CARLOS FLORES
Estaba en la mesa luego de haber cocinado una sopa de tortilla cuya receta encontré en un reel de Facebook. Pensaba en qué sería lo siguiente que haría y me acordé de que tenía un compromiso para llenar este espacio de Las plumas del Fénix en “Puntos suspensivos”. No estaba seguro de cuál sería el tema idóneo para escribir y por un momento dudé si mi escritura sirviera para algo, si alguien se interesará en leer de lo que escribo como luego yo me intereso en leer a aquéllos que escriben sobre cucharas y que en realidad no hablan de cucharas. Mi hija me sacó del ensimismamiento al buscar un vaso con agua o una manzana y, por no dejar, le pedí que me sugiriera un tema. Creí que iba a batallar en darme alguno, pero enseguida me dijo que acaba de leer a Hermann Hesse.
Me describió entonces cómo el joven protagonista de la novela salió al mundo en busca de aquello que le da sentido a la vida, o al menos eso entendí, pues a veces la lengua parece que no dice lo que quiere decir, y no escucha lo que debe escuchar; y que en esa búsqueda conoció a mucha gente, para tratar de encontrar eso que luego los filósofos se empeñan en llamar absoluto, como si eso existiera en términos de entendimiento humano. Pero después de hablar con varios semejantes como Govinda, su amigo de la infancia, y el que simbólicamente es su padrino de iniciación, conoce a un grupo de acetas, al Buda, y a otros cuyo camino y forma de existir revelan al joven discípulo que parece no haber una misma verdad para todos ellos, y que cada quien experimenta su verdad de acuerdo a sus propias interpretaciones lingüísticas, y que, aunque cada uno le otorgó una enseñanza, su propia iluminación lo llevó a comprender que lo único real no está en la cabeza, en los símbolos, en los libros o las conciencias, sino en el mismo mundo, en lo inmediato… Terminamos hablando sobre lo ojete que puede ser la humanidad y que, como individuos, nos deslindamos de aquellos cabrones que sólo buscan el poder por el poder sin importarles un bledo si se meten el mundo por donde mejor les quepa.
Por lo pronto, la idea de que el mundo es aquí y ahora y nada más, me hace repensar a los jóvenes que se expresan mediante el fenómeno Farmear Aurea, y que decidieron alejarse del celular por un instante y hacer bola con otros chavales a hacer algo que muchos critican por lo absurdo que pueda llegar a parecer; sin embargo, desde mi perspectiva, creo que el hecho de que un puñado de huercos decidan salir de casa, juntarse, mostrarse sin inhibiciones, y hacer memes en carne y hueso, es mejor que estar en casa frente a la pantalla, es vivir el aquí y ahora de manera plena.
A fin de cuentas, el mundo en que vivimos es una mentira total, una construcción mental de alguien en algún momento y que, si bien nos va, tiene un objetivo o algún sentido, aunque lo más seguro es que no formemos parte de ello más que como un peón, un ladrillo más en la pared de una estructura donde políticos con cara de cerdo tienen el absoluto control de nuestra existencia; grupos armados, surgidos desde el mundo más oprimido por ese sistema, ahora poseen un poder cuasi militar que les permite tomar vidas humanas como si de frutos de un huerto se tratase; donde el futuro es tan incierto como nunca antes. Creo que, en el fondo, el Farmear Aura es una postura contra ese sistema sin sentido que rige nuestras vidas hoy en día: tomarse un momento para simplemente ser, sin la rigidez del mundo, y sin temor de hacer algo mal… pues si en la estructura no hay nada con sentido… qué más da lo que haya abajo.