ALICIA GARCÍA
Este texto lo escribo desde un enfoque más personal, algo más catártico y visceral, diferente a lo que anteriormente he escrito aquí; a manera de tratar de entender, por medio de cada palabra, lo que siento y de superar o —dado el carácter del texto— de dignificar mis sentimientos tras un vínculo sexoafectivo que me dejó pensando: “¿Qué chingados acaba de pasar?”
Un vínculo que, por lo menos para mí, fue significativo y muy confuso. Este texto lo escribo desde la rabia que ese tipo de vínculos suelen dejar tras su estela de incertidumbre. Esa estela que persigue a aquellxs que no son capaces de comunicarse de una manera honesta, porque en la honestidad también habita el amor. Aunque a veces la verdad pueda ser dolorosa, siempre me he creído más capaz de afrontar una verdad dolorosa que una mentira confitada con aquello que me gustaría escuchar.
Este texto también nace desde esa necesidad humana de sentir que no estoy sola: ese sentimiento que, a lo largo de mi vida, solamente ha sido satisfecho a través de la acción de escuchar música, de sentir que alguien, en alguna parte del mundo, es capaz de performear todo aquello que muchas veces a mí me cuesta mucho trabajo nombrar.
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¿Perdonar para… avanzar?
El perdón se nos suele vender como un acto redentor, catártico y transformador, casi místico. “Perdona, suelta para avanzar.” “El perdón no es para ellxs, es para ti.” Frases que muchas veces he tratado de internalizar, me las repito como un mantra que mágicamente me liberará de todo eso que hierve la sangre.
Tenemos la creencia errónea de que si no hay perdón, por ende, existe rencor. Sin embargo, creo personalmente que la ausencia del perdón no tiene que ser inherente a que exista rencor. Más bien, creo que muchas veces no se puede otorgar un perdón porque no se puede dejar de sentir, porque no se puede olvidar el daño real o psicológico que se causó. Y eso tampoco está ligado al odio, sino a la dignificación de la rabia, de la tristeza, de sentirnos ultrajadxs, violentadxs y desechadxs.
Muchas veces el perdón, lejos de liberar, parece ser una especie de condena; un peso que, lejos de ser liberador, es un verdugo moral. A veces, perdonar no libera: invalida, calla y revictimiza.
Hay veces que el perdón no cabe en los sentimientos de rabia y frustración. No porque se sienta rencor u odio, sino porque la indignación es tanta que no podemos simplemente voltearnos cuando se ha pasado tan cruelmente por encima de nosotrxs, de nuestros valores, sentimientos, sueños, de nuestra honestidad.
¿Cómo no sentir enojo cuando abriste las puertas de tu vida a alguien que simplemente entró a hacer un desastre, se marchó con pedazos tuyos y te dejó incompletx?
¿Cómo no sentir personal el hecho de que me quise ir y me sostuvieron como sostienen las personas que aman, solo para darme cuenta de que cuando decidí quedarme no había nada?
¿Cómo no indignarse cuando se miente y se manipula la narrativa para culpabilizar a quien sólo busca respuestas?
¿Y si aún necesito sentir al límite que me rompieron?
¿Y si no me interesa reconciliarme con lo que me lastimó?
Cave no propone el resentimiento, propone la libertad.
No dice “no perdones”, dice que no hace falta.
Y al decirlo, me sentí libre de intentar comprender sin tener que justificar.
Libre de sentir sin tener que ofrecerle al otro una redención que no merece, que no está pidiendo.
No hay necesidad de perdonar.
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Push the Sky Away: el arte de no entender, pero sentirlo todo
Push the Sky Away no es un álbum que uno escuche por accidente. Es un disco que te espera. Que te habla cuando todo se cayó y ya no quedan los ruidos habituales para tapar lo que duele.
A diferencia de los trabajos anteriores de Nick Cave, cargados de guitarras ásperas o dramatismo barroco, este disco se mueve como un río lento, silencioso, oscuro.
Hay un minimalismo emocional y sonoro que se siente como estar parada frente a un espejo sin luz: te ves sin verte, y sin embargo sabes que estás ahí. Todo está suspendido. Las canciones flotan, como si fueran recuerdos que no quieren irse. Y para mí, escuchar este álbum en medio de una ruptura fue como si alguien—alguien lúcido, sombrío y extrañamente tierno—me susurrara lo que ni yo sabía que estaba sintiendo.
Había escuchado a Nick Cave and the Bad Seeds un par de veces antes de esto y, aunque ya me parecía muy bueno, no fue hasta que escuché Push the Sky Away que entendí toda la euforia alrededor de este ícono. Me propuse escucharlo porque compré un libro sobre él, llamado Más extraño que la bondad.
Empecé por una canción que me susurró un mantra que sentí liberador, que sentí como si alguien me afirmara que no necesitaba perdonar, que no necesitaba “cierres dignos” y que todo ese dolor que siento es válido. We No Who U R me hipnotizó al mismo tiempo que me abrazaba y me empoderaba de una manera melancólica y poética.
