SONIA IBARRA VALDEZ
Hay libros que cuentan una historia y otros que, mientras los leemos, comienzan a remover la nuestra. Abisal, de Nadia López García, pertenece a estos últimos. Es un libro sobre la memoria, sí, pero tal vez sería más preciso decir que indaga en la difícil relación que mantenemos con nuestros recuerdos.
Desde el título aparece la poderosa imagen de la zona abisal, aquella región profunda del océano a la que prácticamente no llega la luz y de la que todavía conocemos muy poco. Nadia López García convierte esa profundidad en una metáfora de la memoria y descender hacia ella significa internarse en territorios que sabemos que existen, aunque muchas veces no podamos verlos con claridad.
En ese descenso brotan recuerdos hermosos y dolorosos, episodios que se nombran y otros que apenas alcanzan a reconocerse. Es interesante que la propia estructura del libro parezca reproducir nuestra manera de recordar, dado que la memoria rara vez sigue un orden cronológico y se presenta por fragmentos; así, una canción nos lleva a un momento, un olor a otro o una conversación despierta una escena que creíamos perdida.
Así ocurre en Abisal, donde la autora entrelaza episodios familiares y de la infancia con datos históricos, información científica, estadísticas, películas, canciones, creencias y preguntas. Muchas preguntas que son dirigidas inicialmente hacia ella misma, pero pronto dejan de pertenecerle y terminan interpelando a quien lee. ¿Qué recordamos? ¿Qué hemos olvidado? ¿Por qué unas experiencias permanecen mientras otras se hunden en nuestra propia zona abisal?
Estas preguntas nos llevan a la tensión que atraviesa el libro entre recordar y olvidar. Nadia nos cuenta que en algún punto comenzó a escribir un diario para conservar aquello que ama, lo que le duele, lo que extraña y lo que piensa, escribir quién es y lo que recuerda que es. Y nos hacemos una nueva pregunta, ¿cuánto de lo que somos depende de aquello que recordamos?
En la narración hay un personaje muy significativo, “General”, el perro de la familia, y su muerte deja una enseñanza muy temprana en la protagonista, quien con apenas siete años comprende algo que después recorrerá todo el texto: “Desde ahí aceptamos que estamos hechos de muerte y que lo único que podíamos hacer contra ella era no olvidar a quien había muerto”.
En Abisal la memoria no se idealiza como un territorio al que necesariamente debamos regresar, pues hay recuerdos que duelen y experiencias que acaso fueron sepultadas porque resultaba demasiado difícil convivir con ellas. Entonces ¿recordamos para sobrevivir?, ¿olvidamos para vivir? Probablemente, hacemos ambas.
Sin embargo, sumergirse hacia el pasado no se limita a la evocación individual de Nadia. Poco a poco, la narradora comienza a buscar también una memoria que la precede, la de su familia y, particularmente, la de las mujeres.
En esa genealogía brota una ausencia reveladora, ¿qué se sabe sobre las mujeres de la familia? Casi nada. De los hombres suelen conservarse más datos; de las mujeres, apenas existen rastros. Algunas no asistieron a la escuela, otras ni siquiera tuvieron un documento que registrara su nacimiento; no dejaron fotografías ni palabras escritas. La paradoja resulta dolorosa, queremos conocerlas, pero son escasas las evidencias de que estuvieron aquí.
En ese contexto, escribir adquiere otra dimensión. La escritura se convierte en una manera de devolverles un lugar a quienes no pudieron registrar su propia existencia y de luchar contra la desaparición de sus historias. Nadia escribe: “Si de algo sirve la escritura, tal vez sea para luchar contra el olvido”.
Se manifiestan entonces la bisabuela, la abuela y la madre, con sus silencios, sus miedos y las violencias que atravesaron sus vidas. Y confieso que, cuando llegué a esta parte de la lectura, se me hizo un nudo en la garganta, como le ocurre a la propia narradora. Porque mientras leía su historia, inevitablemente pensé en la mía. En mis dos abuelas que también fueron “robadas”, como se decía en su tiempo; fueron llevadas contra su voluntad para iniciar una vida en pareja.
Fue ahí donde comprendí con mayor claridad uno de los movimientos más poderosos de Abisal, pues mientras la autora reconstruye sus recuerdos, despierta los de quienes la leemos. Su narración comienza a rozar anécdotas familiares que parecían pertenecer a ámbitos privados y que, al ser nombradas, revelan experiencias compartidas por muchas mujeres.
Por eso una de las preguntas que surgen durante este recorrido resulta tan inquietante, ¿la tristeza se hereda? Quizá sí. Heredamos apellidos, rasgos físicos o anécdotas familiares; también heredamos silencios, miedos, violencias y maneras de relacionarnos con el dolor.
Conforme estos testimonios familiares van apareciendo, el recuerdo se ensancha hasta convertirse en memoria social. La infancia de la narradora está atravesada por Baja California, los campos de fresa, el trabajo jornalero y la migración mixteca hacia el norte del país. Aparecen niñas y niños trabajando, las desigualdades asociadas con el dominio del español y la vulnerabilidad de quienes migran. Recordar una infancia significa aquí recordar una parte de la historia del país.
La música participa de ese recorrido y las canciones escuchadas por su madre forman parte de la remembranza familiar y migrante. Entre las agrupaciones que sobresalen están Grupo Bryndis, Los Yonic’s, Los Tigres del Norte y Los Temerarios. El detalle podría considerarse menor, pero confirma una cuestión que el libro muestra reiteradamente, que una canción también es una forma de volver. Desde Zacatecas, además, la referencia al grupo fresnillense establece un inesperado puente con un suceso que transcurre entre Oaxaca y la frontera norte.
La protagonista luego se pregunta “¿Qué frontera estoy cruzando al querer recuperar mis memorias de la infancia?” Y la frontera deja de ser geográfica, se presentan fronteras entre presente y pasado, entre recuerdo y olvido, entre aquello que podemos contar y aquello para lo que todavía no encontramos palabras. Y entre esas memorias surgen también las violencias contra las mujeres.
Otro de los sucesos que llamó mi atención (porque también me ha pasado) es una cena que la protagonista tiene con las amigas de una amiga. Al principio ella siente que no pertenece a ese espacio por las diferencias sociales, pero la conversación comienza a revelar experiencias de violencia y las mujeres descubren que, de distintas maneras, muchas habían vivido violencias o conocían de cerca a alguien que había sido violentada. Sin embargo, “[…] por alguna razón, lo callamos e incluso lo olvidamos”. En este punto la memoria deja de ser individual.
La autora recurre a una imagen hermosa, a la memoria de los delfines que se acciona en colectivo. Cosa semejante ocurre entre las mujeres, pues ciertas experiencias han permanecido calladas durante años porque parecían individuales y al escucharlas en voz de otras, algo se activa. A veces necesitamos a alguien más para recordar y, sobre todo, necesitamos sentirnos acompañadas para atrevernos a nombrar aquello que ha permanecido en el silencio por miedo o por vergüenza.
Esta es, creo, una de las ideas más bellas y políticas de Abisal, ya que la memoria deja de ser exclusivamente una exploración del pasado y se transforma en una pregunta sobre el presente, ¿qué hacemos con aquello que finalmente logramos recordar?
El libro evita ofrecer una respuesta fácil, pues recordar no necesariamente sana y escribir tampoco modifica lo sucedido. La autora lo sabe, incluso existen recuerdos que decide no escribir por miedo, porque siente que está descendiendo cada vez más hacia su zona abisal donde se va encontrando seres que no reconoce.
Pero llega un momento en que el silencio deja de ser una alternativa suficiente y nombrar lo sucedido permite construir lo que la propia obra concibe como un “mapa contra el olvido”. A lo mejor esa sea una de las claves del libro.
Recordar aquello que duele no implica necesariamente permanecer en el dolor. Puede significar comprender de dónde venimos, evitar que algunas vidas desaparezcan por completo y reconocer historias que durante generaciones permanecieron ocultas. En ciertos casos, también es una forma de intentar que ciertas violencias no vuelvan a repetirse.
Después de ese descenso, Abisal regresa finalmente a un aspecto elemental: la palabra. “Quizá fue aquí donde me convencí de que la única cosa que tenemos contra el olvido es la palabra, dicha o escrita, pensada o bailada, dibujada o fotografiada. Todo es palabra, incluso el silencio”. Porque puede ser que el problema vaya más allá de lo que recordamos o de cuánto olvidamos, y se centré en qué vidas estamos dejando desaparecer porque nadie las está contando, nadie las está escribiendo.
Abrir Abisal es acompañar a Nadia López García durante un descenso hacia esa parte oscura de la memoria. Pero el viaje no termina cuando ella regresa a la superficie, el verdadero efecto del libro ocurre después, cuando cerramos sus páginas y descubrimos que, casi sin darnos cuenta, hemos comenzado también a caer hacia nuestra propia zona abisal.
*López García, Nadia. Abisal. Fondo de Cultura Económica, 2026.

