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DORALI ABARCA
Para Martín-Baró, liberarnos de las garras coloniales y normalizadas era revolucionario y urgente, salir del caparazón oscuro que el gigante capitalismo nos aventó con el consumo y la individualización en ascenso. Ya no importa la sensibilidad humana, tampoco importan los otros, estamos cegados por la vanidad meritocrática y la aspiración fantasma. El actuar desde lo que nos han impuesto, dejando de lado nuestra historia, siendo comandados para borrarla nosotros mismos: sin memoria histórica no hay quien nos salve. Entonces el violentado se flagela mutuamente, interiorizando y aceptando su despojo para un progreso nulo.
Así mismo, se transcribe la liberación del performance alienado, atrapado en la colonización y ciego a sus raíces, a su vida desmantelada por el capital que lo oprime y lo domina, lo obliga a actuar desde lo aceptable para el engranaje. Se vuelve mercancía de su conducta, ejecutando la obediencia y el disimulo como forma de sobrevivencia en un sistema que lo niega.
¿Qué pasa con Los idiotas?
Sueltan sus vidas, vidas comunes llenas de conflictos, pero que aparentan ser “normales”. Este grupo lo deja todo, lo olvida para dejarse llevar por la sensibilidad de lo deportable e inhumano, jugar con los otros, practicar lo no aceptable. Rechazan los papeles asignados, ensayan lo improductivo, lo frágil, lo impresentable: el cuerpo torcido, la palabra desorganizada, la risa mal encajada. Se rebelan con el cuerpo desde un gesto involuntario, escupen la máscara de la cordura funcional, performan el delirio como consigna política, como sátira de la salud mental regulada por el mercado.
Y ahí, en ese gesto grotesco y profundamente humano, está el grito liberador: devolverle al cuerpo lo que le ha sido arrebatado, recobrar la ternura que no cotiza, la fragilidad que no trabaja, la comunidad que no consume. Ésta es la psicología de la liberación encarnada: desobedecer las narrativas del deber ser, reescribir la normalidad, no desde el manicomio que margina, sino desde la conciencia de que lo anormal es este sistema.
Porque Los idiotas no huyen, denuncian. Enfrentan la domesticación emocional, sacuden la moral del éxito, y la dejan expuesta, sucia, ridícula. Se liberan, no porque estén “locos”, sino porque saben que la verdadera locura es fingir que todo está bien mientras el mundo se cae. Como diría Martín-Baró, liberarse es recuperar la voz, la memoria, el cuerpo. Y Los idiotas lo hacen escandalosamente, poéticamente, con risas sucias, con movimientos espasmódicos, con la fuerza de quienes se niegan a seguir obedeciendo.
