DANIEL MARTÍNEZ
El pasado 9 de agosto se cumplieron cincuenta años del fallecimiento, a los 65 años, de José María Andrés Fernando Lezama Lima. José Lezama Lima: el Asmático Insigne, el Peregrino Inmóvil, el Etrusco de la Habana, el Lince de Trocadero. Figura central de la literatura cubana, quizá la más importante de la historia de la isla junto a José Martí, marcó un hito incomparable en la tradición literaria de su país con su labor de intelectual, fundador de revistas, editor, crítico de arte, líder de grupo literario y mentor de infinidad de escritores que pasaron por su «Curso délfico», además de su conocida obra como poeta, novelista y ensayista. La madrugada del 9 de agosto, como lo anunció su esposa María Luisa Bautista en carta a María Zambrano, falleció de manera súbita el autor de Paradiso: “Su enfermedad fue muy breve, comenzó con una incontinencia en la orina y tres o cuatro días después lo ingresé en el hospital para hacerle los análisis, pero ese mismo día que ingresó se le presentó por la tarde una neumonía que lo fulminó en horas. A las dos y diez de la madrugada del mes del 9 de agosto fallecía de un paro cardiaco (…) empezamos a agonizar los dos juntos, pues nuestras familias, la de él y la mía, se fueron completas al exilio y aquí solamente nos teníamos el uno al otro esperando aterrados a que pasara algo como esto”.
Este último texto del «Medio siglo sin Lezama» será dedicado a explicar los últimos cinco años de su vida, ese último periodo que algunos autores han denominado el «quinquenio gris». La vida relativamente tranquila e intelectualmente activa que había llevado se vio interrumpida en el año de 1971. A partir de ahí llevó una vida de aislamiento, soledad, y una especie de exilio interior que no le permitía salir de Cuba y lo relegó de toda actividad intelectual pública. ¿Cuál fue su gran pecado? Presidir el jurado que premió a Heberto Padilla, el poeta del famoso «Caso Padilla». Es un affaire bastante conocido del que ya se ha hablado mucho y he mencionado en esta columna, pero en resumen Heberto Padilla sufrió una serie de vejaciones, amenazas, maltratos, intimidaciones, humillaciones, burlas y exhibición pública por haber publicado un libro que expresaba reservas sobre el régimen de Fidel Castro y la revolución cubana. A partir de entonces y hasta su muerte, Lezama Lima no dejó de estar bajo el cerco y la vigilancia de los mandatarios castristas por el sólo hecho de haber formado parte del jurado que premió al libro Fuera de juego.
En los primeros años posteriores al triunfo de la revolución, Lezama mantuvo una relación cordial con el nuevo estado de cosas e incluso llegó a expresar optimismo por un nuevo amanecer en su isla natal. Pero no pasó mucho tiempo para que ese optimismo se viera defraudado por la censura y el sectarismo de Castro y sus achichincles. La historia de las revoluciones que prometen la realización de un sueño y se vuelven pesadillas es una película que ya hemos visto muchas veces y en muchos idiomas. Las que se gestaron durante el siglo pasado a nombre de Marx y el socialismo prometían una utopía igualitaria que redimiría a la humanidad del gran pecado del capitalismo. Todo quedó en promesa y, a cambio de ese paraíso en la tierra, instauraron gobiernos totalitarios en los que se aplastaba cualquier discrepancia. Aquellos regímenes creían tener un salvoconducto para pasar por encima de los derechos de los individuos a nombre de su noble, justa e incontrovertible causa: el comunismo. Cualquier disenso con su ideocracia tenía que ser suprimido porque era «darle armas al enemigo».
Así pues, los últimos cinco años de vida de Lezama Lima coincidieron con el quinquenio en el que la vida cultural cubana estuvo más fiscalizada por los censores castristas. Este último periodo estuvo marcado por un doble aislamiento: el de la vida literaria de la isla y el de la prohibición para salir de la misma. Además de las razones personales del poeta habanero ―trauma infantil por la muerte del padre, apego obsesivo hacia la madre y el hogar, problemas de salud respiratoria―, en múltiples ocasiones le fue negado el permiso para salir, como también consta en varias cartas de Lezama, su esposa y familiares. Mientras tanto, como refiere María Luisa Bautista, los familiares de ambos se fueron exiliando de Cuba, dejando al matrimonio en una soledad aún peor. La revolución triunfante, que prometió la realización de una utopía, y de la que Lezama incluso creyó que encarnaba gloriosamente una de sus “Eras imaginarias”, se encargó de socavar por completo a la figura literaria más importante de la historia de su propio país. Incluso después de muerto, se aseguraron de mantener su patrimonio en el descuido y olvido. Su casa, libros y pertenencias tuvieron un trato negligente que requeriría otro texto para ser relatado.
Pero mientras revoluciones, gobiernos e imperios caen, el arte prevalece. Pese al despotismo del que fue objeto, durante su último lustro de vida Lezama estuvo escribiendo dos de sus más grandiosas obras, narrativa y poética: Oppiano Licario (1977) y Fragmentos a su imán (1977). Nos ha legado una riquísima, variada y exuberante obra en la que la imaginación y la inteligencia ensancharon sus límites de una manera poco o nunca vista en la historia de la literatura hispanoamericana. Y como siempre, la mejor forma de rendir homenaje al legado de un escritor es acercándose a su obra. Lezama sigue entre nosotros a través de sus libros y podemos conmemorarlo leyéndolos. Desde este espacio hago una sentida invitación a hacerlo. Nos leemos en la próxima.