ENRIQUE GARRIDO
Después de bastante tiempo me corté el cabello. Creo que fue el periodo que más tardé, calculo 6 meses. ¿Es importante? La verdad lo dudo, bueno, quizá sí. Todavía me tocó una época en la que tener el cabello largo, en el caso de los hombres, y corto en el de las mujeres, era considerado pecado para algunas conciencias puritanas. Al igual que los tatuajes, la mata larga dejó de ser rebeldía y se volvió algo más relacionado a la identidad., incluso al estado de ánimo.
En películas como Eternal Sunshine of the Spotless Mind o Scott Pilgrim vs. the World las protagonistas cambian el color de su cabellera conforme avanza la tensión dramática, aunque existen cambios más radicales. Cortarse la greña para muchos es signo de “cerrar” ciclos. Por alguna razón este tipo de cambios representan cierre y apertura, ya sea de una relación o de algún trabajo, como una especie de ritual que permite empezar, o al menos proyectar la sensación de que podemos iniciar otro periodo como otro tipo de personas.
Personalmente no me siento así, y más bien me percibo dentro de un Maelström temporal que no avanza, sino que se expande, se ramifica, se repite. A este fenómeno, el filósofo norteamericano Grafton Tanner lo llama “Porsiemprismo”. En 2023 publicó su libro Porsiemprismo. Cuando nada termina nunca donde plantea que a partir de la crisis del futuro provocada por la tecnología que trae el pasado de manera constante al presente, así como las narrativas del tipo reboots, recordemos el universo Marvel, las cuales básicamente no tienen fin, pues hay secuelas, precuelas, nuevos personajes; por lo que la nostalgia se inhibe y somos incapaces de pensar en un fin, pues el sentido de la historia cambia, no vamos hacia el progreso o decadencia, sino que vivimos en el tiempo de las actualizaciones.
Al pensar el porsiemprismo en nuestro contexto nos trae a la mente algunas de sus formas más cercanas. La adolescencia extendida, la repetición de personajes y contenidos en las películas y libros, reversiones constantes, así como la incapacidad de afrontar los finales en nuestras realidades, pues al no terminar nada, los sentimientos por concluir algo, como el alivio y la satisfacción o la pena y la nostalgia, adquieren un nuevo sentido.
Quizá por eso cortarme el cabello ya no simboliza nada profundo, o quizá sí y me rehúso a admitirlo para no caer en el cliché del “nuevo yo”, o “mi mejor versión de mí”. En estos tiempos de porsiemprismo, donde todo sigue, todo se repite y nada muere del todo, incluso un acto que implique tijeras es parte de la eterna secuela, o reboot, de nuestra vida. Y si el futuro está en pausa permanente, pues bueno, al menos mi cabello no; pero incluso dentro de esa lógica, estos pequeños gestos sobreviven como un recordatorio discreto de que aún podemos detenernos, respirar y pensar “aquí termina algo, aunque sea dentro de mí”.
No sé si eso sea suficiente, pero es lo único que tenemos. Quizá no sea un cierre de ciclo, pero al menos me ayuda a terminar mi columna, sin secuela ni precuela, sin líneas del tiempo y personajes que mueren y reviven, sólo un signo ortográfico que marca que se ha dicho todo: punto final.