Hay libros que no se leen: se atraviesan. A través del espejo. Novísimas narradoras zacatecanas es uno de ellos. No porque sea hermético, sino porque invita —casi exige— un gesto: dar un paso hacia el otro lado, aceptar el desdoblamiento, dejar que algo se fracture mientras avanzamos.
La antología reúne voces jóvenes que escriben desde un lugar liminal, ese punto incierto donde la identidad todavía se está afinando y la mirada no ha terminado de asentarse. El espejo, aquí, no es un objeto decorativo ni un símbolo complaciente: es un dispositivo de extrañamiento. Mirarse implica verse fuera, desconocerse, sospechar de lo que se creía propio. Cada relato parece operar bajo esa lógica: narrar no para confirmar, sino para inquietar.
Los textos que conforman el volumen no obedecen a una temática explícita ni a una consigna visible. Sin embargo, algo los enlaza: una atmósfera de tensión contenida, una pulsión por explorar la fragilidad del cuerpo, la memoria, el lenguaje y el mundo. Hay silencios que pesan más que las acciones, escenas mínimas que se cargan de una densidad inquietante, gestos cotidianos que de pronto se abren a lo ominoso. Nada estalla del todo, pero todo vibra.
Zacatecas aparece como una presencia subterránea. No siempre se nombra, pero se siente: en la violencia latente, en la sensación de encierro, en cierta aspereza emocional que atraviesa los relatos. Como en la mejor tradición del cuento fantástico y existencial —esa que no necesita explicar sus sombras—, el territorio se filtra en la atmósfera, no en la postal.
Uno de los aciertos del libro es su estructura: el volumen se abre y se cierra con textos que funcionan como umbrales. El inicio descoloca; el final devuelve la mirada. Entre ambos extremos, los relatos dialogan, se reflejan, se contradicen, creando una lectura circular que refuerza la idea del espejo como tránsito más que como superficie.
A través del espejo no ofrece respuestas ni moralejas. Su apuesta es otra: dejar al lector con una incomodidad fértil, con preguntas que no se resuelven al cerrar el libro. Esa es quizá su mayor virtud. En un tiempo que exige certezas rápidas, estas narradoras eligen la duda, la ambigüedad, el temblor.
Queridas lectoras y estimados lectores, leer esta antología es asomarse a una escritura que todavía se está buscando —y justamente por eso resulta tan potente—. Voces que no temen explorar lo extraño, lo roto, lo que no encaja. Voces que escriben desde el umbral y nos invitan, sin garantías, a cruzarlo con ellas.
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero