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DORALI ABARCA
Condena y testigo
Esta noche el sol se esconde
como un animal herido en el horizonte,
como un país que se repliega
bajo el peso de sus propias sombras.
La luna persigue su rastro de fuego,
no para salvarlo,
sino para exhibir la herida
que arde sobre la tierra.
Su luz en contraste
encandila la pupila al caminar:
no hay inocencia en la claridad,
todo lo visible es sospecha,
todo cuerpo, un territorio en disputa.
Hay un temblor en el aire,
una grieta entre lo que arde y lo que alumbra:
ahí caben los nombres prohibidos,
las manos que no deben tocarse,
las miradas que aprenden a esconderse.
La oscuridad no es ausencia,
es refugio y consigna,
un lenguaje clandestino
que se escribe sobre la piel
para no desaparecer.
Por fin se detiene.
Ahí se encuentran,
como dos almas que penan,
expulsadas del amor legítimo,
marcadas por una historia
que les niega el derecho a existir juntas.
Flotan, danzantes,
en un deseo fugitivo
que se defiende en sus miradas.
No se nombran,
pero resisten en el gesto mínimo
de no soltarse.
El sonido de sus sombras vibra
en el atardecer que les pertenece:
un territorio breve, robado,
antes de que la noche también sea vigilada.
Sofocante,
desnudos,
sin más patria que el cuerpo del otro.
Y entonces, por fin,
el día termina de morir en silencio,
mientras la noche —cómplice y testigo—
aprende a guardar sus nombres.
Mientras dure
Te quiero mientras dure,
mientras el tiempo no se rompa en nuestras manos.
Te quiero en el verano, el otoño, el invierno,
pero más en lo que no alcanza a quedarse.
Te quiero mientras dure la paz
—esa tregua frágil que inventamos—,
mientras dure la vida
y su forma breve de insistir.
Te quiero mientras dure la pasión,
mientras duren tus besos
antes de volverse memoria.
Te quiero mientras dure el cielo,
mientras tus sueños no aprendan a caer.
Te quiero mientras dure el día,
mientras la eternidad siga siendo un rumor.
Te quiero mientras dure,
porque lo que dure es más que para siempre.
Mil horas muertas
Fui el mar a la deriva
de aquel barco deshuesado.
Fui la brisa,
la poca brisa que lo sostenía a flote
sobre aguas tibias
que no dejaban de desvanecerse.
Fui el atardecer
que cambió la hora de partida
y anudó los cuerpos en la arena.
Fui la lluvia
que nubló el destino,
que enredó la piel quemada
en la penumbra.
Fui todo:
una loca buscando alimento,
como quien protesta su propia muerte
en la costa.
Fui una esclava
viajando en su vehículo de carne
por corrientes desconocidas,
sin más rumbo
que el desgaste del cuerpo.