ALFONSO VALENZUELA CISNEROS
A menudo el hombre gusta esconderse bajo la infortuna del destino, toma el vértice de la soga cuando el caballo ya se perfila hacia el punto de la irrefutable caída, las omisiones y errores del pasado serán la impronta de la memoria justo antes de estrellarse contra su realidad.
Los oídos se aturden cuando afuera se vocifera, pero también cuando el susurro necio del interior no permite escuchar las palabras francas, los apáticos no se perciben así porque no se detienen a pensar o porque su umbral de asombro se graduó con la cotidianidad grotesca de la vida. Se cambia la maravilla infantil por los ojos nublos que no son capaces de ver la miseria propia, menos la externa.
Si como es adentro es afuera, en la res pública no se asoma un panorama distinto, la deliberación y construcción colectiva la ejercen solo unos cuantos que, por confabulación familiar, círculo social y pocos de esfuerzo genuino y autónomo, logran posicionarse en el orbe iniciático del poder.
Las posturas ideológicas férreamente defendidas en lo antagónico de la dulce e inimputable oposición se diseminan cuando se ocupa el gobierno en turno y, entonces, es momento de ejercer y luego justificar las prácticas que laceran a la sociedad de que se proviene. La siniestra, sin lavar sus pecados y culpas, se pone el reloj y anillo de la diestra, sin advertir que ésta también se encuentra cargada de la inmundicia propia.
Todo es un sinfónico en el que los concertantes conocen las partituras: tañen, rasguean, teclean, pulsan y soplan según les indique la batuta presente u oculta, pero también entienden y juegan a la perfección con el silencio, a sabiendas que en la música y la teatralidad, la mudez también es un tiempo; todo ante la comparecencia de un vulgo sentado al otro lado de la sala que no es capaz de distinguir tropiezo interpretativo o si la ejecución amerita el aplauso, confiando en la exoneración de la ingenuidad colectiva.
Si en la mitología griega el Sísifo estuvo condenado eternamente a empujar cuesta arriba una piedra, pero Albert Camus en su ensayo del mito, discurre que los hombres estamos “condenados a la libertad de construirnos a nosotros mismos a cada instante”, el profano no debe quedar pasmado ante la indolencia de la resignación, sino discurrir hacia ámbito de lo posible como una invitación a erradicar el espasmo que inmoviliza al cuerpo social, dando paso a una conciencia que abone al análisis, proposición, actuación y confrontación del quehacer público.
No queda más que los espectadores del burdo concierto se despojen del velcro que mantiene a pantalones y faldas sujetos al asiento, brinquen la balaustrada, suban al escenario y se apropien de los instrumentos de los fraudulentos. Sólo se correría el riesgo de que la música que tocan los anónimos sea más auténtica y verdadera y, acaso, finalmente, una bella melodía.