Reseña de La desaparición de los rituales, de Byung-Chul Han
DANIELA ALBARRÁN
Hace algunos años me obsesioné con el estudio del mito; me refiero a su función en la sociedad y a cómo éste se relaciona con la historia de las religiones. Me gustaba la idea de que todo lo que conocemos está conformado por mitos y de cómo, a través de éstos, nos explicamos el mundo y nuestra relación con él.
Recientemente terminé de leer el libro La desaparición de los rituales, del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, y me hizo pensar muchas cosas que me gustaría compartir aquí. Hace quince días, en esta columna, hablé sobre lo tragicómico de los funerales. Sigo pensando que lo son, pero ahora tengo otra perspectiva: los funerales son una forma de que el duelo sea compartido. Según Han, “[…] en el rito funerario el duelo representa un sentimiento objetivo, un sentimiento colectivo”. Y hacia allá voy, hacia la colectividad.
El mito per se es un descubrimiento colectivo que da sentido a nuestras acciones y a nuestra vida. Los ritos funerarios, las bodas, los cumpleaños, se celebran con una fiesta porque forman parte del rito. Son estas ceremonias las que nos permiten sostener nuestra existencia y dar validez a nuestras acciones y pensamientos.
Sin embargo, vivimos en una época en la que cada vez hay menos tiempo para la ritualidad. No soy religiosa, aunque me gustaría serlo, y me pregunto: ¿cuándo fue la última vez que asistimos a misa, por cualquier motivo? Hace unas semanas falleció mi abuela y fui un par de veces a los rosarios, que justamente son parte de este rito funerario de finalización. Puse mucha atención al rezo, a la repetición de ese cántico, y ahora me doy cuenta de que tiene todo el sentido, porque, como dice Han, “las repeticiones dan estabilidad a la vida. Su rasgo esencial es su capacidad para instalarnos en un hogar”. Cuando leí esa línea, mi corazón explotó de emoción: ¡qué belleza! La repetición es lo que nos da un hogar, nos da estabilidad.
Pienso en aprender a rezar el rosario como una forma de repetición, de concentración, de mantener una conciencia plena en un momento preciso. Pero más allá de eso, pienso en la cotidianidad de nuestra vida. Pareciera que cada vez estamos más tentados a abandonar esa cotidianidad para lanzarnos a explorar los múltiples estímulos que nos ofrece internet. Sin embargo, hoy esa misma cotidianidad se refleja en un sistema de pensamiento que nos instaura en la repetición de los rituales personales de cada día: la rutina.
Incluso rutina y rituales tienen un sonido parecido. ¡Qué hermoso es el lenguaje, verdaderamente! Pero escuchen esto: “Los rituales se pueden definir como técnicas simbólicas de instalación en un hogar. Transforman el estar en casa […] ordenan el tiempo, lo acondicionan”. Esto me parece valiosísimo en este mundo en el que vamos por la vida sin pensar, en el que este sistema voraz nos ha arrebatado la posibilidad de contemplar la nada. Como bien dice Cristian Castro, “hacer nada” (premisa que también recalca Byung-Chul Han en Vida contemplativa, aunque ese ya es otro tema). Pues este “hacer nada” se relaciona con no estar produciendo; pero en el sistema en que vivimos, no se nos permite esa improductividad. Y solo el silencio, y el estar “haciendo nada”, nos puede permitir realizar rituales, rezar el rosario si se quiere, meditar. Estar en silencio.
Tal vez, regresar a los rituales, aunque sea los cotidianos, sea la forma más humana de encontrar un hogar, dentro de nosotros y dentro de la colectividad.