“And there’s no need to forgive.”
Esa línea me abrió una grieta hermosa: no tengo que perdonar. No tengo que demostrar que soy “la mejor versión de mí”. No necesito cerrar los ojos para seguir.
Reconocer lo que pasó, quedarme con lo que duele y no convertirlo en cuento moral: eso también es avanzar.
Y esa canción —en su lentitud, en su elegancia sombría— me ofreció eso.
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Jubilee Street: la mujer que transforma
Luego llegó Jubilee Street. Me sentí tan identificada con Bee.
Jubilee Street es otra cosa: es movimiento, es redención, es la posibilidad de cambiar. La canción crece como una espiral, con cuerdas que se suman, con una batería que se desenvuelve lentamente hasta volverse apoteósica. Una especie de transfiguración que solo ocurre cuando pasaste antes por la oscuridad, cuando tuviste el valor de no perdonar y de quedarte ahí, latiendo en lo roto.
Porque Bee tiene que sanar en el mismo lugar donde le hicieron daño.
No es víctima, pero tampoco redentora. Es alguien que dejó marca.
Y yo me vi ahí.
En la mujer que no grita, pero transforma.
En la mujer que el otro recuerda cuando ya es tarde.
En la que puso amor donde no había nada, y luego se volvió una sombra en la memoria de alguien más.
Bee, al igual que yo, está harta de gente que no practica todo eso que predica.
Y siente amor en su estómago y simultáneamente siente dolor.
Esa estrofa, creo, describe perfectamente el sentimiento con el que unx se queda después de no ser correspondidx, después de sentirse traicionadx.
“I’m transforming, I’m vibrating, I’m glowing, I’m flying, look at me now.”
Repite Nick Cave con una voz que más que cantar, parece estar reiterando, casi gritando.
Y esa transformación sólo ocurre cuando pasaste antes por la oscuridad, cuando tuviste el valor de no perdonar, y de quedarte ahí, latiendo en lo roto.
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Higgs Boson Blues: la confusión como lenguaje
Otra de las canciones que me marcaron en este disco fue Higgs Boson Blues. Es una especie de viaje sin dirección. Una carretera mental donde se mezclan íconos culturales, la física cuántica, el diablo y las ruinas.
Es una canción sobre ese punto donde todo parece perder sentido.
Donde ni siquiera entender el universo te salva del vacío.
Una canción que dramatizaba perfectamente todas las dudas que sentía —y que a veces, aún siento—.
Toda la confusión. Todas las preguntas que nunca tendrán respuesta (y que no necesitamos que la tengan).
Higgs Boson Blues fue todo eso para mí.
Y ahí, con los ojos llenos de lágrimas, tiradx en la cama, me vi:
Queriendo comprender, buscando señales, intentando nombrar algo que no se deja nombrar.
O como quien sigue avanzando solo para no tener que detenerse a sentir.
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Push the Sky Away: seguir empujando
Por último, y como un acto liberador y catártico, llegó la canción que pone nombre a este álbum.
Push the Sky Away lo cierra de forma suave, casi susurrada. Y sin embargo, es profundamente poderosa.
Es la imagen de alguien que empuja el cielo para que no se caiga. Sin lógica. Sin promesa de éxito.
Solo porque no hay otra opción. Porque todo sigue. Todo avanza.
Y aun con toda esa confusión, rabia y tristeza, tenemos que seguir empujando.
“If your friends think that you should do it different…
And if they think that you should do it the same…
You’ve got to just keep on pushing and…
Push the sky away.”
Es una canción sobre seguir, aunque no sepas a dónde.
Sobre sostener tu mundo aunque esté temblando.
Sobre hacer lo que necesitas, aunque nadie lo entienda.
Y yo me sentí ahí también.
En el acto íntimo y solitario de seguir de pie.
De empujar el cielo aunque nadie más lo vea inclinarse.
De resistir con dulzura, con miedo, con dignidad.
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Epílogo
Escuchar Push the Sky Away fue como dejar de buscar respuestas y empezar a escuchar mis propias preguntas, para darme cuenta de que no valía la pena insistir. Que lo único que sabía, es lo que esa persona —con sus actos— me demostró.
We No Who U R me dio permiso para no perdonar.
Jubilee Street me devolvió la dignidad de la mujer que ama, sostiene y transforma aunque nadie le dé el crédito.
Higgs Boson Blues me recordó que ni el amor ni el universo se pueden entender del todo, y que eso también está bien.
Push the Sky Away no me salvó. No me prometió que iba a estar bien.
Pero me acompañó. Y me dijo que a pesar del dolor y de la confusión, tenía que seguir empujando, aunque nada fuera certero.
Nick Cave no canta para cerrar heridas. Canta para acompañarlas.
Y a veces, eso es exactamente lo que una necesita.