JESÚS UGARTE
Estoy incursionando en una investigación encubierta en la escuela en la que trabajo dando clases a chicos de bachillerato. El pretexto es simple: doy la clase de Laboratorio de investigación tres horas por semana y uso como ejemplo los propios resultados que de ellos recojo. El tema son los hábitos de lectura, tema por demás utilizado, pero no por eso menos interesante. Las preguntas, orientadas a una respuesta concisa y con opciones múltiples que incluyen la opción escapatoria «ninguna de las anteriores» u «otra», las diseñé para una respuesta rápida (siempre me persigue el demonio de no hacer aburrida la clase como una amenaza que me respira en el cuello cuando me enfrento a esas miradas de tedio). Una de las pocas preguntas abiertas era: «Describe brevemente una experiencia reciente en la que un libro te haya interesado mucho o te haya hecho perder el interés por la lectura. ¿Qué ocurrió?». A esta le sucedieron varias respuestas de «Nada», un «N/A» y, al fondo de la lista, algunas que arrojaban un poco de luz para conocer algunos títulos que incluyeron Hábitos atómicos y Frankenstein; uno en particular escribió: «empecé a leer el Aleph pero usaba palabras que no entendía».
Una respuesta que despertó mí solidaridad, pues hace ya varios meses, en clase de maestría con Gonzalo Lizardo, quedé como responsable de la lectura de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Incumplí la misión encomendada, quizá por las razones que el propio alumno expresó en este cuestionario. Quiero decir, empecé a leer el cuento, predispuesto —como siempre me pasa con Borges— a estos malabares lingüísticos y a su amor por la lengua inglesa, que no termina por convencerme y que siempre me recuerda a un «cheto», como dicen los argentinos, escribiendo para escritores, para la validación de los escritores, para que los escritores hablen de él como el gran escritor entre los escritores, etc. Tengo que decir que estas impresiones mías parten de un prejuicio, de un sentimiento o una predilección por escritores de otro tipo: del otro lado de la moneda, Roberto Arlt —en un libro que recientemente adquirí, El resorte secreto— me ha regalado momentos de humor, atención y concordia. Pero resulta que me leí, apenas hace unos días, el famoso Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, hice la tarea proscrita mas no olvidada y me concentré en la tarea ajedrecística —o laberíntica— de ubicarme bien en el espacio, de percibir la situación a detalle. Pausadamente, sin prisa, me avoqué a leer y releer los renglones y empezaba a sacar conclusiones a cada paso —situación que me parece un mal hábito, pues a veces mi mente actúa como el tipo de persona que quiere siempre completar la frase de su interlocutor cuando aún no termina de hablar.
Bueno, total, ¿Tlön es una posibilidad habitable? Me queda claro que una «irresponsable licencia de la imaginación» de esa magnitud obedece a su vez a un delimitado asunto intelectual de nuestro contexto que obliga al lector a detenerse ante un imaginario plausible. Vi una luna en el relato de Borges y vi a su vez las posibilidades de jugar con las cosas sin que se sostuvieran en sustantivos. Jugué con la idea un buen rato. Pensé en los hrönir como la vida misma de la lectura que empieza —como una campana de Gauss— con un ciclo de inexperiencia o de impurezas propias del primer lector de una generación que ve nacer por primera vez algo extraño de un texto que, en el ejercicio continuo de elucubraciones cada vez más retorcidas, del «borrón y cuenta nueva» que nunca es un borrón total ni nunca una cuenta nueva, va llegando al undécimo lector de ojos atentos, que sintoniza el texto con las antenas de su cordura o de su imaginación atenta; llega a esa generación, incluso, que no es que sepa entender sino que sabe sentir de una forma particular ese texto. Texto que queda, con el tiempo, recluido y, quizá, se transforma en una lectura de duodécimo grado, es decir, decae. El ur —en este juego imaginativo que me he creado— es el caso sumamente extraño del desentierro de un texto antes olvidado. Un azar, una esperanza. Alguien que, como Borges y Bioy, quiere encontrar algo y se empeña en hallarlo. La cosa surge no solo por el empeño de un ejercicio antropológico sino por el mismo acto de quererlo —como en ese mundo idealizado e idealista que es Tlön — en un paquete que convenientemente deja un fallecido Herbert Ashe. No sé, a veces puede que pasen estas cosas; mejor dicho, estas cosas pasan sin que alguien precisamente las «manifieste» (me divertí pensando que un mundo como Tlön sería el deleite para esas mentes mágicas que se comunican con el universo).
Todo esto para decir: maestro, sí hice la tarea.
