El trabajo es la fuente de casi toda la miseria en el mundo. Casi todos los males que puedas mencionar provienen del trabajo, o de vivir en un mundo diseñado para el trabajo. Para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar.
Bob Black
JESÚS UGARTE
Dejémonos de tonterías. Nadie quiere trabajar. Nadie en su sano juicio quiere trabajar ocho horas para alguien más. Dejémonos de decirnos que el trabajo “dignifica”, cuando los únicos que viven dignamente (más que dignamente) son otros.
Los lemas son un asunto delicado, y más importante de lo que parece. Revísese dondequiera que haya un lema y se verá pronto el grado de puesta en escena al que se ha llegado para garantizar la resignación y la etiqueta. Póngase después de madre la palabra “abnegada”, dígase a los profesores que son “los forjadores de un nuevo futuro”, lléguese a la conclusión de que para ser madre no hace falta que se le pague ni un quinto, sino que se le cante en un patio de primaria “Mamá, hoy quiero decir te amo”, y se felicite al profesor con una constancia —un reconocimiento por su dedicación y su esfuerzo— impresa en papel opalina. Mírense con atención los lemas: la realidad suele ser lo contrario de lo que dicen. Ahí está “Iztapalapa, orgullo de la Transformación”: la alcaldía sigue con los mismos problemas de siempre y el agua es una verdadera porquería.
Como chilango radicado ahora en Zacatecas puedo decir que su lema cumple con lo antes dicho: “El trabajo todo lo vence”, tomado de Virgilio, a conveniencia, para exaltar la virtud del trabajo.
Pero el verso de las Geórgicas (I, 145-146) dice más que el lema: labor omnia vicit / improbus, et duris urgens in rebus egestas. El lema conserva el trabajo y se deshace del resto: lo que lo vence todo es el trabajo improbus —ímprobo, desmedido y, en su origen latino, también desvergonzado, indecente— junto con la necesidad (egestas) que aprieta en los tiempos duros. Ya no es el amor, como en la égloga, sino el trabajo, y no el trabajo noble, sino el que se impone por penuria.
No se malentienda: el trabajo es, necesariamente, el trabajo bajo explotación (o autoexplotación) del hombre por el hombre. La figura da igual —empleado, freelancer, asalariado o asimilado a salario—: póngasele el nombre y el apellido que se quiera.
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Llego al centro de Zacatecas a las ocho de la mañana y todo está cerrado. Acostumbrado a que las cafeterías abran en Ciudad de México a las ocho y a que los vendedores ambulantes vayan paseando con sus carros de pan, cuernitos, tortas y Nescafé por Reforma, con las lagañas todavía pegadas. Acostumbrado a que el metro comience a funcionar desde las cinco de la mañana, hora en que las puertas de entrada de las estaciones ya están concurridas y la gente entra corriendo para viajar durante varias horas hasta llegar a la oficina. Acostumbrado, además, a la constancia de los negocios, a ver siempre abiertas las mismas franquicias y los mismos negocios familiares que ya son tradición: las auténticas Tortas Luis de Ciudad Deportiva, la icónica taquería Los Parados, la birria de La Polar, el atascadero de mariscos de La Viga, el pan fresco de La Ideal y la calle para glotones Lorenzo Boturini, por nombrar algunas. En cambio, en Zacatecas sucede una realidad distinta: los negocios quiebran, la gente se va. En poco tiempo he visto desaparecer, de la noche a la mañana, al menos cinco negocios del centro. Debajo de donde vivo, un nuevo negocio quiere abrir y nomás no puede empezar. Es un negocio de malteadas y postres que se anuncia con una lona ahora maltratada por las lluvias. Ah, pero “el trabajo todo lo vence”. La realidad es que ni trabajo ni vencedores hay.
O tal vez sí. Lejos de esa realidad tumultuosa a la que estoy tan acostumbrado (y que, a decir verdad, me tenía sumamente agotado), un señor de unos setenta años se sentó un día en la banqueta de donde vivo. Lo bauticé Goitia, para uso personal, por su aspecto al artista que siempre se me ha figurado al de un profeta. Con el rostro sereno, relajado, me observaba mientras yo regresaba de pasear a mis perros y, con una sonrisa, me dijo:
—Vaya a pasearlos al cerro, está muy bonito a mediodía salir a caminar para allá.
A eso le siguieron un par de anécdotas de sus paseos con quien había sido su perro durante muchos años, al que siempre sacaba hasta el cerro sin correa, sin nada. Yo, en cambio, los llevaba con correa, con su ropa para el frío y cargando mi portabolsitas para recoger sus heces.
—Ahora voy solo para allá —me dijo—. Ya no hay quien me acompañe. Mi familia murió o se fueron lejos de aquí, para México; les dije: ¿qué vas a hacer tú para allá, si aquí tenemos todo?, pero no me escucharon. Voy temprano a comer tunas, todo nos lo da la tierra, nada me ha faltado nunca. Bendito sea Dios. Bajo del cerro y me siento así, como ahorita, y veo a la gente, así como a ti, y me pregunto por su vida. Siempre me he sentido extraño, verdad de Dios, desde morrillo. Qué se le va a hacer. Soy feliz.
Lo escuché con atención, le ofrecí un vaso de agua y, cada cierto tiempo, lo veo cerca de un parque junto a las vías del tren. Acaricia a los perritos. Platica largas horas con un ranchero que lleva la camioneta repleta de tunas y unos vasitos de tunas ya peladas, listas para comer. Y yo no puedo sino quedar fascinado. Qué vida, qué ritmo, qué parsimonia envidiable, y qué lejos me siento de una vida así; ahora, al vivir aquí, un poco menos.
Por mucho tiempo, el centralismo —no sólo en México, sino en buena parte del mundo— convirtió lo provinciano en una categoría peyorativa. Durante décadas se repitió la frase “fuera de México todo es Cuautitlán” o se encasillaba como “provincianos”, con condescendencia, a los habitantes de los estados, bajo el supuesto de que se asombrarían ante la tecnología o el ritmo de la gran ciudad. Hoy, sin embargo, se habla de parar las máquinas, de vivir más relajados, de asumir como postura de resistencia el descenso de nuestras actividades productivas (o reproductivas) en favor de la salud mental. Ya lo decía Monsiváis: “Incursionar en el Metro a las horas pico es nocivo para los ideales del avance personal en tiempos de crisis”. Y yo creo que es cierto. Sólo aquí, bajo una presión distinta de aquella a la que estaba habituado, he podido sentir que tengo tiempo para pensar, para reflexionar; quizá no tanto como Goitia, pero sí lo suficiente para llevar a cabo mis proyectos creativos. El trabajo a todos nos vence: nos agota, nos cansa, y veinte años de nuestra vida se nos van volando entre solicitudes, oficinas, honorarios, bajos salarios y falta de prestaciones. No lo sé: hay algo en todo esto, entre Goitia y estos tiempos, que me hace pensar que la vida está en otra parte.
