GONZALO LIZARDO
Gracias a la noble confabulación de distintas voluntades, este día se ha vuelto excepcional. Lo es por una sola y poderosa razón: porque hoy presentamos un libro tan insólito y trascendental como el autor mismo que la concibió. Un libro que condensa, en un solo volumen, los dos libros más insólitos de José de Jesús Sampedro, alias el Sam: el poeta zacatecano más trascendental, sin duda, después de Ramón López Velarde. Un creador surrealista, muy contestatario, que fue además editor, gestor cultural, faro y brújula de varias generaciones literarias, no solo en nuestro estado, sino en buena parte de México e Hispanoamérica.
Estamos, sin duda, ante una figura paradigmática. Un intelectual noble y erudito, un creador complejo y lúdico, consciente de la función política de lo literario y del rol que debía ejercer en su tiempo histórico y en su espacio vital. Su resolución es aún más admirable si la consideramos dentro de su contexto. Aunque le tocó la época de la contracultura, la esperanza revolucionaria y la fiebre del rocanrol, el joven Sam la vivió desde lejos, aislado en la más reaccionaria y conservadora provincia de la provincia: nuestra bizarra capital, tan mezquina, rancia y mojigata. No olvidemos que hizo sus primeros estudios en el colegio Margil —ese bastión del catolicismo—, y que su tránsito a la Universidad —ese nido de locos y rojillos— debió representar todo un shock para él: una epifanía que le reveló, profanamente, la vanidad de lo religioso frente a la emergencia histórica de lo social.
Esta epifanía, además, tuvo la virtud de trastornar la tradición literaria de nuestra entidad. A mis dieciocho años —como estudiante foráneo en Zacatecas—, yo veía a Sampedro como un poeta rebelde, consagrado a promover la literatura de vanguardia y el rock, dentro de un medio cultural casi decimonónico. A mediados de los ochenta, cuando yo estudiaba Ciencias Químicas, Zacatecas estaba absorta en la devoción acrítica de sus íconos culturales y en la cultura de masas impuesta por el sistema. Pero las cosas empezaban a transformarse, por fortuna, gracias a la universidad, a sus talleres y a profesores como Sam, que desde el aula o fuera de ella procuraban cambiar el mundo desde la trinchera del arte.
Gracias a esos talleres me enteré yo del surrealismo, del rock y del marxismo, y gracias a ello me entusiasmó conocer el libro entonces más reciente de Sampedro: La estrella el tonto los amantes, publicado en 1985 por la prestigiosa Premiá Editora. Un amigo me lo prestó por unos días, y yo adoré su carácter vanguardista, libérrimo y misceláneo, más extremo aún que La vuelta al día en ochenta mundos, de Julio Cortázar, o La letra e de Augusto Monterroso. No lo entendí mucho, es la verdad, pero me sedujo su don para demoler la sintaxis y para esculpir neologismos, palabras valijas o juegos semánticos. Dispuesto a adquirir mi propio ejemplar, devolví el libro antes de terminarlo, y me arrepentí por mucho tiempo. Las primeras obras de Sam —Un (ejemplo) salto de gato pinto y Si entra él yo entro— las adquirí tarde o temprano en librerías anticuarias, a diferencia de La estrella el tonto los amantes, cuya primera edición se volvió inconseguible, legendaria, fantasmal.
Muy distinta, en cambio, fue mi experiencia con el otro libro reunido en este volumen: No estar y estar y, publicado por Cuadernos del Financiero en 2012. Para ese momento, yo consideraba mi amigo a Sam, y él me publicaba una columna fija en su revista Dosfilos. Confiaba en mi lectura, supongo, por eso me concedió el privilegio de presentarlo aquí, en esta misma ciudad, el 13 de junio de 2012. Como lo expresé en aquella ocasión, No estar y estar y es un libro que desafía las perspectivas habituales de lectura. Ni el ensayo confesional, ni la prosa poética, ni el artículo periodístico bastarían para definirlo, aunque en sus textos confluyan las intenciones de esos géneros. Se trata, en resumen, de prosas breves pero densas, escritas con precisión poética a partir de algún evento de índole periodística: una muerte reciente, la aparición de un disco, algún partido de futbol o, en general, el estado meteorológico de su tiempo presente.
Esta primera aproximación a los libros que reúne este volumen, demuestra su carácter excepcional: son justo aquello que aborrece el mercado literario, esa tiranía del mainstream que solo fomenta el consumo inmediato, irreflexivo, superficial, mientras condena cualquier propuesta que exija lentitud, profundidad y reflexión. En otras palabras, estamos ante dos obras invaluables que serían condenadas al polvo y la polilla si no fuera por sus lectores y sus lectoras más entusiastas, más comprometidas con el proyecto de Sampedro. Digan lo que digan, no hay mejor prueba de amor y de respeto hacia un poeta que promover su lectura y divulgarla ante las nuevas generaciones, porque así contribuye a transformar tanto el mundo como la vida, tal como lo proponían Marx, Rimbaud, Breton y el mismo Sampedro. La obra sampetrina merece resplandecer, con nuevo brillo, en la mente de nuestra juventud, y no empolvarse en los mórbidos rincones de una librería de viejo.
