¿Qué es una Fragata portuguesa? Me pregunto antes de abrir siquiera el libro y el viaje apenas está comenzando. El nombre me remite sin certezas a la frescura, al viento marítimo que acompaña las páginas aderezadas de saudade, excepcional y precioso vocablo que remite al dulce acto de extrañar que no poseemos en nuestra lengua materna. Será acaso que cada libro que llega a nuestras manos está sostenido por los versos que ya circulan en nuestro cuerpo, será acaso que un fragmento sentencioso me sirvió de compás magnético para iniciar la ida, el regreso o la permanencia: “Hay palabras que circulan/ por un sistema neurológico/ de olvido acumulado”, afirma en letras contundentes, pero sutiles, apenas pequeñas en medio del abismal blanco de la portada. ¿Son aquellos tres versos una profecía de lo que se avecina? ¿Es el olvido acumulado un motivo para repasar las sílabas que componen nuestra existencia? Son las palabras las que circulan y qué otra cosa podrían hacer las fugitivas, vitales, necesarias.
El mar del libro no es una metáfora extendida, sino un cuerpo vivo: avanza, retrocede, arrastra y devuelve. Los poemas de Laura Elena González son oleajes. Algunos llegan suaves, como una lengua que acaricia los tobillos de quienes caminan sobre la arena, y otros golpean con la fuerza de lo ineludible, obligando a contener el aliento para no sucumbir al ahogo tras recibir una y otra estocada, con el agua revuelta debajo y encima, quemando la nariz y tráquea. Así se revela la lectura: una travesía, un naufragio voluntario, donde la voz es mar, fragata, oleaje y también silencio.
El poemario está dividido en cuatro apartados —I. Abrázame en caso de incendio, II. Recuerdo magia, III. En un circuito y IV. Fragata portuguesa—, y en cada uno la autora fondea en distintos puertos de la experiencia: el erotismo, la memoria, el tiempo, la mutación del cuerpo y el resplandor de lo cotidiano. La fuerza erótica atraviesa los versos, pero no desde lo explícito o lo meramente físico, sino como el pulso mismo que sostiene a dos amantes en el mundo, un vaivén de respiraciones y gestos que encuentra en la sencillez de la vida diaria su mayor luminosidad.
En estos poemas, la intimidad es una hamaca que oscila en una habitación iluminada: un espacio sin temor, donde el amor no es refugio ni promesa, sino certeza continua. Esa certeza se vive en el roce, en la palabra compartida, en los silencios que también dicen. La escritura de Laura Elena González se alimenta de este ritmo, como si la lengua del poema imitara el movimiento pendular de esa hamaca, de esas olas, recordándonos que la poesía también se balancea entre el decir y el callar.
Lo científico aparece aquí no como ornamento, sino como estructura que sostiene y ordena. Las imágenes de circuitos, sistemas y procesos biológicos se entrelazan con los afectos, y se convierten en anclas que permiten al poema navegar con precisión. De pronto, un verso es filamento nervioso, otro es reacción química, otro es onda electromagnética: todo puesto al servicio de aquella sed en la que “arrastramos el desierto”.
La memoria también recorre estas páginas. No es la memoria solemne ni la que paraliza, sino la que permite sobrevivir al tiempo. Si el tiempo fuera una corriente marina, los poemas aquí nos abrazan en medio de esa carabela incendiada: no lo entienden como amenaza, sino como tregua: un espacio donde el hoy puede nacer con la intensidad de lo irrepetible. Así, cada poema es un conjuro que nos libra de la muerte verdadera: el olvido. Y si olvidar es hundirse, escribir es emerger para respirar.
Hay en el libro versos que funcionan como brújulas, como si fueran declaratorias de un modo de estar en el mundo. “Somos una pequeña tribu/ Figuras que avanzan por el paisaje/ con una tarea// Alguien debe buscar afinidad con el mar/ aprender a vagar al ritmo de las olas/ golpear una y otra vez la orilla/ salir al aire// Me disuelvo y soy sal.”
En estos versos late una visión comunitaria de la existencia: no estamos solos, caminamos en tribu, aunque sea una tribu de dos, avanzamos como errantes, pero juntos. La disolución en el mar no es pérdida, es integración: volvernos sal, volvernos parte de un todo mayor, abrazar la marea como destino compartido.
La poesía de Laura Elena González está atravesada por esa tensión entre cuerpo e inmensidad. Hay un tú, un amante, una intimidad que se despliega en gestos mínimos; pero hay también un horizonte más amplio que nos recuerda que todo lo íntimo está ligado a lo colectivo y lo universal. El mar es metáfora y realidad, límite y posibilidad, escenario de mutaciones que transforman tanto el cuerpo como la palabra.
Leer Fragata portuguesa, la poesía y el mar es dejarse arrastrar por un oleaje luminoso, donde el dolor de la memoria se suaviza en la caricia de la palabra, y donde el amor se asume como fuerza capaz de sostener la vida cotidiana y transformarla en un espacio de revelación. No hay temor en estos poemas: hay entrega. No hay naufragio: hay flotación compartida.
La mutación, en este universo poético, no se presenta como pérdida, sino como tránsito natural hacia nuevas formas de estar. Y el cierre del libro lo confirma, cuando confiesa la transformación definitiva:
“una luminosa oscuridad con sabor a whisky nos envuelve, me ha crecido una burbuja-vela en la espalda que me ayuda a flotar, somos cada vez más jóvenes, estamos en fuga.”
Todos, querida Laura Elena, estamos en fuga de alguna manera.
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero
