Hace un año escribí sobre la muerte de José de Jesús Sampedro y, sin saber muy bien qué hacer con ella, miré hacia la ventana. Afuera cantaban los pájaros. Pensé en los cardenales, en los árboles, en un conejo que corría. Pensé que quizá la muerte de un poeta no consiste en que deje de estar, sino en que de pronto comenzamos a encontrarlo en todas partes.
Ha pasado un año y Sampedro vuelve a estar. No como regresan los muertos, sino como regresan los poemas: abriendo un libro, apareciendo en una página, saltando de una conversación a otra, encontrando lectores que quizá todavía no habían aprendido a leerlos.
Y estar siempre, editado por el Instituto Zacatecano de Cultura y Ediciones Al gravitar rotando, reúne nuevamente La estrella, el tonto, los amantes y No estar y estar y. El volumen no sólo recupera dos libros fundamentales de su obra: también propone una forma de volver a entrar en esa poesía que, al menos para mí, durante mucho tiempo se resistió a ser encerrada en una interpretación.
Conocí a Sampedro cuando era universitaria y todavía quería ser novelista. Lo elegí para una exposición de Literatura Regional, quizá porque me intrigaba el nombre de uno de sus libros, quizá porque en él aparecía la palabra gato. Lo leí entonces con el empeño de quien cree que todo poema guarda una puerta secreta y que basta insistir para encontrar la llave. No la encontré. Las palabras se me escapaban.
Muchos años después, cuando yo misma comenzaba a escribir poesía, volví a ellas. Entonces comprendí que quizá el problema estaba en mi deseo de apresarlas. La poesía de Sampedro no parecía pedir una jaula, sino oído. Sus imágenes no se dejaban domesticar y sus silencios también formaban parte del poema. Aprendí a reconocer, además, que su trabajo iba más allá de los versos: estaba su labor editorial, su mirada sobre los libros, su manera de acompañar y hacer comunidad alrededor de la literatura.
Ahora, a un año de su muerte, Y estar siempre nos permite volver a esa obra desde otro lugar. Ya no desde la despedida, sino desde la permanencia. Porque un poeta también está en las lecturas que provoca, en quienes lo recuerdan, en los libros que vuelven a circular y en las palabras que alguien encuentra por primera vez.
Quizá por eso el título resulta tan preciso: Y estar siempre. No como una promesa de inmortalidad, sino como una forma sencilla de nombrar aquello que permanece cuando el cuerpo ya no está.
Vuelvo entonces a aquella ventana. Los pájaros siguen cantando. El árbol sigue ahí. Y quizá el conejo también, corriendo fuera de la jaula. Tal vez eso sea, al final, estar siempre.
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero