ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Hay decisiones que parecen pequeñas hasta que, con los años, descubrimos que fueron un acto fundacional. Elegir a tu primer Pokémon, por ejemplo. No es una elección cualquiera: es una declaración íntima, casi un susurro del carácter. ¿Fuego, agua o planta? ¿Impulso, calma o paciencia? A los diez años no lo sabíamos, pero ya estábamos ensayando una forma de estar en el mundo.
Treinta años han pasado desde que Pokémon llegó para quedarse, como se quedan los rituales: silenciosamente, pero con una persistencia casi sagrada. Y aquí estamos, adultos con contraseñas complicadas y cafés a medio terminar, recordando con una sonrisa leve a ese pequeño compañero digital que, de alguna manera, nos enseñó a cuidar, a esperar, a perder sin rompernos.
Yo elegí fuego. Elegí a Charmander.
Charmander tenía algo que hoy reconozco como valentía frágil. Esa llama en la cola —tan pequeña, tan expuesta— era también una promesa. Cuidarla era cuidarse. Si se apagaba, algo en nosotros también. Quizá por eso nos enseñó, sin palabras, que la fuerza no siempre es ruido ni espectáculo: a veces es apenas una luz que insiste.
Años después, otros llegaron a nuestras vidas con la misma dulzura inesperada. Fuecoco, por ejemplo, con esa torpeza encantadora, nos recordó que no todo crecimiento es solemne. Hay una dignidad en tropezar, en cantar desafinado, en reír sin pedir permiso. Fuecoco no busca impresionar: existe con una alegría tan simple que desarma. Y en un mundo obsesionado con la perfección, eso resulta casi revolucionario.
Chespin, por su parte, siempre me ha parecido un pequeño guardián de lo cotidiano. Sus púas son defensas, sí, pero también refugios. Nos enseña que protegerse no es aislarse, sino elegir qué dejamos entrar. Hay una sabiduría vegetal en él: crecer despacio, echar raíces, comer nuestros alimentos favoritos, amar, resistir estaciones difíciles sin perder la ternura. Quizá por eso, quienes lo eligen, suelen ser personas que entienden el valor de lo constante, de lo que no se ve, pero sostiene.
Y hay otros Pokemones que no son precisamente iniciales.
Lucario siempre me ha parecido un secreto a medio decir. Hay en su forma erguida, casi estoica, una elegancia que no busca imponerse sino comprender. Percibe lo invisible —las emociones, la intención, eso que no se nombra— y actúa en consecuencia, como si supiera que la verdadera fuerza no está en el golpe sino en la lectura del otro. En tiempos donde todo se grita, Lucario susurra. Y, quizá por eso, permanece.
Mewtwo, en cambio, es la pregunta que no se resigna. Nacido de la ambición humana, carga con una lucidez que incomoda: ¿qué significa existir si el origen es artificial? Pero en su aparente frialdad hay algo profundamente humano —la búsqueda de propósito, el deseo de no ser definido por la violencia que lo creó—. Mewtwo no pide ternura, pero la revela. Como si nos recordara que incluso en lo diseñado, en lo fracturado, puede surgir una forma inesperada de dignidad.
Y luego está Mew.
Hablar de Mew es hablar de lo intangible. De lo que no se puede poseer del todo. Mew no es solo un Pokémon: es una idea. La posibilidad de todo, la memoria de lo que fue y lo que puede ser. En cierto sentido, Mew se parece a la infancia: esquiva, luminosa, imposible de retener. Aparece cuando menos lo esperas y, si intentas atraparla con demasiada fuerza, se desvanece. Nos recuerda que hay misterios que no se resuelven, solo se contemplan.
En tiempos más recientes, Terapagos llegó como una especie de espejo cósmico. No es casualidad que su forma evoque estrellas, mapas, fragmentos de algo mayor. Terapagos no solo pelea: revela. Nos habla de capas, de versiones de nosotros mismos que aún no entendemos del todo. Es, quizá, el Pokémon de la adultez: complejo, hermoso y un poco incomprensible. Nos invita a aceptar que no todo tiene una narrativa clara, y que está bien así. Aunque, eso sí, siempre gritando, siempre jugando y mostrando una belleza que los adultos suelen olvidar.
¿Qué tiene Pokémon que sigue resonando tres décadas después?
Podríamos decir que es estrategia, colección, nostalgia. Pero eso sería quedarnos en la superficie. Pokémon es, en el fondo, una pedagogía emocional disfrazada de aventura. Nos enseñó que el vínculo importa más que la victoria, que evolucionar no significa dejar de ser quién eres, sino desplegarlo. Que perder en un gimnasio no es el fin del mundo, sino una pausa antes de volver a intentar.
También nos enseñó a nombrar. Y nombrar, como diría cualquier poeta, es un acto de poder y de amor. Cuando le das un apodo a tu Pokémon, no solo lo haces tuyo: te haces responsable de él. En una cultura donde todo parece desechable, esa pequeña decisión tiene un peso silencioso.
Pero hay algo más.
Pokémon logró lo que pocas franquicias: convertirse en un lenguaje compartido. No importa si creciste en una ciudad ruidosa o en un pueblo pequeño, si jugabas en una consola prestada o en la televisión de la sala: sabías quién era Pikachu, sabías lo que significaba un combate, sabías la emoción de escuchar esa música antes de un encuentro importante. Era, y sigue siendo, una forma de comunidad.
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