ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Hay una pregunta que, por alguna razón, nos hacemos con una solemnidad digna de los grandes problemas de la humanidad:
¿Le gusto?
No «¿me ama?», que ya sería una pregunta de proporciones bíblicas. Tampoco «¿quiere estar conmigo?», que exige una respuesta incómodamente concreta. No. Preguntamos algo mucho más elemental y, quizá por eso, más peligroso: si esa persona nos encuentra atractivos.
Porque gustarle a alguien tiene algo de pequeña victoria privada. No cambia el curso de la historia, no resuelve la economía mundial ni evita que Mercurio retrógrado haga de las suyas —si es que uno cree en esas cosas—, pero produce una satisfacción bastante difícil de negar.
Alguien nos ha mirado y ha pensado: sí.
Y entonces comienza el problema.
Porque una cosa es gustarle a alguien y otra, muchísimo más complicada, gustarle precisamente a la persona que nos gusta.
Ahí comienza la ciencia ficción.
Durante siglos, los seres humanos hemos desarrollado sistemas extraordinariamente sofisticados para averiguar si somos correspondidos. Los trovadores escribían poemas. Los románticos sufrían a la intemperie. Los victorianos enviaban cartas. Nosotros tenemos WhatsApp.
La tecnología, como puede verse, ha mejorado considerablemente nuestras vidas.
Ahora podemos saber si alguien está en línea, cuándo leyó nuestro mensaje, si está escribiendo, si dejó de escribir, si volvió a escribir, si puso un punto en lugar de un emoji y, con un poco de imaginación, podemos reconstruir su estado emocional desde el uso de una coma.
Umberto Eco habría encontrado en todo esto un material extraordinario.
Porque somos animales semióticos: necesitamos convertir cualquier cosa en un signo.
Un «jajaja» significa algo.
Un «jajaja» con tres aes significa otra cosa.
Un «jajaja» sin emoji es preocupante.
Un «jaja» puede significar desde indiferencia hasta una declaración de guerra.
Y un «me caes muy bien» merece, por supuesto, una comisión investigadora.
Hemos llegado a un punto en el que ya no necesitamos que alguien nos diga lo que siente. Preferimos interpretar sus signos. Quizá porque la interpretación tiene una ventaja sobre la verdad: permite seguir esperando.
La verdad termina una historia.
La interpretación la mantiene abierta.
Hay algo particularmente extraño en el deseo: no basta con ser deseado. Queremos ser deseados por alguien cuyo deseo consideramos valioso.
Que le gustemos a una persona cualquiera puede ser agradable.
Que le gustemos a esa persona es un acontecimiento.
Y ahí aparece el ego, ese pequeño aristócrata que todos llevamos dentro y que jamás acepta que lo confundan con la plebe.
Porque muchas veces no queremos realmente a alguien. Queremos ser elegidos por alguien.
La diferencia es incómoda.
Podemos pasar semanas pensando en una persona que apenas conocemos, imaginar conversaciones que nunca hemos tenido, interpretar fotografías, recordar una mirada de siete segundos como si hubiera sido la firma de un tratado internacional y preguntarnos qué quiso decir cuando dijo aquello.
Después descubrimos que, en realidad, quizá no estamos enamorados.
Quizá simplemente estamos fascinados por la posibilidad de gustarle.
El deseo tiene esa crueldad: a veces nos hace confundir a la persona con el espejo que esperamos encontrar en sus ojos.
Octavio Paz escribió sobre el amor y el deseo como territorios donde el otro deja de ser objeto para convertirse en presencia. Pero nosotros, criaturas contemporáneas, hemos logrado una hazaña bastante menos poética: convertir a una persona en una notificación.
Esperamos que aparezca su nombre en la pantalla y, cuando aparece, nuestro sistema nervioso celebra como si hubiéramos ganado una elección.
Pero hay una pregunta todavía más interesante:
¿Qué pasa cuando alguien nos desea y nosotros no podemos creer que sea posible?
Ahí comienza una de las pequeñas tragedias del ego moderno.
Hay personas que nos consideran atractivos y, sin embargo, no logramos incorporar esa información a nuestra identidad.
«¿De verdad le gusto?»
Sí.
«¿Pero por qué?»
Ah.
Esa es la pregunta.
Nos resulta más fácil creer que alguien se ha equivocado que aceptar que quizá nos está viendo con una claridad que nosotros mismos no tenemos.
Tal vez por eso algunas personas reciben un cumplido y sospechan.
«Qué guapo estás.»
¿Será sarcasmo?
«Me encantas.»
¿Qué querrá?
«Me gustas.»
¿Desde cuándo?
La autoestima baja puede ser muy sofisticada. Ya no necesita decirnos que somos insuficientes. Simplemente convierte cualquier evidencia contraria en una anomalía estadística.
Y luego está la otra posibilidad: que sí le gustemos.
Que la mirada haya sido real.
Que el mensaje haya significado exactamente lo que decía.
Que aquella sonrisa no haya sido cortesía.
Que exista, efectivamente, una pequeña corriente eléctrica entre dos personas.
¿Qué hacemos entonces?
Curiosamente, también entramos en pánico.
Porque mientras no sabemos, podemos fantasear. La imaginación es un territorio democrático: allí nadie nos rechaza.
Pero cuando aparece la posibilidad real del otro, la fantasía pierde su monopolio.
La persona deja de ser una idea y se convierte en alguien que puede decepcionarnos.
Y nosotros también podemos decepcionarla.
Tal vez por eso el deseo es siempre un poco absurdo. Nos pasamos la vida intentando que alguien nos vea y, cuando finalmente nos ve, sentimos la necesidad de esconder alguna parte de nosotros.
Queremos intimidad con cláusula de confidencialidad.
Queremos ser conocidos sin ser descubiertos.
Queremos que nos quieran exactamente como somos, pero preferimos seleccionar cuidadosamente qué significa «como somos».
Quizá por eso me gusta tanto aquella pregunta inicial.
¿Me quiere o simplemente tiene buen gusto?
Tiene algo de broma y algo de confesión.
Porque «tener buen gusto» es una manera elegante de defendernos del vértigo.
Si alguien nos desea, podemos pensar que tiene buen gusto.
Si no nos desea, podemos pensar que carece de él.
Maravilloso sistema.
No explica nada, pero protege bastante bien el ego.
Aunque quizá exista una tercera posibilidad.
Que alguien nos mire, nos encuentre atractivos, interesantes, deseables, incluso entrañables; que nosotros hagamos lo mismo con esa persona; y que, durante un instante improbable, ninguno de los dos necesite convertirlo en una teoría.
Sin algoritmos.
Sin detectives.
Sin leer entre líneas.
Sin consultar a nuestros amigos.
Sin preguntarnos qué significa ese emoji.
Dos personas se gustan.
Y ya.
Es una idea peligrosamente sencilla.
Por eso probablemente nos cuesta tanto.
Al final, quizá el amor no comienza cuando alguien nos quiere.
Comienza cuando dejamos de preguntarnos qué significa que nos quiera y nos atrevemos, aunque sea por un momento, a creerle.
Aunque, naturalmente, siempre queda una posibilidad.
Que simplemente tenga buen gusto.
Y, francamente, tampoco estaría mal.