DANIELA ALBARRÁN
Últimamente he convivido de manera muy cercana con personas que, a pesar de haber estudiado una licenciatura o de estar en el transcurso de ella, tienen una brecha cognitiva importante. Por ejemplo, hace poco uno de mis “estudiantes”, digámoslo así, me dijo que no se sabía las vocales y tampoco qué eran las consonantes. En primera instancia pensé que era broma y me empecé a reír; luego me di cuenta de que no, de que era verdad: el hombre no recordaba cuáles eran. También en una clase que di sobre IAgen, cuando a uno de estos estudiantes —a pesar de estar pagando una universidad donde les cobran más de 4 mil pesos al mes— le pedí que escribiera a mano un párrafo parafraseando una idea, me di cuenta de que no sabía escribir, no hilaba oraciones, se saltaba palabras. Ya ni me fijé en su ortografía al ver que ni siquiera podía estructurar su pensamiento en palabras escritas.
A partir de este hecho, me puse, en primera instancia, a cambiar mi lenguaje: ya no doy por hecho que mis estudiantes saben cosas que a mí me parecen “básicas”, como el alfabeto; y, en segunda, me puse a reflexionar sobre en qué momento la “escuela” les falló.
Me explico: sé que se puede pensar que es culpa de ellos no saber ciertas cosas, como el alfabeto, pero, si no saben que no saben, ¿cómo acaso se van a poner a investigar? Cuando salí de esas dos sesiones, sí, de primera mano pensé que no era posible que a su edad —una media entre 25 y 40 años— no supieran hilar una frase ni saber el alfabeto, pero también me puse a pensar que no era posible que el sistema les haya fallado de esa manera. Pues una persona que invierte quizá la mitad de su salario en aprender, por supuesto que quiere hacerlo; solo que sencillamente no tiene las bases para hacerlo.
Aunado a ello, las universidades privadas solo ven la educación como un negocio, no de una forma en la que realmente el estudiantado aprenda. Pero luego pensé: hilar un pensamiento requiere años de estudio que den las bases suficientes para poder escribir un párrafo. Y cuando me pongo frente a estas situaciones, no puedo dejar de pensar en la brecha que ellos viven y que estará aumentando con la IA, pues, si no saben escribir, ¿cómo van a solicitarle cosas a la IA? ¿O cómo van a tener imaginación para crear nuevas cosas o proponer soluciones? Finalmente, yo estaba frente a ese grupo para ayudarles a realizar actividades académicas y laborales con IAgen. Pero, si ellos mismos no pueden escribir, ¿cómo podrían lograrlo? Pasa algo muy similar en mi trabajo: veo muy de cerca la poca capacidad de conceptualización que tienen en general las personas y pienso que el país no está preparado para la vorágine que es la IAgen.
Esto me asusta a distintos niveles, porque la IAgen requiere quizá muchos privilegios epistémicos y cognitivos, pero el gran grueso de la población mexicana no los tiene y tampoco sabe que no los tiene. Es un tema estructural que es urgente resolver, porque, sí, creo que la SEP no preparó a los mexicanos para el cambio de paradigma que es la IA ni para los demás cambios tecnológicos que seguramente vendrán próximamente; y, con ello, aumentarán más las desigualdades socioeconómicas que, ya de por sí, golpean duramente a este país. En contrapunto, alguien siempre me dice: en México hay profesiones y ocupaciones que no necesitan la IA; en primera instancia podría yo pensar que es verdad, que hay ciertos sectores que no la van a utilizar, pero precisamente ese es el punto que hoy me aterra, que muchas personas no lo utilizarán y la brecha se hará cada vez más sangrante.
