DANIELA ALBARRÁN
Recientemente volvió a encenderse la discusión sobre el uso de la inteligencia artificial en la literatura. El detonante fue la periodista Yuriria Sierra, quien declaró abiertamnte que su reciente libro, Charlas imposibles (y urgentes) en el siglo XXI, es un ejercicio donde dialoga con los muertos (y no precisamente desde una sesión espiritista, como ella misma lo menciona). La premisa no es nueva. Pienso, por ejemplo, en Gog o en El libro negro del gran Giovanni Papini, donde el protagonista sostiene encuentros con diversos personajes para debatir sobre el arte, los excesos y la vida misma.
La diferencia es que Papini tuvo que investigar a fondo a cada figura para reconstruir sus voces bajo la lógica del ««¿qué hubiera pensado Einstein, por ejemplo?»», mientras que Sierra utilizó la herramienta más poderosa de este siglo para recrear a sus interlocutores y, a manera de Ouija, platicar con ellos.
Para llegar al punto al que quiero llegar, y después de esa introducción, debo decir que yo utilizo la IA generativa para el 90% de mis actividades diarias. Esto se traduce desde decidir qué cocinar o resolver cosas de mi trabajo, hasta procesos más artísticos como la escritura, la investigación y la confrontación de ideas.
Y, aunque la mayoría de la gente tiene el odio hacia crear música, imágenes, o literatura con IA, o mejor dicho, asistida, a veces quisiera tener una conversación al respecto más profunda, más allá del prejuicio, pero no encuentro nunca receptor a mis ideas y discusiones, quizá por eso cada vez siento más lejana una conversación con alguien.
A lo que voy es que durante estos más de dos años que mi día a día es utilizar más y cada vez mejor la IA me he dado cuenta de que ha potencializado mi creatividad como nunca yo lo hubiera imaginado. Si Wittgenstein decía que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo, ahora creo que esa premisa está más que muerta, lo único que puede limitar mi mente, ya no es el lenguaje, sino cuando me termino mis créditos.
La IA me ha dado la posibilidad de crear tantas cosas que jamás imagine y sé tan bien como se puede trabajar creativamente con ella, que no solo me da gusto que Sierra haya dicho que su libro lo escribió con IA (aunque espero que haya sido asistido) porque pienso que la literatura del presente y del futuro se escribirá con IA, y no me malinterpreten, no creo que los post de Facebook escritos con AI sean literatura, sino que la IA nos permite escribir más allá de nuestra memoria y de nuestras capacidades, y de verdad hacer realidad nuestras ideas y nuestra creatividad.
Desde salir de la hoja en blanco, editar el texto, o incluso, que te dé ideas secuenciales de como seguir una narrativa, hasta proponerte ejercicios de escritura, confrontar tus ideas, tus ideales, tu manera de pensar (por que sí, la IA puede ser confrontativa, más que afirmativa de tus propios pensamientos) detectar errores secuenciales, hasta ayudarte a guiar investigaciones para tus propios textos, tareas que te ayuda, te sostiene pero jamás te sustituye, la IA en los textos será el futuro, porque el mundo que conocíamos y al que seguimos aferrados, un mundo sin IA ya no existe.
A mi parecer, las discusiones no deberían centrarse en a quién pertenece la autoría o si es ético utilizarla, sino en cómo convertir nuestras ideas en realidad y generar un pensamiento cada vez más propositivo, más expandible. Textos planos e intrascendentes se han escrito siempre, con o sin tecnología; el mercado está lleno de obras que abusan de la fórmula y del lugar común.
Hoy estamos frente a retos distintos y preguntas más urgentes: ¿Cómo editar? ¿Cómo promptear? ¿Cómo detonar ideas para desarrollarlas? ¿Cómo potenciar nuestra creatividad para seguir creando? Algo tan simple como ¿Cómo tener imaginación?
Cuando estoy trabajando en un texto asistido con IA en mi trabajo o en mi vida, hay momentos en los que tengo que parar, parar porque la IA me exige pensar más y mejor, parar porque me confronta con ideas que nunca había tenido, parar porque es tan inmensa, tan monstruosa, y al mismo tiempo tan creativa, que de verdad, hasta en Dios quisiera creer, para no sentirme tan ser una isla en medio de todo lo que puede salir de mi cerebro y ser creado con Inteligencia Artificial.
