OSCAR ROMERO MERCADO
Era medianoche. Oliver había pasado las últimas tres horas frente al monitor con la página en blanco. El cursor parpadeaba como un metrónomo que marca el pulso de un silencio que jamás se rompe. Bebió el último sorbo de café y esperó con la mirada al vació a que un destello de inspiración o de locura se escurriera entre sus dedos para al fin revelar su siguiente historia. Nada. Todo en lo que pensaba le parecía un cliché hollywodense; zombies, fantasmas, psicofonías, demonios, elementos baratos que no llamarían la atención ni del lector más crédulo.
Se levantó de la silla, tomó un cigarrillo de la caja y lo prendió con la delicadeza que dicta el ritual. Apagó la luz de la habitación y se dirigió a cerrar las persianas de la ventana. En aquel momento, el chirrido de llantas sobre el asfalto llamó su atención. El vehículo pasaba a toda prisa con las sirenas prendidas. El anuncio de algún crimen. Corrió al escritorio y sin soltar el cigarrillo de su boca comenzó a escribir:
El carro se dirigía a toda prisa sobre la federal 45. Aquel viejo pointer rugía como un gato asustado que no puede trepar a la barda. Jaime tenía el pedal a fondo. Constantemente levantaba la mirada hacia el espejo retrovisor esperando que aquellos faros ámbar se perdieran entre la niebla. La amargura en su boca anunciaba un temor profundo. Las manos le temblaban, tenía el rostro desencajado…
Oliver detuvo la escritura. Afuera, las luces de las sirenas se arremolinaban sobre la calle. Sintió la necesidad de echar un vistazo, pero el ímpetu de su obra le mantuvo frente al monitor. Tiró la ceniza del cigarro, lo volvió a colocar en su boca, dio una gran bocanada de humo y continuó:
… La niebla era cada vez más densa. La humedad en el ambiente empañaba el parabrisas más rápido de lo que el aire acondicionado podía evitarlo. De pronto, un golpe seco lo lanzó ligeramente hacia enfrente. Le habían alcanzado. Ahora ambos motores se unían ensordecedoramente en una carrera hacia la muerte…
Volvió a detenerse. Sobre el pasillo de su apartamento alcanzó a escuchar algunas voces y ruidos extraños. Las luces de las sirenas alumbraban la habitación pausadamente. Se mantuvo en silencio algunos segundos. El corazón comenzó a palpitarle tan fuerte que parecía escucharle. Se levantó de un salto y por inercia corrió hacia la puerta. Un golpe seco le lanzó hacia el piso; sobre el marco de la entrada se dibujaba la sombra de un cuerpo voluminoso. Oliver trató de levantarse, pero las manos de aquel hombre le comenzaron a apretar tan fuerte el cuello que su voluntad se veía interrumpida al igual que su aire. Respiración entrecortada. Oliver pataleaba mientras sus ojos en blanco anunciaban el final de su historia.