Fotografías: Karen Salazar
Cecilia Eudave, El verano de la serpiente, Alfaguara, México 2022.
GONZALO LZARDO
Celebro, para empezar, la presencia de Cecilia Eudave en este auditorio,1 porque nos concede el privilegio de dialogar con ella a propósito de su obra y de la novela que hoy nos convoca. Puedo afirmar que El verano de la serpiente, publicado por Alfaguara, la consolida como una narradora propositiva, consistente y creativa: como una protagonista auténtica de las letras hispanoamericanas. Tengo mis razones para decirlo. Si toda creación es crítica y toda crítica creación, como propusieron las vanguardias, Cecilia Eudave encarna este ideal por doble vía. Su trabajo académico se corresponde con su obra creativa de manera recíproca y armónica: su oficio como narradora le permite estudiar el hecho literario “desde adentro”, y su lucidez como investigadora literaria se admira en la eficacia de sus relatos.
Por lo anterior, al leerla uno sabe de antemano que disfrutará de su oficio con el lenguaje, de su habilidad con la trama y la urdimbre narrativas, de su sensibilidad para ver el mundo y su gente. Esta destreza no la vuelven convencional, al contrario: le dan armas para jugar con las convenciones o transgredirlas. Los estudios teóricos que ha realizado sobre la microficción, le permiten condensar las acciones, las digresiones y las descripciones sin que su prosa pierda ritmo ni riqueza. Así mismo, su conocimiento de la lo insólito le permite no sólo plantear una trama con múltiples niveles de realidad, sino también cuestionar algunas premisas del género, como la existencia de los fantasmas. En consecuencia, su conocimiento de lo literario le permite plantear un relato con varias voces narrativas, que nos mueve entre diversos tiempos y espacios, con un desarrollo ágil y un final poderoso, sin que en ningún momento nos abrume ni nos confunda. Sin duda, una virtud admirable en El verano de la serpiente es su compleja brevedad: su laberíntica ligereza.
Es notable, por lo demás, la oblicuidad y la economía con que la autora construye sus escenarios. Aunque nunca se menciona la ciudad donde ocurren los hechos narrados, por ejemplo, la simple mención a la colonia Moderna, y la calle de Francia nos ubica en uno de los barrios más tradicionales de Guadalajara, cercano al centro y a la Colonia Americana. Construida durante el porfiriato para las familias adineradas, en el año 1977 —cuando ocurren los hechos esenciales de la novela—, la Moderna conservaba aún su estilo, aunque la habitaran familias menos privilegiadas. Entre sus construcciones, elegantes y amplias, destaca por sombrío un caserón casi neogótico, concluido a finales del siglo XIX, donde se hospeda el translúcido fantasma de esta novela. Con un mínimo de descripciones, la escenografía se complementa con las alusiones, muy precisas, al contexto histórico: a mediados de los 70, en una época de aparente progreso para nuestro país y de conflictos bélicos en todo el mundo.
Sobre esta escenografía de frágil prosperidad, de conflicto y deterioro, la autora hace actuar a personajes muy vívidos: ancianas y viejos, jóvenes y niñas, que impresionan no por su aspecto —que se nos oculta siempre—, sino por su carácter y sus gestos, por sus acciones y reacciones, por sus luces y sus sombras. Como voz principal del relato, la que más brilla es Maricarmen: una niña curiosa y perspicaz que hubiera querido ser astronauta y terminó siendo escritora, que tenía celos de su hermanita Ana y no pudo ver el peligro que las rondaba. Ana es también entrañable, con su temeridad y su candidez. Lo mismo sus padres, Sonia y Esteban, a los que conocemos por sus profesiones, sus gustos y sus manías. Más extraña e inquietante resulta esa familia de varones, padre y tres hijos, que conviven con una fantasma tan protectora como regañona. Hay también caracteres infames, como Matías, sórdidos como el hombre regordete que cuelga a su perro, fracasados como el tío Carlos, y francamente inolvidables como el Capi y su perro Lobo.
