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DORALI ABARCA
Desde los deseos insistentes que recorren los pensamientos del protagonista en una historia que terminaría siendo peligrosa en sí misma, dictaminando una condena a su director, nos acercamos al origen de una cinta que claramente no tenía una sola oportunidad de posicionarse en los Oscar de este año. Hablamos de la política y contestataria película iraní Solo fue un accidente, la cual nos narra el viaje de un padre disperso conduciendo por caminos que deberían llevar a su familia a casa, hasta que su coche deja de funcionar. Al acudir a un taller de motocicletas, el mecánico decide ayudarlo tras ver el avanzado estado de embarazo de su esposa, pero el destino cambia para este padre cuando es enviado al interior del taller a buscar herramientas. Al otro lado se encuentra un receptor que ha oído perfectamente una voz que no podría olvidar, pues era la voz de su infierno en la tierra: el soldado que, bajo un régimen opresor, lo había torturado.
Así, al día siguiente, el protagonista emprende un viaje para atrapar a aquel verdugo que destrozó su vida entera, pero en ese delirio individual comenzaron a surgir dudas internas sobre la veracidad de la identidad del “soldado pata de palo”, que lo obligaron a recurrir a otras personas que habían pasado por el mismo trauma.
Esta confirmación colectiva no sólo ayuda a refutar el dolor propio, sino que legitima el sufrimiento de otros y crea una memoria a través del trauma, recordándonos lo que Maurice Halbwachs planteaba sobre la memoria colectiva: que no es un simple recuerdo, sino una reconstrucción social que da sentido a la identidad de un grupo herido. Esta película hace reflexionar sobre cuestionamientos tanto políticos como éticos desde el estado de poder, tal como Michel Foucault nos introducía en su obra al explicar que el poder ya no es sólo castigo, sino una gestión de la vida y un control sobre los cuerpos.
La bioética aparece aquí como forma de vida cuando estas personas se convierten en secuestradores de su agresor, pero aun así deciden ayudar a la hija y esposa de éste, quienes se encuentran en una situación de salud grave. En medio de esa tensión, logran una catarsis con el antiguo soldado donde, a través del relato, le devuelven los horrores que vivieron con él.
Este suceso nos habla finalmente de la dignificación de la vida, evocando la premisa de Hannah Arendt de que la dignidad es una cualidad intrínseca que se reclama con mayor fuerza precisamente cuando el poder intenta convertir al individuo en un objeto.
Aunque este análisis parezca breve frente a la magnitud de la obra, invita a cada espectador a realizar su propia reflexión de esta poderosa pieza de cine iraní.
