JESÚS UGARTE
«Y en otras noticias…
La Secretaría de Salud prohibió desde ayer el uso de eritrosina, también conocida como Rojo 14 o Rojo 3, en alimentos, bebidas y suplementos.
La decisión se tomó tras un análisis de riesgo realizado por Cofepris junto con instituciones de investigación en salud.
Este colorante, común en productos ultraprocesados, ha sido vinculado con hiperactividad, problemas neuroconductuales, inflamación del colon y posible riesgo cancerígeno.
Si sospecha de algún producto, estimado televidente, no dude en revisar su a-la-ce-na…»
Antes de conocer a Coa, tomaba cualquier cosa de los estantes del supermercado. Tenía el mal hábito de comprar por impulso, dejarme llevar por las ofertas y fijarme solo en los rótulos. Un día me mostró que el queso que compraba era falso.
—Mira, dice «tipo manchego» —me decía, mientras señalaba las pequeñas letras de la etiqueta.
Sentí terror al descubrir que la leche no era un producto inocuo en muchas marcas y que el huevo de gallina feliz era mucho más caro que el de las gallinas que viven en un campo de concentración.
—Nos engañan con tanta publicidad, y así terminamos comiendo almidón —decía Coa mientras metíamos en el carrito huevo orgánico, crema orgánica, cereal sin azúcar, queso real y cacao puro.
Comprando así, uno termina gastando el doble. Adelgacé y, junto a mí, mi cartera, al punto de tener que pellizcarle a mis ahorros. Comer bien, o mejor dicho, comer normal, se estaba convirtiendo en un verdadero drama financiero que casi me hizo volver al queso de dudosa procedencia. Necesitaba un nuevo trabajo.
En ese entonces, vivía bajo la premisa de Bolaño: trabajar de lo que fuera que me permitiera escribir.
Había pasado varios años haciendo reseñas de libros infantiles en una editorial que me pagaba lo suficiente para sobrevivir. Sabía que era un camino intrincado —siempre lo supe—, pero nunca imaginé que encima tendría que protegerme de los pesticidas, los microplásticos y la carne con antibióticos.
Yo quería morir, en todo caso, como los grandes escritores: haciéndome el harakiri, como Mishima; en batalla, como Martí; ingiriendo un puño de somníferos, como Pavese; o en un accidente, como Ibargüengoitia. En cambio, estaba más cerca de morir por culpa de una lechuga infectada o por el agua color tamarindo que salía de la llave, cargada de metales pesados y otros químicos. Todo comenzaba a ser sospechoso.
Conseguí un trabajo de copywriter en una agencia de publicidad. La idea era promocionar viviendas que nadie en su sano juicio compraría, pero que, con la debida redacción, se transformaran en bellas casas de verano o inversiones a largo plazo. Casas abandonadas, casas en obra negra, casas que estaban hasta la chingada de lejos. Usaba frases como: «Escapa del tedio de la ciudad y descansa como te mereces», «Remodela como siempre quisiste la casa de tus sueños», «Invierte hoy y gana mañana con grandes rendimientos» o «Plusvalía y satisfacción aseguradas».
Andaba escribiendo sobre una casa a la que le habían improvisado un gallinero en la azotea cuando se me ocurrió algo que no debí pensar nunca, pero que en mi cabeza tuvo mucho sentido. Así fue como me hice de una gallina para tener huevos en casa y garantizar que fueran de calidad. Como quería obtener el mejor huevo posible, la alimentaba con brócoli, zanahoria, lechuga y otras verduras. Incluso —y esto me costó la burla de los vecinos— diseñé una correa especial que sujetaba su cuerpo para poder sacarla a pasear al parque. ¡Hombre! Si a las vacas en Japón les dan masajes y en España a los cerdos les dan bellotas, ¿por qué no iba yo a consentir a mi gallina?
Al principio fue extraño acostumbrarse. Los perros, transparentes como niños, advertían la singularidad del hecho y se abalanzaban para olisquearla. Pero no fueron ellos quienes más inquietaron a la gallina, sino las palomas: esas ratas voladoras que en otro tiempo fueron mensajeras y ahora resultan una plaga. Ante ellas, el ave de corral abría las alas y amenazaba con una dignidad casi pedante.
El problema fue que, como vivo en un departamento pequeño, los olores se hacían notar desde temprano. Y ni qué decir del molesto cacareo.
Coa se había enfadado conmigo. Quería a la gallina fuera de la casa.
—Tú me metiste en esto y ahora quieres que desista —le dije.
—Pero no para que compraras una gallina. Con tu nuevo sueldo podemos comprar huevos orgánicos sin problema —respondía, tapándose la nariz mientras miraba a la gallina pasearse libremente por los sillones.
—No confío en ninguna marca. Tener a la gallina aquí es una garantía. No puedo botarla así nomás. Ya tiene nombre. Se llama Pintita.
—Ya ni la chingas.
Cansada del olor, Coa se fue con su madre, no sin antes advertirme que, si en una semana el lugar no estaba limpio y sin la gallina, nunca más regresaría.
El segundo error fue la forma en la que me deshice de la gallina. Lo más sensato hubiera sido llevarla con alguien que supiera matarla y desplumarla para hacer un buen caldo. Pero no, tenía que hacerlo yo, porque ¿qué habría pensado mi abuelo, que era experto en matar de un tirón de pescuezo a las gallinas?
Hablé un rato con la Pintita, agradecí los huevos que me dio y lloré un poco. Cuando intenté agarrarla del pescuezo, me dio un picotazo. Al intentar de nuevo, otro picotazo. La sujeté del cuerpo, pero otra vez, picotazo. Empezaba a darme miedo la Pintita y esos ojos negros que me hacían saber que no sería fácil matarla. «Te fallé, abuelo», pensé.
Tomé un cuchillo grande, imaginando que de un tajo certero la decapitaría. Lo afilé bien y me acerqué con sigilo. Pero el animal sabía lo que tenía en mente. Comenzó a brincar y correr, y yo gritaba:
—¡No te muevas, Pintita!
La alcancé y le rocé un ala.
—Perdón, Pintita —y seguí corriendo detrás de ella.
Le di en una pata, le moché un dedo, acerté en la pechuga, le cercené una pierna y, finalmente, la decapité. Quedó hecho un sangrerío. Mi orgullo me había llevado a un lugar incierto: no saber qué hacer con el cadáver. Salí a la calle con el bulto en una bolsa y dos perros que jugaban en un lote baldío terminaron el trabajo.
«—Pásele, güerito, no se haga de la boca chiquita. Pásele, que sí hay con huevera, pechuga, rabadilla, pierna, muslo y su arroz. Tenemos agua de horchata, jamaica y tepache. ¿De qué le damos? ¿Bolillitos o tortillas hechas a mano?»
—Chingue a su madre —dije—. Ojos que no ven…
Coa aceptó regresar después de que le dijera que todo estaba en orden. Pasé a recogerla en el coche.
—¿A que no adivinas qué hice de comer? —le pregunté mientras íbamos rumbo al departamento.
Llegamos. Todo estaba limpio y, sobre la estufa, humeaba un caldo de gallina con arroz y garbanzos.
—¿Tú lo hiciste? —preguntó, sorprendida.
—Así es —respondí.
Jamás dudó de mis habilidades culinarias.
