ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
En la más tierna adolescencia, cuando ya había publicado mi primer cuadernillo de poemas, imaginaba que el éxito de un escritor no era ganar lectores por millares, (en ese tiempo no pensábamos en “visitas, ni vistas”) ni ser merecedor a premios y doctorados honoris causa, ni siquiera vender ejemplares suficientes para vivir de la escritura; el verdadero logro, lo decía con mis amiguitos de aquellos años era: que se robaran mis libros. Yo rendía pleitesía a mis autores favoritos en esa forma tan heterodoxa, cada que lo hacía mi corazón estaba en simbiosis amatoria con el autor o autora y me parecía que después de la lectura apasionada, robarme los ejemplares de mis ídolos literarios era una excelente demostración de amor a la vida, al arte y a las letras.
No recomiendo a los jóvenes hacer lo mismo, pero hace un par de días mientras público y artistas en Zacatecas conversábamos acerca de un reciente robo de arte, agregaba yo a las pesquisas verbales que el asunto me resultaba deliciosamente lírico, que incluso daba material para un relato policiaco. Para adentrarse en una empresa así sería necesario primero deshacerse del velo moral, pues más de un ofendido aseguró desear moler a puntapiés las gónadas de los cacos. Veamos: si dejamos a un lado que se trata de un delito, de una ofensa y de un ultraje, podemos considerar al robo de arte una pieza de arte en sí misma. También debemos sacar de la ecuación el factor económico, insisto y creo que tuve razón, en que el móvil del reciente hurto de arte en conocido centro de meriendas no tenía como finalidad el beneficio monetario, sino que se trataba de: una pieza de arte-acción, la conformación de una colección ilegal que saldría a la luz años más tarde, el capricho de un coleccionista aventurero, (Terrible decepción al enterarme que fue “una travesura de niños de 240 y 300 meses de edad”).
¿Qué tan grande debe ser el gusto por una obra como para robarla? No olvidemos que incluso las grandes colecciones de los museos internacionales se han conformado de saqueos y robos a gran escala. El caso más antiguo del que existe registro es el hurto de un tríptico del pintor flamenco Hans Memling “El juicio final”, la obra fue sustraída por piratas en 1473 del barco en el que era transportada a Florencia. Por estos años ya las pinturas pasaron a considerarse bienes y a los pintores “artistas,” tenía entonces el arte un agregado económico asignado a su valor cultural, místico o social. Otro robo famoso de arte es el cometido por Vicenzo Peruggia en 1911, quien motivado por una exacerbación patriótica deseaba regresar a Italia la joya del renacimiento “La Gioconda” de Leonarado Da Vinci, colgada en los muros de los franchutes.
En Zacatecas no han sido pocos los hurtos sobretodo de arte sacro, en una columna anterior comenté el robo y posterior recuperación de una litografía parte de la pinacoteca del Museo Virreinal de Guadalupe (caso que raramente no está registrado o no hay información a la mano en internet), otros casos han sido el de la extracción de un crucifijo policromado del siglo XIX de la Parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en el 2022 sustrajeron dos pinturas del Templo de San Juan Bautista en Cedros, Mazapil y es de conocimiento público, pero como secreto a voces, que un conocido funcionario del siglo XX no sólo defendía el patrimonio, sino que lo atesoraba al interior de su vivienda (investigue el nombre y no me crea nadita a mí).
Cuando el arte se convierte en un bien patrimonial y económico deja de pertenecer a la colectividad y se le asigna el grado de “univocidad”, entonces se transforma en objeto de culto, en fetiche y en mercancía. Las obras robadas alcanzan precios estratosféricos en el mercado negro y en el mercado legal también hay piezas cuyo valor superan el monto más increíble de nuestros más increíbles sueños. Sólo me quedo con una duda: si la circunstancia se diera ¿un ratón del arte elegiría una pieza mía para llevar a su madriguera? Espero que sí y que esos ratones sean Sean Conery y Catherine Zeta Jhones.*
*Esto por la famosa película La trampa de 1999 en donde vemos a un galante Conery enseñar a robar arte a la señorita Jhones.