Porque, si bien han pasado los años, estos libros no han perdido su potencia, su juventud, su frescura. Antes bien, la deriva de nuestra historia ha demostrado que sus premisas siguen vigentes, lo mismo que sus corolarios. La estrella el tonto los amantes puede leerse ahora —más que en los ochenta— como el testimonio de una época y como un manifiesto literario. Ante los conservadores de hoy que abogan por la pureza lingüística, o los pseudo ácratas que promueven la disolución de cualquier norma, Sampedro mantuvo una actitud analógica y dialéctica. Quienes lo conocimos como editor evocamos con cariño el rigor ortográfico, sintáctico, tipográfico que invertía en cada libro o revista que editaba. Conocía al dedillo la norma para aplicarla, pero también moldearla: para que sus ediciones fueran impecables, pero también para crear su propia gramática, su sintaxis personal, su lúdica pragmática.
Esta rigurosísima subversión contra la norma lingüística explica en parte la magia de su escritura. Al prescindir de las mayúsculas o de los puntos, al transmutar los adverbios en adjetivos (o viceversa), al hacer malabares con los sufijos y los paréntesis, Sampedro consigue, como Lewis Carroll o Tristan Tzara, cortar el cordón umbilical que ata a las palabras con las cosas, y conquista así la belleza abstracta de la música dodecafónica. Pero no todo es juego, atonalidad, disrupción. Su escritura podía ser transparente cuando se proponía elucidar cuestiones sutiles sin dar espacio al equívoco. Como el ensayo donde nos explica, con argumentos sociocríticos, los procesos históricos y los poderes políticos que transmutaron el rocanrol y lo convirtieron en rock. Son igualmente precisos y reveladores los ensayos que se enfocan en Boogie el Aceitoso y en Charlie Brown, dos personajes que trascienden su naturaleza de cómic para revelarnos las condiciones existenciales de cierta marginalidad. Aunque el texto más portentoso, a mi gusto, sea el que aborda “Las metáforas de Raymond Chandler”, porque ahí nos revela uno de sus procesos creativos, capaz de verter su experiencia como lector de novelas negras en la creación de un poema concreto, personal e inolvidable.
Esta mezcla de espontaneidad y premeditación, de poesía y rocanrol, caracteriza también su libro No estar y estar y. Un libro que compila los textos que José de Jesús Sampedro escribió para ser publicados en el periódico El Financiero. Aunque no escasean los poetas que pusieron su escritura al servicio del periodismo, esta colaboración es más fructífera cuando la ejecutan ciertos poetas, como Mallarmé, cuyas Variaciones sobre un tema fueron escritas para una revista, y que forman en conjunto un admirable volumen de prosas metapoéticas. Para Sampedro, el reto fue benéfico y rejuvenecedor, como si la obligación inminente de redactar un texto casi emergente, lo obligara a escribir de una manera más espontánea, más fiel al pulso instintivo de la mano, más atento a las razones pascalianas de su corazón.
Los artículos reunidos en No estar y estar y manifiestan en conjunto una preocupación filosófica típica de Sampedro: la penosa confrontación del Yo con el Mundo, que es imperfecto, y con el Tiempo, que es fugaz. Aceptando el juego que el libro nos propone, se trata de un Yo que oscila siempre entre lo real y lo ficticio, un Yo al que no le molesta ser considerado “un egoísta tipo nostálgico”, pues ha conocido la belleza en el rostro de Julissa y ha descifrado los aleves arcanos del tiempo en las armonías del Abbey Road. Un yo que ha refinado su espíritu en la catástrofe y la armonía, tal como se expresan en las novelas de Salinger o en un partido de futbol. Un Yo que es, en consecuencia, tanto su creatura como su creador: tanto el Golem como el Mago que ha sabido poner la Palabra entre sus labios.
Como sabio humanista transmutado en anarquista melancólico —además de enamorado—, José de Jesús Sampedro ha sido, y lo será siempre, un pescador de epifanías, siempre atento a los instantes de eternidad que el avaricioso devenir ha escondido en el mundo. Por culpa del Demiurgo, que inventó el tiempo para arruinar nuestra dicha, esas revelaciones son efímeras e irrepetibles, frágiles y suaves como la patria que concibió López Velarde. Queda reservada, a poetas como Sampedro, la misión de evocar o invocar esas experiencias. Una misión que deriva en otra, casi política: la de incitar a cada lector, a cada lectora, para que haga sus propias listas de Billboard, para que diseñe su propio cocktail Sam Gin o para que construya, con la materia íntima de su vida, su propio blues: aquella canción que le permita, al mismo tiempo, no morir y morir, no vivir y vivir, no estar y estar con nosotros. Como Sam lo hizo hoy y lo hará por siempre.
Texto leído durante la presentación del libro Y estar siempre (Al Gravitar Rotando, IZC, 2026), de José de Jesús Sampedro, dentro de los eventos de la Feria Nacional del Libro Zacatecas 2026.