SAID ANTONIO CRUZ
Junio del 2000, México no sabía si estaba pariendo futuro o vomitando pasado. El país se sacudía al PRI como un perro a las pulgas y, en la pantalla grande, también un perro volaba hacía un parabrisas. El cine también quiso estrellarse contra algo y Amores Perros fue más que un ladrido y un parabrisas roto: fue sarna. Mientras Vicente Fox prometía alternancia y el Partido Acción Nacional se vestía de esperanza, Iñarritu nos enseñaba que, aunque estemos llenos de cicatrices, pueden haber nuevas heridas.
Del primer ladrido
Aquel junio, justamente cumplía 15 años. Era ingenuo, inseguro, sin guía, con tantas ganas de decir algo, pero sin saber cómo. Para colmo, el nuevo milenio llegaba como profecía y amenaza: se decía que el mundo se iba a acabar. Yo ni siquiera terminaba por comprender la envergadura de la palabra MILENIO ni la significancia del “pasar de los años». Así, entre la emoción de crecer y el miedo de desaparecer, miraba la pantalla grande como quien busca respuestas en una fogata. Mientras todos hablaban del fin del mundo, el cine me mostraba que el mundo ya se había roto.
Antes de irrumpir en el cine, Alejandro G. Iñarritu se había forjado una carrera sólida en la industria radiofónica y publicitaria de mi México. Fue director de programación en WFM, una estación que revolucionó la radio juvenil en México durante los años noventa También trabajó como compositor de música para cine y televisión, fundando Z Films, una productora con la que dirigió comerciales y cortometrajes que le permitieron explorar el lenguaje visual.
En contraparte, en su vida personal sufrió una perdida brutal. En 1996, su hijo Luciano Mateo moría pocos días después de nacer víctima de una infección respiratoria. “En la herida está el origen de la belleza y yo creo que es ahí el refugio en donde nos vamos a proteger”, confesó. Fue precisamente desde ese abismo emocional que comenzó a gestarse Amores perros.
De la Jauría
Al frente de la fotografía estuvo Rodrigo Prieto, quien con su cámara capturó la crudeza del Distrito Federal (hoy Ciudad de México), como retrato de un animal herido. Guillermo Arriaga, autor del guion, tejió las tres historias con una estructura fragmentada que rompía con la narrativa lineal tradicional. En el sonido, Martín Hernández, construyó una atmósfera que acompaña los fotogramas con un ladrido.
De la perrera
En el filme, cada personaje está atrapado en una jaula emocional, en una ciudad ruidosa, caótica y de contrastes tan marcados como en las pesadillas. No importa si son departamentos de lujo o gigantes tiraderos de basura, las locaciones son una suerte de espejo roto que multiplica la carencia humana. En Amores Perros no hay héroes ni villanos, solo sobrevivientes. No juzga, solo graba y nos muestra rabiosamente que el amor, cuando se vive desde la carencia, puede volverse perro: fiel, rabioso, herido, pero siempre buscando volver.
Septiembre del 2026, México se normaliza, MORENA gobierna y el narco se ha institucionalizado, ya no es el monstruo debajo de la cama, sino el ruido de fondo en cada noticiero. En esta normalidad, la violencia dejó de ser excepción y se volvió paisaje. Amores Perros sigue ladrando porque el país sigue sangrando, pero ahora el parabrisas no se rompe: se empaña con discursos y, el cine mexicano, ya no quiere estrellarse contra algo, quiere que lo patrocinen.
Del último ladrido
Hoy, Alejandro González Iñárritu, es uno de los cineastas más influyentes del mundo, con múltiples premios Óscar y una filmografía que ha expandido los límites del lenguaje cinematográfico. De hecho, este próximo Octubre (en la fecha que no se olvida), estrenará Digger dirigiendo al mítico Tom Cruise.
Amores perros resiste el paso del tiempo no como lo hacen las reliquias, sino como cicatriz; a 27 años de su estreno, es un testimonio feroz de un México fracturado, donde el amor, la violencia y la ciudad se entrelazan en un relato que se replica a diario.
Yo, a mis 41 años, ya no espero que el mundo me explique nada. Lo escucho romperse y lo escribo. Ya no me asusta el fin, porque camino entre sus ruinas. No busco respuestas en la pantalla, solo preguntas. Lo que antes era miedo y silencio, ahora es ritmo. No tengo todas las certezas… Pero puedo ladrar.

* Said Antonio Cruz es un poeta novel, cinéfilo y gestor digital cuya escritura se mueve entre lo íntimo y lo colectivo. Su propuesta literaria se caracteriza por una mirada crítica y sensible hacia los sistemas afectivos, laborales e institucionales que nos organizan, buscando nombrar aquello que suele escapar entre los pliegues del lenguaje.
Es egresado de Administración Industrial por la UPIICSA-IPN y ha complementado su formación en talleres de creación literaria y narrativa en el Centro Cultural de España en México y en el Centro Cultural del México Contemporáneo. Su versatilidad en las letras lo ha llevado a colaborar en espacios de crítica y contracultura, escribiendo sobre séptimo arte en la plataforma Peliplat y publicando crónicas en Semanario Punk.
Es autor del poemario Tinta en las rocas, cuyo proyecto homónimo en redes, impulsa espacios de difusión cultural. Asimismo, coordina NOMbook, una gaceta digital enfocada en Seguridad, Higiene y Salud Ocupacional. A través de estas plataformas, Said Antonio convierte la palabra en un laboratorio de reflexión, logrando tender puentes entre la disciplina técnica, el análisis cinematográfico y la fuerza poética.