Aun así, como lo anuncia el título de la novela, el personaje más original o novedoso es la serpiente: esa boa que Teresa le compró a su hija Mónika, diciendo que era un regalo de su padre alemán, siempre ausente. Anónima y ubicua, ajena a sus connotaciones ideológicas, la serpiente no deja de tener una carga simbólica, aunque transvalorizada. Si por algo nos impresiona es por su fascinante animalidad, una creatura imposible de domesticar, pero capaz de percibir lo que no pueden ver los humanos. Consciente de las implicaciones heteropatriarcales que se le han adjudicado en las mitologías occidentales, la autora revaloriza su carácter animal, ominosamente mundano. De ese modo, la serpiente deja de ser una representación del mal, un heraldo de la sabiduría, una hermana de las brujas, para mostrarse tal como es: como una creatura desamparada y amenazadora, a la que los niños usan como mascota sin saber que ella está aguardando el momento adecuado para devorarlos. Una alegoría, sutil y afortunada, de nuestra autoritaria e insensible relación con la naturaleza, a la que tratamos sin respeto, sin reconocer que podría aplastarnos en cualquier instante.
Esta misma actitud, transgresora de mitos, le permite a la autora redefinir el concepto tradicional del fantasma. Para empezar, la presencia fantasmal de su novela no está ligada a los límites de una casa encantada, sino que es capaz de mudarse a otra para no alejarse de las personas que quiere. Además, es un espectro que se permite el lujo de no creer en lo sobrenatural: “De sobrenaturales nada. Basta de blasfemias. Ni hijas de Dios ni del Diablo, a ustedes también las parió la madre naturaleza”, sostiene la fantasma ante la serpiente, sugiriendo que su propia presencia nada tiene de metafísica para reafirmar su propia realidad natural. Se trata, por tanto, de una creatura paradójica, que al final se multiplica o refleja o se contagia en otra: en una presencia “que habita muchos tiempos a la vez”, capaz de advertir el indecible secreto que mancilló aquel verano de 1977.
Elogio aparte merece la estructura —eficiente y original— con que Cecilia Eudave construyó El verano de la serpiente. Cuando uno revisa el índice, supone que leerá una novela, dividida en nueve capítulos numerados. Por eso, al leer el primero, nos sorprende descubrir que es un cuento impecable por sí mismo: el encuentro de Maricarmen con una Chica-Culebra de feria, que le hace un vaticinio: “Ve más allá de lo visible, déjate guiar por los ojos de la serpiente”. Y lo mismo ocurre con los capítulos siguientes, que pueden leerse como textos aparte, relatos íntegros y autónomos que alternan la narración omnisciente y la subjetiva, el modo realista y el modo fantástico. El capítulo II, por ejemplo, trata sobre la casa gótica, su fantasma y sus habitantes. En el V presenciamos la enfermedad de Esteban, que va perdiendo color hasta volverse una sombra. Y en el VII, nos acercamos al irredento salvajismo de Matías, el sórdido catalizador de la trama.
Por sí misma, esta peculiar estructura coloca El verano de la serpiente en una categoría aparte, en un subgénero que es precioso por infrecuente. Novelas que se conforman de cuentos a la manera de los collares que engarzan perlas: gemas que son admirables en conjunto, pero también en cada una de sus componentes. Pienso, por ejemplo, en El denario del sueño, donde Marguerite Yourcenar enlaza, uno tras otro, historias sueltas que ocurrían en Roma mientras se conjuraba un atentado antifascista. Evoco igualmente Cuando el espejo mira, escrita por mi maestro David Ojeda, o la obra clásica de Jan Potocki, Manuscrito encontrado en Zaragoza, sin olvidar el clásico de clásicos, Las mil y una noches. Me atrevo a suponer que este lujo estructural hace que El verano de la serpiente sea tan poderosa: el soporte idóneo para expresar la cosmovisión de su autora. Una visión lúcida, sin dejar de ser sombría, que nos hace ver con otros ojos la infancia y la vejez, la familia y la memoria, la crueldad y la violencia implícitas en nuestra existencia humana.
Referencia:
1 Texto leído en la presentación de la novela El verano de la serpiente, en el Auditorio del Museo Manuel Felguérez, el 18 de abril de 2026.




