ENRIQUE GARRIDO
Paso mucho tiempo en el camión, y no soy el único. Conforme se establece una rutina se va creando una comunidad. Ya en otras ocasiones he hablado de mi lectura de carretera, sin embargo, el transporte público es más que una biblioteca para gente ocupada. Para los que viajamos mucho, el camión se convierte en una extensión de nuestra oficina, estudio improvisado, cine móvil o salón de belleza; comedor exprés (durante un par de años, su bufón debía comer en los trayectos de la universidad a su trabajo), centro de entretenimiento, dulcería, teatro improvisado o sala de conciertos; reunión AA, terapía de pareja o ring de box antecedido por una carrera tipo F1 y un largo etcétera.
Y es que más allá de todas sus posibilidades, se trata de un espacio común, de un lugar de convivencia muchas veces poco apreciado. Los parroquianos de alguna ruta comenzamos a coincidir, reconocemos nuestras caras, sabemos qué lugar les gusta en la unidad, conocemos a sus padres, parejas o hijos cuando los encaminan. Compartimos las inquietudes cuando el camión tarda. Así, cambiar de ruta o tomar otro camión nos resulta extraño, nos volvemos extranjeros ambulantes. Imaginen, durante años yo estuve recorriendo todas las rutas que llevan a casa de mi mamá, y ahora, al visitarla y volver a transitarlas, me siento extraño, ajeno, diferente.
Al ser un espacio de comunión y esparcimiento siempre consideré importante establecer reglas de comportamiento, de etiqueta, de convivencia, más allá de lo obvio, de nuestro desprecio unánime de los acosadores, exhibidores, ladrones y cuyo escarnio público celebro y comparto, pues nuestra comunidad sostiene más oficinas de las que uno pudiera imaginar.
Durante mucho tiempo me asumí como un ocioso al considerar que nadie más había pensado en estas minucias, no obstante, cuál fue mi sorpresa al saber que el gran escritor brasileño Joaquim Maria Machado de Assis, autor de la inmensa obra Memorias Póstumas de Blas Cubas o el fantástico cuento de “El alienista”, publicó el 4 de julio de 1883 una crónica llamada “Cómo comportarse en un tranvía”, donde planteaba algunas reglas para lo que él denominaba un “trasporte esencialmente democrático” y cuyo funcionamiento social no podía dejarse al “puro capricho de los pasajeros”. A pesar de ser un texto muy breve, propone al menos nueve artículos donde cuestiona dinámicas como los escupitajos, los cigarrillos, las conversaciones entre otras. Acá transcribo dos que considero destacables:
Art. II — De la posición de las piernas
Las piernas deben ir adaptadas de tal forma que no incomoden a los pasajeros del mismo asiento. No se prohíben formalmente las piernas abiertas, con la condición de pagar los otros sitios y cederlos a niñas pobres o viudas desamparadas, mediante una pequeña gratificación.
Sin duda, el asunto de las piernas no se ha logrado superar, todavía existe gente que invade el espacio del compañero de asiento, lo que provoca peleas, duelos de rodillas. Pero existe algo todavía más invasivo que los muslos de un vecino incómodo, su vida contada sin que nadie la pida:
Art. V – De los que todo lo echan a perder
Toda persona que sienta necesidad de contar sus asuntos íntimos, sin interés para nadie, debe primero indagar sobre el pasajero escogido para tal confidencia si él es asaz cristiano y resignado. En caso de que lo sea, preguntarle si prefiere la narración o una descarga de puntapiés. Siendo probable que él prefiera las patadas, la persona debe inmediatamente propinárselas. En el caso, además extraordinario y casi absurdo, de que el pasajero prefiera la narración, el de la propuesta debe hacerlo minuciosamente, enfatizando en las circunstancias más triviales, impugnando los dichos, subrayando y señalando las cosas, de modo que el paciente jure a sus dioses no reincidir.
Debo confesar que todavía no he encontrado una manera de evitar las conversaciones molestas con vecinos de asiento, amigos de viaje, más allá de colocarme los audífonos inmediatamente al subir, aunque también me he enterado de varias anécdotas por escuchar a quienes buscan oídos de ocasión. Quizá para nuestros tiempos faltaría la interacción con payasos, que pueden llegar a ser muy odiosos, la tarifa para los cantantes o quiénes sufrieron alguna calamidad, o la inventan. Pero lo que queda claro es que desde siempre ha habido espacios comunes que los habitamos por la esperanza de un futuro mejor y que nos definen más de lo que imaginamos.
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