ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Hay una edad en la que hacer planes con los amigos deja de ser una cuestión de voluntad y se convierte en un problema de infraestructura.
«Tenemos que vernos.»
Sí, claro.
«¿Cuándo puedes?»
Déjame revisar.
Y entonces abrimos el calendario como quien consulta los archivos secretos del Estado. Lunes: trabajo. Martes: trabajo. Miércoles: trabajo. Jueves: quizá exista una posibilidad, pero hay que confirmar. Viernes: imposible, porque alguien ya hizo un plan. Sábado: comida familiar. Domingo: recuperación de la semana, que es una actividad que requiere aproximadamente ocho horas y una cantidad respetable de silencio. Y así, sin que nadie lo haya decidido formalmente, la amistad adulta ha sido convertida en un asunto administrativo.
Cuando éramos jóvenes, los amigos no necesitaban agenda.
Bastaba con aparecer.
Uno llegaba a casa de otro, tocaba la puerta y preguntaba:
—¿Qué haces?
—Nada.
—Yo tampoco.
Y eso era suficiente para construir una tarde.
La juventud tenía esa generosidad temporal que ahora nos parece casi obscena. Podíamos desperdiciar cuatro horas sin sentir que estábamos desperdiciando la vida.
Quizá porque todavía no habíamos descubierto que el tiempo se acaba.
O quizá porque todavía no habíamos aprendido a ponerle precio.
Ahora cada hora tiene una ocupación potencial. Trabajar. Dormir. Hacer ejercicio. Leer. Comprar comida. Responder mensajes. Lavar ropa. Ir al médico. Hacer ejercicio otra vez porque uno ya se siente culpable de haber comido lo que comió el martes.
La adultez no nos quitó el tiempo.
Nos convenció de que todo nuestro tiempo debe justificar su existencia.
Y la amistad, pobrecita, no siempre sabe presentar informes trimestrales.
Umberto Eco habría disfrutado mucho de nuestras conversaciones actuales.
Ya no decimos simplemente «te extraño».
Mandamos un meme.
Es una evolución cultural interesante.
El meme dice: vi esto y pensé en ti, que es una de las formas más contemporáneas de afecto. No exige respuesta emocional, no compromete demasiado y puede enviarse mientras uno está en el supermercado.
Una amistad puede sobrevivir meses gracias a una combinación de reels, fotografías de comida, comentarios sobre una serie y algún «tenemos que vernos».
El «tenemos que vernos» merece un estudio académico.
Es probablemente una de las frases más utilizadas de nuestro tiempo y una de las menos vinculantes.
«Tenemos que vernos» puede significar: Te quiero. Me acuerdo de ti. Me siento culpable por no verte. Me gustaría verte si las circunstancias fueran distintas. No sé cómo terminar esta conversación. Nos vemos en 2028.
Es un signo abierto, deliberadamente ambiguo.
Y quizá por eso funciona tan bien.
Pero hay algo más incómodo.
A veces no es que no tengamos tiempo para nuestros amigos.
Es que ya no tenemos la misma necesidad de ellos.
Y decirlo parece casi una herejía.
La amistad suele contarse como una virtud en sí misma. Tener muchos amigos es una señal de salud social; conservar amigos durante décadas, una especie de certificado moral.
Pero las personas cambian.
Nosotros cambiamos.
Y algunas amistades sobreviven al cambio.
Otras no.
Hay amigos que pertenecen a una época específica de nuestra vida. No porque hayan sido menos importantes, sino porque eran exactamente lo que necesitábamos entonces.
El amigo de la universidad.
El amigo de las noches interminables.
El amigo con quien uno podía hablar durante cinco horas sobre una persona que hoy ni siquiera recuerda.
El amigo con quien compartíamos una versión de nosotros mismos que ya no existe.
Quizá el error está en pensar que toda amistad verdadera debe durar para siempre.
También hay libros que nos cambian y no volvemos a leer.
Hay ciudades que amamos y no volvemos a visitar.
Hay canciones que fueron importantes y después dejamos de escuchar.
No por eso fueron menos verdaderas.
Lo extraño es que seguimos acumulando amigos como si fueran pruebas de continuidad.
«Con él llevo veinte años.»
Y eso, inmediatamente, parece otorgarle una especie de inmunidad diplomática.
Veinte años.
Muy bien.
¿Y ahora qué?
Porque el tiempo compartido no garantiza que todavía exista una conversación.
A veces una amistad se convierte en una fotografía: preciosa, auténtica y completamente incapaz de responder.
Nos encontramos después de cinco años.
«¡Cuánto tiempo!»
Sí.
Y durante una hora nos contamos todo lo que ha ocurrido.
Después nos despedimos.
«Tenemos que repetirlo.»
Por supuesto.
Volvemos a nuestras vidas.
Y quizá no volvamos a vernos durante otros cinco años.
La amistad contemporánea tiene algo de arqueología.
Desenterramos personas.
Las limpiamos cuidadosamente de polvo.
Recordamos quiénes éramos.
Y después volvemos a enterrarlas.
Sin embargo, hay amigos con los que ocurre algo distinto.
Personas a las que podemos no ver durante meses y cuya presencia no se deteriora.
No necesitan mantenimiento constante.
No exigen explicaciones.
Uno puede aparecer después de mucho tiempo y continuar una conversación que parecía suspendida ayer.
Esas amistades tienen algo profundamente literario.
Como si el tiempo, por una vez, aceptara comportarse.
Quizá porque la verdadera intimidad no depende de la frecuencia sino de la posibilidad de regresar.
Regresar sin tener que reconstruirnos.
Regresar sin presentar informes.
Regresar sin decir:
«Perdón por desaparecer.»
Porque el otro ya sabe.
La vida ocurrió.
Y luego están los amigos que vemos demasiado.
Los que nos escriben todos los días.
Los que saben quién nos gusta, qué comimos, qué pensamos del nuevo presidente, qué serie estamos viendo y cuál es nuestra opinión sobre una persona que ni siquiera conocen.
Son maravillosos.
Hasta que dejan de serlo.
Porque la amistad, como el amor, también necesita cierta distancia.
Paz entendió muy bien que la intimidad no elimina la separación entre dos personas. Al contrario: la necesita.
Dos personas completamente fusionadas dejan de ser dos.
Y quizá una amistad demasiado exigente termine pareciéndose a una relación de pareja sin sexo y con más grupos de WhatsApp.
No estoy seguro de que la humanidad necesite semejante institución.
Tal vez el problema no sea que ya no tenemos tiempo para nuestros amigos.
Tal vez el problema es que hemos convertido el tiempo en una mercancía tan valiosa que nos cuesta gastarlo en algo que no produce nada.
Una conversación no produce.
Caminar sin rumbo no produce.
Tomar café durante dos horas no produce.
Reírnos de una estupidez durante veinte minutos no produce.
Recordar una anécdota que todos conocemos tampoco produce.
Y, sin embargo, quizá eso sea precisamente lo que la amistad ha hecho siempre: proteger una parte de nuestra vida de la obligación de producir.
El amigo es esa persona con quien podemos perder el tiempo sin sentir que lo hemos perdido.
Qué concepto tan revolucionario.
Quizá deberíamos dejar de decir «tenemos que vernos».
Es demasiado abstracto.
Demasiado adulto.
Demasiado parecido a una promesa que nadie piensa cumplir.
Quizá deberíamos decir:
«El jueves a las ocho. ¿Puedes?»
Y si no puede, buscamos otro día.
Sin dramatismo.
Sin culpa.
Sin convertir la amistad en una prueba de afecto.
Porque quizá querer a nuestros amigos no consiste en hablar con ellos todos los días.
Consiste en hacerles un lugar real en nuestras vidas.
Un lugar que no sea solamente una notificación.
Un café.
Una caminata.
Una cerveza.
Una comida.
Dos horas inútiles.
Dos horas magníficas.
Dos horas en las que nadie tenga que ser productivo.
Después de todo, quizá la amistad sea una de las pocas formas de resistencia que nos quedan contra la tiranía del calendario.
Y quizá por eso, ahora que somos adultos y tenemos tan poco tiempo, deberíamos atrevernos a hacer algo verdaderamente irresponsable: perderlo juntos.