FROYLÁN ALFARO
Cuando se menciona a Alejandra Pizarnik, es común que lo primero que aparezca no sea una reflexión sobre su poética, sino una imagen: la de la poeta atormentada, la mujer frágil, solitaria, depresiva, que escribía rodeada de pastillas y fantasmas. Pero esto, más que una lectura es una reducción. Alejandra no fue solo una escritora desgarrada por su biografía. Fue una pensadora del lenguaje.
Para entender su obra, según un filósofo que no sabía de qué escribir, pero que estaba releyendo unos poemas de Pizarnik, hay que salir del terreno de la psicologización, esa manía de convertir todo en un síntoma clínico, y entrar al terreno filosófico. No porque ella haya citado a Heidegger o a Wittgenstein, sino porque su relación con las palabras se juega exactamente en el espacio que estos pensadores exploraron, el del límite del lenguaje. ¿Hasta dónde puede llegar una palabra? ¿Qué hay cuando ya no puede decir nada? ¿Y qué significa escribir cuando escribir ya no alcanza?
Empecemos por el interesante hecho de que el lenguaje no es transparente. No es una ventana limpia que nos muestra el mundo tal cual es. Esto lo dijo Nietzsche cuando escribió que la verdad “es un ejército de metáforas”. También Wittgenstein cuando decía que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Y es justo ahí donde habita Pizarnik que usaba el lenguaje no para mostrar el mundo, sino para señalar su fractura.
En sus poemas el lenguaje no es una herramienta, es una herida, o mejor dicho, una herida que intenta hablar. Su escritura es el testimonio de alguien que no se conforma con lo que las palabras ya dicen, ella sospecha que detrás de cada proposición hay un abismo. Y ahí también se cruza con el filósofo Gilles Deleuze, quien en Lógica del sentido afirma algo que parece una herejía: el sentido no existe, el sentido no está ahí como una verdad esperando ser descubierta. El sentido es un acontecimiento.
Tomemos como ejemplo, querido lector, la palabra “manzana”. Si usted está en un mercado, “manzana” probablemente se refiera a una fruta. Si está en una clase de historia bíblica, será símbolo de pecado. Si está hablando de Newton es gravedad. Y si está en una conversación sobre tecnología será una marca de celulares. Entonces, ¿cuál es el verdadero sentido de “manzana”? Pues depende de lo que esté pasando cuando se dice, de quién lo dice, a quién se lo dice y para quién lo dice. El sentido no vive en la palabra, sino en su uso.
Otro ejemplo, la palabra “puerta”, cuya definición es clara y precisa. Pero cuando alguien grita “¡abre la puerta!”, el sentido no es el mismo que cuando un poema dice “yo soy la puerta que nadie cruza”. El significante es idéntico, pero el sentido cambia, porque, como se dijo, el sentido no está en la palabra, sino en la forma en que aparece en una situación, en un acontecimiento.
Esto que puede parecer un juego lingüístico, es en realidad un cuestionamiento ontológico. Heidegger hablaba del “olvido del Ser”, esa tendencia moderna a confundir el Ser con su función. Pizarnik, sin nombrarlo, pareciera estar en el mismo plano, sus poemas no hablan de cosas, sino que interrogan la posibilidad misma de que algo pueda ser dicho. Desde esta perspectiva, su lenguaje no es descriptivo, sino crítico. No dice “esto es así”, sino “¿cómo es posible que algo pueda decirse?”.
Entonces, su “oscuridad”, no es una consecuencia de que no sepa decir las cosas, es que las cosas que quiere decir no caben en las palabras disponibles. Por eso su poética se llena de silencios, de repeticiones, de cortes abruptos. Es como si cada poema fuera un mapa de lo que no se puede decir, de lo que se escapa, de lo que duele y no encuentra nombre.
Aquí es donde el sinsentido aparece como posibilidad, porque si el lenguaje habitual se ha vaciado de sentido, si ya no podemos confiar en que “yo te amo” o “yo sufro” digan algo auténtico, entonces hay que romper el lenguaje. No destruirlo, solo rasparlo, hacerle huecos para que lo no dicho se pueda asomar. No es casual que muchos de sus poemas terminen en el silencio, o que lo pongan como protagonista: “y caer con todo el silencio”, “pero el silencio es cierto”. Aquí, el silencio no es ausencia de lenguaje, sino lenguaje al borde de sí mismo.
Pizarnik, está en guerra con las palabras, pero no renuncia a ellas. Cada verso suyo es una escena de combate. Su dolor no es solo biográfico, es semántico. Ella sufre por lo que no puede decir, por lo que se ahoga en la garganta del idioma. Y eso es una experiencia filosófica que nos ayuda a entender el sinsentido.
Por supuesto, algunos dicen “eso es porque estaba enferma”. Como si la angustia ante la insuficiencia del lenguaje fuera una patología y no una condición humana. Pero basta con leer con un poco más de atención para darse cuenta que Alejandra no se queja del mundo como quien escribe un diario adolescente. Más bien lo interroga. lo desnuda.
En el fondo, Pizarnik no escribe sobre la muerte. Escribe sobre la imposibilidad de decir la vida. Sobre esa grieta entre el yo que siente y el yo que escribe. Es, en todo caso, una búsqueda del sentido por otros medios. Y ese medio es el poema, entendido como campo de prueba. Como lugar donde el lenguaje puede reinventarse.
Leer a Pizarnik, es aceptar que las palabras no alcanzan, pero que persiste la promesa de crear nuevos sentidos, nuevas formas de nombrar, nuevas maneras de habitar el mundo. Aunque no tengan nombre todavía, aunque aún no hagan sentido. Y eso también abre un espacio a la filosofía.