Día 6324 del año cero.
Diario de campo.
OSCAR ROMERO MERCADO
El calor aumentó rápidamente en los últimos días de la era vieja. No queda rastro ya de aquel olor húmedo y frío que traía el viento por las mañanas; o del petricor al caer las primeras gotas de lluvia sobre la tierra; en su lugar, sobre las fosas nasales se mantiene sólo el olor seco y polvoso de la muerte. Aire denso, tan espeso que al estirar la mano pareciese que se pudiera tocar. Las llamadas de alerta que circularon como información en los medios y en las redes sociales dieron indicios de lo que podría pasar. Punto de no retorno. El umbral térmico. Y así fue, los ríos se han secado, en las últimas expediciones hemos encontrado solamente rastros salinos y tierra agrietada entre cuyas líneas se escurre la desesperanza. Pero no hemos cedido, el comandante ha encontrado en el mapa las viejas industrias. Cree que las cisternas o los depósitos anti incendios pueden contener algo.
Durante la noche viajamos alrededor de tres kilómetros hacia el norte. El registro térmico marcaba 40° por lo que tuvimos que movernos despacio para evitar la fatiga. Lo importante es que al fin entramos a la ciudad, hemos dejado atrás los cielos anaranjados de los bosques en llamas. La calidad del aire minó nuestros pasos, los filtros de las máscaras no han podido contener polvo y cenizas. Eso sí, las ciudades han muerto. Se ha vuelto complicado atravesar las calles entre vehículos oxidados, cadáveres y maleza seca que empieza a reclamar los cimientos de los edificios. Durante el trayecto no hemos encontrado a nadie más, el grupo se sigue manteniendo en un número de 20 personas. En el día el calor aumentó a 60°. Mientras dormitaba he soñado con lluvia, pero al abrir los ojos me ha resultado atemorizante ver que las altas temperaturas han derretido incluso el concreto, sobre el cual, es lamentable que no viajen más barcos de papel.
Han pasado a darnos la ración de agua, la cual ha bajado a sólo 50 mililitros para los que se quedaran en este edificio y 150 a los exploradores que nos adentraremos a la zona industrial. Espero que el comandante tenga razón sobre los depósitos, los susurros, murmullos y miradas que viajan de un lado a otro empiezan a poner en alerta a varios. Parece que la cordura se está derritiendo. Me pregunto qué opinará de mi idea sobre evaporar el agua de los cuerpos de algunos cuantos del grupo.
Una terrible visión apocalíptica y un interesante registro literario. Mis felicitaciones