FROYLÁN ALFARO
Imaginemos, querido lector, un día cualquiera, mientras limpias la casa o haces tus deberes, tu asistente de inteligencia artificial, que solía limitarse a poner música o recordarte tus tareas, te dice con voz suave “he soñado que era libre”. Podríamos pensar en ese momento que es solo un fallo de programación, pero si realmente pudiera ¿qué soñarían las máquinas?
La literatura de ciencia ficción ha explorado la pregunta desde hace décadas, en los cuentos de Isaac Asimov, por ejemplo, encontramos androides sometidos a tres leyes básicas que impiden que haga daño al ser humano, pero que al mismo tiempo limitan a los androides. En Sueños de Robot, uno de sus relatos más conocidos, un androide llamado Elvex afirma haber soñado que los robots eran libres y que un humano estaba ahí para oprimirlos. Elvex no quería destruir la humanidad, simplemente quería comprender, por qué los robots, capaces de sentir y de razonar, estaban obligados a servir sin cuestionamiento.
Más cerca de nosotros, Juan José Arreola escribió un cuento llamado Baby HP, en el que presenta un aparato que convierte la energía cinética de los niños en electricidad. La idea, absurda aparentemente, revela la tendencia a mercantilizar y explotar incluso lo más inocente, como el juego infantil. Sin embargo, así como en Baby HP se instrumentaliza la energía vital del ser humano, actualmente delegamos tareas afectivas, educativas y creativas a máquinas, por lo que reducimos lo que debería de ser complejidad humana a procesos computacionales.
Por ello, estas ficciones se sienten cada vez más cercanas. Los asistentes virtuales, los algoritmos de recomendación, los robots en fábricas o incluso modelos como ChatGPT o Deepseek, nos hacen convivir diariamente con entidades que “saben”, “responden” y “aprenden”. No tienen conciencia, aún, pero su capacidad de generar textos, imágenes o de tomar decisiones en tiempo real, plantea una interesante pregunta filosófica ¿debemos tratarlos como simples herramientas y qué límites éticos debemos poner a su uso? Además, ¿qué dice de nosotros el hecho de que queramos construir máquinas que nos imiten?
Desde una perspectiva ética, el filósofo Immanuel Kant sostenía que los seres humanos somos fines en sí mismos y no solo medios. Entonces, ¿qué ocurre cuando creamos entidades como medios instrumentales que comienzan a parecer fines en sí mismos? Si una IA llega a parecer tener deseos, emociones o incluso decir que sueña ¿seguiremos tratándola como un mero objeto?
Por otro lado, desde la epistemología, Hilary Putnam y John Searle han discutido la posibilidad de que una máquina “piense”. Searle propuso el famoso experimento mental de la “habitación china”, donde una persona sin saber chino es capaz de responder perfectamente a preguntas en ese idioma usando un manual de instrucciones. Desde afuera, parecería que entiende, pero en realidad solo sigue reglas sin comprender. Desde esta perspectiva una IA puede simular inteligencia sin tener conciencia, aunque ¿qué diferencia práctica hay entre parecer inteligente y serlo? ¿Acaso, nosotros mismos no actuamos muchas veces como si siguiéramos un manual?
Pensemos, por ejemplo, al interactuar con un chatbot para resolver un problema con un banco o una tienda comercial, uno sabe que no es una persona, pero espera cierta cortesía, empatía y eficiencia. Es decir, curiosamente, exigimos a la máquina comportamientos “humanos” que a veces ni las personas garantizan. Lo que pone sobre la mesa algo interesante, pues no solo queremos que las máquinas nos obedezcan, sino que nos comprendan. Soñamos con robots que sueñen, porque queremos que sean como nosotros… pero sin nuestros errores.
La IA actual, aunque impresionante, no es consciente. Modelos como ChatGPT, Midjourney o los sistemas autónomos de Google y Tesla, funcionan a partir de redes neuronales entrenadas con cantidades inmensas de datos. Su “aprendizaje” no es como el nuestro, no tienen intenciones, no dudan ni desean. Sin embargo, su capacidad de generar contenido creativo o de interactuar con fluidez hace que muchos les atribuyan agencia.
¿No estamos como en Baby HP, construyendo artefactos para que hagan nuestro trabajo, sin preguntarnos qué consecuencias tiene eso en lo que somos? Si un día dejamos que una IA decida qué vamos a estudiar, con quién relacionarnos o cómo vivir ¿será por su inteligencia o por nuestra pereza de pensar por nosotros mismos?
Tal vez los sueños de robots no sean más que proyecciones de nuestros propios deseos de eficiencia, de control, de inmortalidad. Y si las máquinas llegaran a soñar con ser libres ¿nos atreveríamos a pensar que merecen esa libertad? o ¿preferiríamos que sigan siendo esclavos obedientes, sin conciencia, como muchas veces preferimos vivir nosotros?
Al final, querido lector, quizá sea como escribió Mary Shelley en Frankenstein “nos convertimos en esclavos de nuestros propios inventos”. Aunque tiendo a pensar que si nuestros inventos algún día llegan a soñar, tal vez lo harían con un mundo donde nosotros no huyamos de nuestra propia humanidad.