ENTREVISTA A GUSTAVO ÍÑIGUEZ
Fotografías: Cortesía
Hola, soy Gustavo Íñiguez. Mis publicaciones más recientes son Colección privada del gabinete de las maravillas, editado por Mantis Editores en 2020, e Instalación doméstica, publicada por Sombrario Ediciones en 2019. Hoy estamos aquí con pretexto de Prótesis, un libro que publicó Salto Mortal a finales del año pasado, en 2025.
GUSTAVO ÍÑIGUEZ: Prótesis es un libro que experimenta con el lenguaje. La idea que me rondaba cuando empecé a reescribirlo —porque en realidad es una reescritura de un manuscrito anterior, lleno de inquietudes— tenía que ver con cómo esos primeros poemas que escribí en algún momento se fueron alejando de mí a través del lenguaje. Sentía que el lenguaje me separaba de las cosas, de otras personas. Ahí comenzó a aparecer el concepto de prótesis.
Empecé a entender que el lenguaje, al menos en mi experiencia, se presenta como algo obsesivo, como una red que se interpone entre uno y las cosas del mundo, entre uno y las personas. El lenguaje funciona como una prótesis, como un interlocutor constante. Entonces el libro pone a prueba el lenguaje: ver si, quitándole un poco de sentido, sigue teniendo esta característica de separación.
Más que otra cosa, siento que el lenguaje me distancia de la realidad. Por eso pensé en la prótesis como esa forma habitual en la que tocamos el mundo. No es la única, pero sí una muy recurrente. Quería ver si abriendo el sentido, si desarticulándolo un poco, era posible acercarse más a la realidad sin esa intermediación tan rígida del lenguaje.
EL MECHERO: Tuve la fortuna de leer el libro antes de que terminara el año y se percibe cómo los poemas van nombrando la realidad. Antes de comenzar la entrevista te comentaba que hay algo interesante entre la palabra, el lenguaje poético y una especie de corporalidad; quizá una corporalidad del mundo de las palabras que va formando el entorno.
¿Podrías ahondar un poco más en esto? ¿Cómo llegas a esta necesidad de interpretar la realidad desde esta prótesis poética?
GUSTAVO ÍÑIGUEZ: Algo que me ha preocupado mucho en los últimos años es nuestra capacidad para distorsionar la realidad, y cómo el lenguaje es un gran aliado para esa distorsión. En la reescritura de estos poemas, el lenguaje se me presentó como una prótesis que usamos, muchas veces cómodamente, para seguir distorsionando.
Creo que hay un punto en el que olvidamos que el lenguaje crea una realidad paralela y empezamos a vivirla como si fuera la realidad total. Esa vida dentro del lenguaje es lo que quise abrir un poco en el libro.
Hay un verso que dice: “escriba una palabra a las palabras”. Es una toma de conciencia del lenguaje hablándose a sí mismo, para ver si se puede correr ese velo y mirar qué hay detrás. A veces lo que uno encuentra no se parece en nada a lo que uno se cuenta. Ése fue el experimento de estos poemas: separarlos, abrirlos, para ver si algo detrás seguía diciendo lo que yo quería nombrar. El resultado, como autor, no puedo saberlo; más bien depende del lector. No sé si se percibe o si es una alucinación mía.
EL MECHERO: Sí se percibe, y eso me llevó a una duda poética. ¿Crees que tu libro está dirigido a poetas o personas cercanas al lenguaje, o puede ser accesible para alguien que quiera acercarse a la poesía?
GUSTAVO ÍÑIGUEZ: Es una duda que yo mismo tengo. Traté de ser lo más hospitalario posible para que no fuera un libro exclusivo de cierto tipo de lector. Creo que el libro tiene una doble posibilidad de lectura: una en la página, que puede ser desafiante para quien no está habituado a la poesía, por la dispersión del lenguaje y por una lectura no lineal.
Pero también está la lectura en voz alta. Si uno prepara el texto y lo articula desde la voz, esas frases no se sienten tan dispersas como en la página. Se transmite mejor el sentido que contienen los poemas.
EL MECHERO: En otras ocasiones me has comentado que le das mucha importancia al acomodo visual de la poesía. ¿Cómo influye lo visual en este libro?
GUSTAVO ÍÑIGUEZ: Una de mis grandes frustraciones es no haber podido desarrollar una práctica plástica. Como artista plástico frustrado, encontré en la poesía una forma de canalizar esa inquietud.
Recuerdo una anécdota de Yayoi Kusama, cuando cuenta que la realidad fue tomada por una imagen que ella veía en un tapiz, hasta que el mundo se cubrió de esas formas. Algo así me ha pasado con el lenguaje: ha cubierto todo. Entonces intento que esa visión se traslade a la página, que el lenguaje ocupe el lugar de la realidad, que la sustituya.
Busco que los poemas tengan una presencia visual envolvente, que parezca que pueden desbordarse, o que son apenas un recorte de algo mucho más amplio. A veces eso se me escapa, pero es una intención constante.
EL MECHERO: Háblanos un poco sobre la edición del libro. ¿Cómo fue el proceso y por qué escogiste Salto Mortal?
GUSTAVO ÍÑIGUEZ: Fue algo muy natural. Roberto García, el editor, y yo somos amigos desde hace muchos años. En algún momento me había invitado a publicar, pero no se había dado. Esta vez le mandé el manuscrito no con la intención de publicarlo, sino como lector entrañable.
Desde los primeros textos mostró mucho interés y me pidió que se lo enviara terminado. Cuando lo revisó, le gustó y comenzamos el proceso de edición. Seguramente fui un dolor de cabeza por las propuestas visuales y la dispersión del texto. Hubo ajustes porque la idea original no cabía en el formato del libro, pero el proceso fue muy bueno.
EL MECHERO: ¿Algo más que quieras agregar?
GUSTAVO ÍÑIGUEZ: Sólo agradecerte que lo hayas leído con tanta atención. Si hay algo más que te haya generado inquietud y no mencioné, con gusto lo hablamos.
EL MECHERO: Me gustaría que nos hablaras sobre la reescritura de Olga Orozco que aparece en el libro.
GUSTAVO ÍÑIGUEZ: El libro tomó forma a partir de una tirada de tarot. Cada arcano mayor ordena los poemas. Cuando llegué a La Sacerdotisa, recordé el poema Cartomancia de Olga Orozco, que siempre me ha obsesionado. Junto con otra obsesión del libro —las listas— empecé a trabajar con las figuras de Orozco como una letanía.
Su escritura oscura me llevó a pensar que, si una sacerdotisa hablara, lo haría como Orozco. Ese fue el viaje.
EL MECHERO: ¿La tirada de tarot también influyó en el orden de las palabras y en esta estructura de listas?
GUSTAVO ÍÑIGUEZ: Sí. Venía de un periodo de silencio y no sabía cómo ordenar el manuscrito. El tarot apareció como una herramienta simbólica. Los arcanos, al ser arquetipos, permitieron reagrupar las temáticas y subordinarlas a una estructura.
El libro pasó del caos a una forma más clara. El arcano del Mundo, que está al centro, me gusta pensarlo como una metáfora: el mundo como una lista de palabras. Con la idea, quizá ingenua, de que algún día esa lista pueda convertirse en un elenco más amplio, en otro proyecto.
EL MECHERO: Como si las palabras nos dictaran un camino hacia otro camino poético.
GUSTAVO ÍÑIGUEZ: Sí, como si el lenguaje, al tomar conciencia de sí mismo, permitiera salir de esa realidad que construye y acercarnos a otra que pueda prescindir de él.
