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DOARLI ABARCA
Claro que también he creado varios escenarios para la muerte esperada, para la muerte indigna, como le pueden llamar lxs menos pecadores. He pensado en las agujas y las pinchadas que congelarían mi sangre, en las cortadas que perforarían mis venas o en el lazo grueso que detendría mi respiración a través del cuello.
Me imagino el después de aquellas muertes preparadas con precisión; cómo me presentaría ante el ataque de mi propio ser, ante la inexplicable fuga de la vida activa. Qué quedaría de mí después de esa huida silenciosa del cuerpo.
El domingo, entre la penumbra y el tedio, encontré Wristcutters: A Love Story. Una película donde los personajes viajan como almas en pena dentro de un purgatorio que parece prepararlos para reencontrarse con otras versiones de sus carnes, de su intención viva. En ese lugar ocurren actos que lxs recién llegadxs no comprenden del todo, pero entre la soledad y los caminos polvosos van encontrando otros cuerpos acompañantes, otros rostros que funcionan como receptores para recordarse más allá de lo que fueron.
Poco a poco vuelven a sentir cosas que ya no recordaban en vida: el deseo, el amor, las sonrisas mínimas, la sensación de compañía. Y ahí es donde la película encuentra algo dolorosamente humano; incluso después de esa muerte elegida, incluso después de la ruptura con el cuerpo y el mundo, la búsqueda continúa.
Es una visión del sinsentido que la vida nos ofrece por default y que, aun así, habrá que salir a buscar entre la contemplación y la calma, aferradxs a cualquier destello que nos recuerde que seguimos sintiendo. Porque incluso después de esa muerte silenciosa, la búsqueda seguirá siendo la misma.
