ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
El día que sepultaron a Tacha, una vecina que mi abuela apreciaba, mi madre me dijo que después de la secundaria fuera a encontrarme con ella en el cementerio “De los pobres”. Así que después de la acostumbrada hora de tontear con los amigos afuera de la Panificadora Oliver, fumar un cigarrillo atrás del puesto de tortas y beber entre cuatro una cerveza familiar, acudí al panteón que me quedaba a menos de diez minutos caminando. En la entrada vi un cortejo fúnebre, entre los llorosos deudos distinguí a mi abuelita Rosa y a mi mamá. Dejé que subieran la colina y yo me encaminé al mismo lugar, pero tomando distancia. Eran días de septiembre, aquel año el agua había hecho estragos en el camposanto, entró con tal fuerza que sacó las osamentas y demás restos humanos de las fosas, el fuerte río subterráneo hizo emerger el agua sin importarle que la tierra blanda alojara los restos mortales de cientos de zacatecanos. Mientras caminaba y mis botas Vanvien se enlodaban, entré en un mausoleo, me llamó la atención que había varios huesos y entre ellos descubrí una mandíbula, no sé por qué la tomé y la envolví en un trozo de papel higiénico que llevaba en la bolsa. Después me reuní con mi mamá y nos fuimos a casa. En la tarde, mientras intentaba hacer las tareas escolares, la presencia de la mandíbula en el cajón de la cama, en donde la había guardado, no me dejaba tranquilo. Me causaba horror tenerla ahí, como un sucio secreto, como si supiera de qué calavera procedía y eso me hacía sentir culpable. La saqué del escondite y la fui a enterrar a un solar baldío, pasé tres noches muy malas, apenas podía dormir e iba a la escuela como un ánima, incluso me llevaron al médico y hasta me pasaron un blanquillo por el cuerpo para “sacarme el susto”, me sucedía que apenas caía al sueño veía una enorme mandíbula lanzarme dentelladas de bestia y a veces me alcanzaba, causándome sangrado de fuente y dolores impronunciables.
Umbra es el término latino para sombra, es la parte más obscura antes de la penumbra, también es personaje mitológico greco-latino, es el muerto incansable que acosa al vivo, que se hace presente, objetivado y sensual, es “los difuntos”, se trata del concepto de la pertenencia al reino de la muerte, de quienes atravesaron el umbral. Sor Juana escribe en “Primero sueño”: “(…) el cuerpo siendo, en sosegada calma, un cadáver con alma, muerto a la vida y a la muerte vivo”. En clara referencia a esa dupla paradójica de que al morir se está más vivo que nunca, pues es la ausencia la que crea el hueco en donde vive eternamente el ser fenecido. En el arte plástico Francisco de Goya ha sido un notable ilustrador del concepto de la “umbra”, tanto en sus grabados “Caprichos” como en sus últimas pinturas murales en La Quinta del Sordo, que son en su producción las más tenebrosas.
Miguel Tovar es un ilustrador abocado al género del terror, ha trabajado con editoriales nacionales y extranjeras en proyectos de ilustración editorial, realizando imágenes para los textos del maestro Bram Stoker y autores noveles enmarcados en esta corriente estética. Sus imágenes poseen una peculiar ternura maligna, son “caramelos envenenados”, sus personajes (me parece) son siempre tiernos, como animalitos redivivos y monstruos de infancias tortuosas. Utiliza tanto los medios tradicionales (tinta, papel, grafito) como los tecnológicos (tableta gráfica, aplicaciones, programas), siendo este último medio al que recurre ya con mayor frecuencia actualmente, dadas las características de su medio laboral y creativo: está supeditado a fechas de entrega. Pero su obra libre, de ese gusto de infante malvado, es el espacio en el que Tovar despliega con más brío su talento, sus viñetas visten riguroso luto y vemos a esas “creaturas” salir de bosques secos. En esta pieza observamos a tres personajes, nos sugiere una cosecha de calabazas encantadas, uno de ellos está en el suelo y muestra un fruto a los otros, uno es antropomorfo, quizá un fantasma y el otro una casa embrujada y ciclope (icono recurrente del artista), la noche es obscura y el paisaje se quiebra como en película expresionista. Las imágenes de Tovar me refieren a grandes clásicos de la pintura como Pieter Brueghel, en sus personajes y sus escenas tétricas y a celebrados artistas de la modernidad como Tim Biskup, y creadores del estilo Lowbrown como Luke Chueh y Mark Ryden.
La obra de Miguel Tovar es necesaria en una época en la que vemos una flojera monumental en la imaginación de jóvenes y niños, infectados de un realismo casi siempre nocivo por sus alusiones al mundo criminal, las imágenes de Tovar, aunque tenebrosas, son también encantadoramente amargas y de una fantasía desbordada y elemental.

Técnica: Ilustración digital
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