Hay algo extraño en una ciudad cuando, por unos días, decide llenarse de libros. No porque los libros sean raros —aunque algunos lo sean—, sino porque todavía resulta un poco insólito que, entre el ruido de los motores, las conversaciones que se atropellan, las pantallas que reclaman nuestros ojos y esa prisa que parece haberse convertido en una segunda forma de respirar, alguien decida detenerse frente a una mesa y levantar una portada.
Después viene lo demás: abrir el libro, hojearlo, leer una primera línea, desconfiar de ella, volver a leerla; preguntarse quién escribió aquello, por qué, para quién. Quizá comprarlo. Quizá no. Quizá cargarlo durante el resto de la tarde como se carga una posibilidad.
Eso es, en alguna medida, lo que ocurre cuando llega la Feria Nacional del Libro de Zacatecas: la ciudad se convierte en una excusa para volver a ese gesto antiguo de encontrarnos con otros a través de unas cuantas páginas. Las calles, los recintos, las voces y las mesas de novedades terminan siendo apenas el escenario de algo más íntimo: el encuentro entre una vida y una historia que, hasta ese momento, no se conocían.
Un libro siempre llega tarde a nuestra vida. Llega cuando ya hemos sido otras personas, cuando ciertas preguntas han cambiado de nombre, cuando creíamos haber entendido algo y descubrimos, al leer una página, que apenas comenzábamos a hacerlo. Tal vez por eso las ferias del libro siguen teniendo algo de celebración y algo de conjuro: reúnen durante unos días aquello que el resto del año permanece disperso —los lectores, los autores, los editores, las historias— y hacen creer que todavía es posible construir una comunidad alrededor de algo tan frágil como una palabra.
Zacatecas vuelve a hacerlo. Y entre tantas cosas que pasan, queridas lectoras y estimados lectores, quizá valga la pena detenerse a mirar qué sucede cuando una ciudad decide, aunque sea por unos días, escuchar a los libros. No lo olviden: juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero