JESÚS UGARTE VÁZQUEZ
Habrá sido segundo o tercero de secundaria; no recuerdo. Éramos muy jóvenes para pensar en cualquier cosa que no fuéramos nosotros. La escuela era la Secundaria 69 Martín V. González, a un costado de la delegación Iztacalco y dentro de la colonia Gabriel Ramos Millán, conocida también como Bramadero porque, antes de que el lugar se urbanizara tanto, era zona bueyes.
Llegaba yo a una secundaria pública después de seis años en una primaria privada en Paseos de Churubusco, con todas las comodidades que representaba vivir a dos minutos de la escuela. Mi realidad de niño mimado, ajena a todas las vicisitudes que me esperarían, se terminó cuando mi padre perdió el empleo en el periódico Reforma, luego de que el trabajo casi le quitara la vida: el estrés acumulado y un problema prostático severo fueron suficientes para avisarle que debía bajarle a su intensidad.
Pronto tuve que acoplarme. Estamos hablando de que, a punta de zapes, enfrentamientos, golpes, groserías —que nunca me hubiera atrevido a pronunciar— y demás salvajadas, fui amoldándome a esa nueva realidad de chavos de barrio que, creo yo, nunca me vieron lo suficientemente diferente como para aislarme.
Un buen día, el maestro Román de matemáticas daba su clase y lo andábamos sacando tanto de quicio que le fue imposible seguir. Nunca se me va a olvidar su imagen de desesperación. Era un hombre chaparro de unos cincuenta años, con bigote y un saco anticuado de esos que llevan parches en los codos. Estaba completamente rojo y le temblaba la boca, no sé si de rabia o de impotencia por no poder evitar que tomáramos el control absoluto de la clase. Me di cuenta de que estábamos llegando a un nuevo nivel con él porque el pizarrón, cuando borraba, quedaba mojado por el sudor de sus manos. Terminó su clase y escapó, después de haber contado los minutos para salir, con el rostro desencajado. Yo no sé si los demás lo vieron o sintieron algo por ese hombre.
Salimos del salón, ubicado en un tercer piso. El barandal daba a un patio grandísimo que terminaba en una barda que decía SEC. 69 Martín V. González. Desde ese lugar —que, como era habitual, utilizábamos de escupidera para que los de primer grado recibieran la viscosidad de nuestra saliva— se asomaba la alopécica cabeza del profesor Román, quien hablaba con nada menos que la directora. Todos lo pensamos; estoy seguro de que tú, paciente, pero no por eso inocente lector, lo piensas ahora. Pero no: no le dejamos caer el escupitajo, que hubiera sido, quizá, un resultado menos desastroso.
Lo que sucedió es que salió de la nada el líder de nuestra pandilla de rufianes: Vargas, con una torta a medio comer, con aguacate y con un extra de mayonesa que se desbordaba del pan. Con esa mitad —la que incluía los aderezos, la más viscosa— se propuso actuar sin darse más tiempo para pensarlo. Y ahí va el pan volando, con su cama de aguacate hass y mayonesa, cayendo y acercándose peligrosamente a la cabeza brillosa del maestro Román. ¡ZAZ! Todos lo vimos. La directora terminó salpicada de ese pan que cayó cual clavado de panzazo. Nadie vio nada.
La directora, enfurecida, castigó a todo el salón. Llegó como fiera a buscar al culpable. Pero éramos una cofradía blindada, pues un chivato habría sido probablemente crucificado a la salida. No recuerdo ni siquiera quién dirigió ese proyectil orgánico. Pero una cosa sigue muy presente en mi cabeza: desde la ventana del salón que daba a la calle, vimos salir al profesor Román, llorando. Sí, llorando: un hombre de cincuenta años al que llevamos al límite de la desesperación. Nunca supimos más de él.
Soy profesor de prepa en una escuela particular. Ni el más osado de mis alumnos se acerca a nada que yo no haya visto en aquellos años. Algunos de aquellos amigos hicieron cosas monstruosas después. Unos están muertos, otros presos. Casi ninguno terminó el bachillerato.
Hoy pensé en escribir sobre cómo tuve un mal día en clase: cómo preparé una presentación con esmero y cómo terminé con la desilusión de no haber sido escuchado. Pero luego vino este recuerdo.
Creo que, donde quiera que esté, maestro, todos le debemos una disculpa.
