And I wonder, still I wonder
(…)
Who’ll stop the rain?
— Creedence Clearwater Revival, Who’ll Stop The Rain?
JESÚS PABLO MARTÍNEZ RODRÍGUEZ
Llevo aquí tirado meses. Tirado en el llano, mientras reposo mi bomba nuclear —mi cabeza, claro está—, y unas cuantas armas de fuego más —dígase mi paciencia, mi cordura…—.
Me acompañan una luciérnaga para iluminar mis noches, un colibrí que me hace creer, ingenuamente, que aún se puede extender las alas y volar bien, bien alto, y un viejo álamo que mi madre y yo plantamos. Mi padre lo trajo, recuerdo. Pero ahora ya se está secando.
Es el otoño de un año cualquiera. Nunca me pregunté la razón de esta podredumbre arbórea, si la tenía ante mis ojos. Ante mis brazos, mis venas, mis huesos. Mi esqueleto todo, que ya es muy evidente. Estoy más para allá que para acá, y eso que apenas tengo 20 años. Siento que ya soy viernes cuando ni a martes llego. Ja, ja.
(…)
A veces quiero salir de este fango. Mi fango, éste que me he creado aunque me duela aceptar. Pero no he podido. Está lloviendo, y parece que no va a parar. Quisiera adoptar poderes mágicos para detener estos chubascos, pero no puedo detener ni mi quejumbre interna. Menos podré frenar devastaciones de la madre naturaleza.
Y es por eso que, en algunas noches blancas que aparecen en el transcurrir anual, me convierto en El Musitante. El que desea lo mejor para sus congéneres, para sus vecinos, para sí mismo. El que musita… el que murmura, para que me entiendan. El que susurra.
El que susurra que el caos cese, pero no lo logran oír. Quién sabe por qué no me oyen. Quizá sea por mi pelo, que ya ni sé de qué color es —¿será rojo, café, negro?—. Sólo sé que me tapa la boca. Tapa mi comunicación.
Pero, en fin.
Falacia del apostador. Así le dicen. El que espera que todo cambie después de vivir una desgarrada mala racha en la que te incrustabas el hacha en la nuca. Pero no. No cambia nada.
Descubrí ese fatal término estudiando Historia, y ahora soy historia yo. Qué chistoso.
No recuerdo quién me lo dijo, pero eso sí, me acuerdo con lujo de detalle del cansancio, ese que cargábamos. Del que todavía cargo, casi como si fuera El Pípila. Ni más, ni menos.
Lo curioso es que yo no llevo una piedra en la espalda. Llevo… nada. Sólo mi cuerpo flácido, raquítico, inerte —¡ah, cómo quisiera tenerte!—.
También llevo mi ropa vieja, como de granja. De granuja. Y el álamo, seco, sequísimo, deja caer sus últimas hojas sobre la dorsal de mi mano. Esa parte donde tengo una herida, pero no física. Es existencial. Amo esa palabra. Existencia. Esa que flota, como un globo —¡qué emoción, globos! ¡Me ponen hasta rojo! ¡Ni que fueran la chica de mis sueños!—.
¿Sueños? ¿Qué es eso? ¿Se comen? —pregunté burlón—.
Nadie contestó. Igual nadie puede entrar acá, ya que este llano está protegido por vallas de madera.
Y yo también quería estarlo. Protegido, digo. Cobijado, amado, abrazado. Quería plantar otra cosa, algo que ahora sí floreciera. Que naciera, viviera, se inmortalizara.
Y entonces encontré algo en mi overol.
Era una semilla de girasol. Me la dieron… no recuerdo cuándo. Querían que la plantara ahí mismo, en ese lugar insospechado, pero no lo hice. Lo haré ahora. Aquí mismo. Mismamente, en medio de mi llano, que se convertiría en una huerta —como aquel escritor que estamos celebrando, o que celebramos—.
Lo hice pensando en mi frase favorita, en latín macarrónico:
«Nolite te bastardes carborundorum».
No dejes que los demás te aplasten. Párate. Álzate como un titán, una estatua ecuestre.
Eso eres, ¿no, Musitante? —pregunté yo, narrador—.
Yo, el Musitante, me quedé callado. Atónito. Era un viejo ya, cansado. Cansado con 20 años.
Y entonces recordé que me decían:
“Viejos los cerros…
(…)
Y todavía reverdecen”.
Ahora lo entiendo todo. Creo que ahora abriré la puerta. Abriré ese libro. Leeré esas páginas también.
“Someone’s knocking at the door
Somebody’s ringing the bell
Someone’s knocking at the door
Somebody’s ringing the bell
Do me a favor
Open the door and let ‘em in»
— Wings, «Let ‘Em In”
(…)
Vida, cómo me has cambiado… pero aún puedes pasar.
Aún el Sol brilla.