegante que gesticule un espasmo,
un latido espeso un rumbo que adormece.
Y llevaré la cuenta de un mal inocente
de un nombre una recompensa a la orilla flotante de ser uno mismo.
Viviré como ese otoño en la memoria del follaje, tapizando la existencia con un firme desamparo,
en la historia sostendré la raza,
en el aire nada-en-nadie-nuestro-amor-y-miedo-ala-caída
se desplomará en escombros.
El suplicio y el hambre culminarán con el grito, una-asfixia-arrastra-el-fuego-en-la-ceniza,
de un tajo el odio, como un fandango el alarido.
Ahora que estoy aquí soy capaz de la mesura, de un significado que se disculpa, de otro que se anida.
Y mentimos siempre como farsas y comedia arrojando la moneda innecesaria, adquiriendo el orbe, ojo que vuelve al ojo, poema que me pierde en su mirada.