Dicen por ahí que estamos a siete personas de conocer a todo el mundo. Tal vez sea cierto, tal vez no, pero conforme crezco me doy cuenta de que funcionamos mediante constelaciones, unas más pequeñas que otras y que las luces se intensifican conforme las aristas se tocan con las de otros. Pienso, por ejemplo, en lo pequeño que es Zacatecas: hace algunos días fui a consulta médica para acompañar a mis abuelos y el geriatra resultó ser mejor amigo de uno de mis mejores amigos desde la preparatoria y compañero de secundaria de otra de mis mejores amigas. Ambos son personas muy cercanas a mí, aunque no conviven en el mismo espacio. Y, así, en Zacatecas, pueblo chico, los infiernos pueden ser grandes, pero también las bóvedas celestes.
Luego pienso que lo mismo sucede con los nichos: poetas, científicos o deportistas van y se reúnen para hablar de sus obsesiones, institucionalmente o no, en cafeterías, bares y plazas de las distintas ciudades, a veces con los viajes auspiciados, otros con las monedas que quedan en nuestros bolsillos como migajas de la vida adulta, pero nos reunimos y, entonces, resulta que conozco a tu conocido, que compartí mesa con tu amigo, que mi amiga de Chihuahua comparte un podcast con mi compañero poeta, que en mis veintes vino alguien al taller de amigos, que Jerez nos recibió con pan y mezcal, que las confidencias se quedaron entre tazas de café y enchiladas rojas.
Me doy cuenta de lo afortunada que soy de pertenecer a una esquinita de este pañuelo literario, de agarrar mi hilo a una constelación tan grande como la de Alberto Avendaño y Ezequiel Carlos Campos que han sabido ir delante con una pira bien incendiada. Soy afortunada de tener un salvavidas compuesto de grafías porque sé que en un posible naufragio, otros estarán surcando el agua junto a mí. Todo este preámbulo es para escribir que estoy feliz y orgullosa de ser amiga de Alberto Avendaño, Ibán de León y Sergio Pérez Torres, poetas que han compartido la sal (con limón, poemas, heridas y alcohol) conmigo.
Hoy ofrecemos este número de El Mechero como una felicitación y homenaje a estos tres grandes poetas, quienes han sido reconocidos durante las últimas semanas por sus libros, publicados y en proceso editorial, y su sensibilidad poética para enfrentarse a este mundo donde la muerte, el arte, el amor y lo imposible se subliman y condensan en algunas páginas, un canto, una línea.
Queridas lectoras y estimados lectores, espero que —como yo— disfruten de este número y que les queden ganas de leer más a estos autores, que las constelaciones se iluminen y que juntos ¡incendiemos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero