CARLOS FLORES
Insisto una y otra vez con querer simplificar una visión del mundo literario a través de paradigmas fáciles de digerir y comprender, y, sobre todo, que pretendan significar algo en el orwelliano siglo XXI. De tal manera que, si regresamos al siglo XVIII y nos centramos en las letras francesas, veríamos desde esos nuevos paisajes urbanos que coquetean con el mundo greco-romano desde una distancia histórica inconmensurable que se ha llevado miles de vidas en reacomodos políticos y económicos, guerras, pestes y las decisiones abominables de algunos reyes o emperadores, generales, dictadores, monstruos… o las grandes ideas de ingenieros, artistas, arquitectos, científicos o alquimistas, místicos o matemáticos, comprenderíamos el por qué este siglo abrazo con todo su ser a la razón y la matemática.
Es lo que diríamos: una conclusión lógica del devenir humano. Todo lo vivido por esos seres atrapados en esa región donde se desencadenaron miles de eventos, traería consigo un puñado de pensadores que proclamarían, sin necesidad de Manifiesto, como algunos vanguardistas del siglo XX, a la razón como el paradigma de la literatura en mención.
Lo difícil, claro está, es en cómo explicar esto. Lo demás es más simple. Me refiero al hecho de paradigmar la literatura en sus distintos enfoques que permite ver su clasificación en corrientes literarias, lo que, probablemente sea también una simplificación como la que se pretende. Pero animemos esto un poco y tratemos de otorgar un paradigma a la literatura griega. Situémonos ahora en un ágora cualquiera. Veamos a esos hombres que conversan apasionadamente sobre diversos temas. Seguramente podremos ver algún viejo necio que decide mejor morir antes de retractarse de todo aquello que aparentemente había dicho o, mejor dicho, parido dialécticamente, sin saber nada, o al menos, eso era lo único que sabía. Quienes lo condenaron a muerte seguramente no distan mucho de los políticos contemporáneos que,
ante esa escases de miras, consideran que la anulación de lo que temen es lo mejor que pueden hacer. Esas mismas voces de autoridad entendían el mundo de una sola manera: la guerra.
La guerra era la actividad favorita de esos primates ¿pensantes? Ante la gran necesidad de sentirse seguros, a veces, o poderosos, la mayor parte del tiempo, por ello, si nos detenemos en ese poema que versa “Canta, oh musa, la cólera del pélida Aquiles que acabó con la vida de miles de aqueos de hermosas grebas”, podremos pensar que el paradigma de la antigüedad era la guerra. Lo mismo sería para la Edad Media, si Jesús no hubiera sido el tema favorito de otros samaritanos, creyentes o herejes, que construyeron otro paradigma más ad hoc: el catolicismo.
Tras mil años de desarrollo feudal, batallas, dragones, espadas, brujas y armaduras, luego de adentrase en los caminos líquidos y encontrarse, o encontronarse, alguien decidió que por el hecho de tener un poquito más de fe en los humanos que en la religión, el paradigma sería lo humano, el hombre, como esos que se vuelven locos por leer libros de caballeros andantes que campean a muerte por los deseos enardecidos de su rey por expandir el cristianismo y sus bolsillos. O de esos que deciden convertir sus castillos oscuros y ciudadelas que los parasitan, en ciudades hermosas, llenas de belleza detalle y, por qué no, poder y ostentación.
Si seguimos rascando podemos ver otros paradigmas, como aquel que se generó cuando se trató de explorar el mundo metafísico y sus secretos; o aquel de los poetas suicidas y pálidos seres nocturnos que se movían como arácnidos en los fríos muros de castillos muertos; de realidades descritas por medio de obras que hablaban de tipos tan fascinantes y patéticos como Julián Sorel o la desesperada amante y vacía mujer que terminó su vida con un veneno de botica; de escritores necios que se empeñaban en mostrar una realidad objetiva, casi científica; de poetas hartos de lo europeo que encuentran inspiración en una azulada publicación; en escritores que hurgaron en su “yo” escondido, en su inconsciente, con la intención de estar a la vanguardia.
El único paradigma que no podemos todavía comprender es el de nuestro tiempo, pues como la gran torre de Babilonia, existen una infinidad de lenguajes, de lenguas, de grupos alrededor de signos, como paganos alrededor de ídolos sangrientos, que se expresan de manera caótica, tratando de dar sentido a su propia individualidad, profetizando, o acaso deseando, que el mundo esté muy cerca de llegar a su fin; pero no un fin de esos míticos que anunciaban pestes o aperturas de puertas infernales, sino de esos que dependen de desastres ambientales, olas de calor, escases de agua, sobrepoblación, guerras, halos atómicos y destellos nucleares, líderes idiotas y ávidos de no sé qué putos que los mueve, máquinas pensantes o viajeros interestelares que nos vistan de cerca a cientos de miles de kilómetros por hora.