Amor de la calle
que buscando vas cariño,
con tu carita pintada,
con tu carita pintada,
y tu corazón herido…
Chelo Silva
ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
Les contaré la historia de Antoñito, un joven con veinticuatro años, largucho, enjuto y poseído por un delirio tremebundo: mitad satánico, mitad cristiano, no sé qué sucedió con él después de los sucesos que relataré, pero a principios de este sucio siglo XXI, antes de la boruca informática y el chisme como virtud moral, Antoñito se disfrazaba de monje, recorría las calles de nuestra Zacatecas ataviado como un noble franciscano con el hábito que él mismo confeccionó con dos metros de manta “cabeza de indio”; a veces le daba por recitar pasajes bíblicos, otras el gran cabro lo seducía y cantaba grimorios luciferinos, su frenesí no era puro exhibicionismo, en sus momentos más nobles daba de comer a los desprotegidos, tenía por meta la edificación de un orfanato, atendía con jesuítica paciencia los corazones heridos de las prostitutas y más de una noble anciana llegó a acercarse ante su faldón para expiar sus cuitas sin enterarse ni por asomo que el “padrecito” era un esquizoide seglar inscrito aún en el cuarto semestre de la carrera de Filosofía y que una vez su esmirriado cuerpo se desvestía del sacro disfraz, el santón bebía y argumentaba a favor del Topos uranus, los exorcismos y los estigmas de Francesco Forgione, a quien seguramente pretendía emular. Este loco beato de Antoñito se coló a la media noche en un museo, burló las cámaras de seguridad, llegó hasta la bendita estampa de la Guadalupana, se deshizo del marco y con navaja en mano hurtó a la divinidad en litografía, enrollándola como la cartulina de un escolapio un lunes a las siete de la mañana. Después del secuestro se fue dormir horondo a sus aposentos, ya bendecido en sueños por la mamá de Cristo no supo del alborotó que se había armado en el municipio, la policía, el instituto, la iglesia, hasta un escuadrón de militares iniciaron la pesquisa del ladrón de arte religioso. Atraparon al atarantado rezandero y lo metieron a la sombra del penal, ahí dentro, se dice o se decía, Antoñito no la pasó nada mal, pues vicioso del éxtasis místico concupiscente se había vuelto infatigable y quería coito carcelario las veinticuatro horas del día, los reos hartos ya de sus ruegos y su irrefrenable lujuria solicitaron la remoción del beato, de la cárcel al centro psiquiátrico, y así esta alma cándida y lúbrica fue a parar al diván del psiquiatra, dejando para postreras charlas de cantina la sazón de sus hazañas.
En la Vastedad del mundo toda cultura tiene bien definida su figura maldita, lo que no es bueno pero tampoco inseparable de nuestro “ser”, conciencia y cuerpo, esto es: gravedad y peso nos separan de lo que sería una falsa bondad eterna, imposible y aburrida. Para occidente durante milenios la personificación del mal se llamó Lucifer, Satanás, Diablo, muchos nombres para una sola cosa, una presencia: nuestra parte maldita. El día nublado de Dios, la elección libre del juicio, la existencia encerrada en la forma, eso es el Diablo y por eso a algunos nos cae tan bien, porque es el padre del sentido, el zar de la aventura, mientras Jesús el Cristo se queda en casa a alimentar palomas, el diablo nos lleva por el pensamiento en un viaje que da congruencia y significación a nuestra vida y mientras avanzamos podemos probar, beber, fumar, esnifar, ir de burdeles a santificarse por gracia de las obreras del coito.
En la obra “Invitame a pecar”, de Jafet Rojas, el diablo mitotero y prostibular aparece como una consciencia absoluta de la vida humana, razón de ser y ser que razona, toda vida humana es más hija del diablo, “cosa y pensamiento” que del dios de lo etéreo y lo sublime. En obvia referencia a la canción de la señora Paquita la del barrio, la invitación al pecado acontece como iniciación al mundo de la experiencia sensorial y sus posteriores consecuencias en la configuración de un logos sin estructura, pero que proviene de la conciencia del acto, un pensamiento que se piensa y así se advierte inequívocamente humano, con emociones y sensaciones.
En la obra Jafet nos presenta a una mujer rolliza que posa su brazo con evidente cariño sobre su propio deseo, su propio desenfreno, esta mujer adora su parte maldita, no la rechaza ni la señala sino que se muestra cariñosa y con gesto desafiante nos invita a probar, a vivir, a tomar la cátedra que Mefistófeles le dio a Fausto. En la pieza resalta la gama de rojo, veladuras que nos remiten a una ejecución barroca y empastes en proporción adecuada que reviven esa pintura carnal, de músculo sintiente a lo Rembrandt, en otras partes la pintura escasea, se nota la huella del pincel, el efecto es fantasmagórico y recuerda los burdeles atestados de humo y humanos hedores. Este tratamiento escrupuloso y dedicado en la textura hacen de la pieza ejemplo de carnalidad demoniaca, no por la maldad que pueda inspirar a unos o asustar a otros, sino porque carne es pensamiento, pensamiento es experiencia y así: pecar es probar, es conocer, es dar sentido a lo vivido. Vamos entonces a entregarnos al pecado y que Chuy se quede a darle alpiste a los pichones.

Autor: Jafet Rojas
Título: “Invítame a pecar”
Técnica: Óleo sobre papel, 21 x 29 cm
Instagram: @zzzzzzzzleep, @jafetrojazzzzzzzz