VIRIDIANA LIZARDO
Llego a la central y me dirijo al andén, muestro mi boleto de autobús al ñor de la entrada. Está viendo el celular y decide creerme sin siquiera ver mi rostro, menos la mochila gigante que cargo. Bien podría contener un cadáver, pero nadie hace el intento de revisarla. En realidad, contiene toda mi existencia. Mientras espero en la fila para abordar, hago un listado en mi cabeza, deseando que haber empacado todo: Llaves, cartera, celular, en el bolsillo pequeño. Computadora, cargador, libros, bolsa con cables. Sí, en la parte acolchada de la mochila. Ropa limpia, en la parte central. En una sección a prueba de agua va la ropa sucia y el queso que me mandó mi abuelita (bien oreado, en papel aluminio, dentro de una bolsa). Ojalá que no suelte suero, como la vez pasada, que tuve mi ropa apestando a patas por una semana. Pero las quesadillas valen la pena. Además, a donde voy no habrá comida. Abordo el autobús con el boleto en mano, sin que nadie lo haya revisado.
Semestre nuevo, vivienda nueva en dirección desconocida. Podría quejarme y eso he estado haciendo la última semana. Desde el momento que me avisaron, mientras abordaba otro autobús para irme de voluntaria a un colectar de gasterópodos. Una semana en el monte, sin señal, sin internet, puros caracoles. Bueno, no. Después de tu mensaje, todo fue caracoles y ansiedad. Enviaste un largo y apologético mensaje de voz: bajó tu promedio, era culpa de la casa por estar lejos de su escuela, no ibas a renovar el contrato del depa, te tenías que mudar, pero me habías conseguido un lugar dónde quedarme. ¿Qué opción me quedaba? La casera no quería esperar a que yo volviera. Iban a convertir la casa de estudiante en un AirBnB, si quería quedarme, tendría que contratar vía la aplicación y pagar la nueva tarifa.
Si tan sólo hubiera tenido tiempo de asimilar la situación. Por lo menos, empacar mis cosas en la mochila que cargo ahora. Pero no, fue todo a distancia, comandado por mensajes. Así que tomaste decisiones por mí, echaste todas mis cosas en bolsas y las llevaste a una nueva casa dónde rentaban un cuarto para señoritas en una casa de monjas. Odio las mudanzas, ésta es la cuarta en dos años. Ya no desempacaré jamás.
Ni adiós le dije al depa, con su estufa que no calentaba, el refrigerador con sentido del humor y los extraños sonidos en el techo, que sonaban como la cabeza de un niño rebotando por el suelo. Ya no habrá sofá para las visitas, ni noches de película, ni martes de pizza 2×1. Voy a vivir en un cuartucho, sola. Lo que me da más coraje es no haberme despedido de ti. Voy a extrañar el eterno olor a sopa instantánea, porque no sabíamos cocinar otra cosa. Cómo salíamos a largas caminatas en búsqueda de mis cigarros, aunque tu no fumaras. Cómo corrías a contestar el teléfono para hablar con tu novio y cómo dejabas el baño pulcro después de las llamadas, porque limpiar obsesivamente te disipaba la ansiedad que aquel fulano te causaba. Me enoja que se interrumpieran estos rituales mundanos que tanta paz nos daban.
Duermo todo el trayecto en el autobús y despierto adolorida. Sigo durmiendo durante el recorrido hacia la nueva colonia. Me duele la cabeza. Busco la calle, el edificio y toco el timbre. Me presento, me explican las reglas: nada de visitas, la renta no incluye el uso de la cocina, hay hora de llegada y el baño es compartido. Llego a mi cuarto, me cambio de ropa, salgo a la universidad. Está a 15 minutos a pie, tanto cambio por ahorrarse la combi. ¿Dónde vivirás ahora?
La caminata me parece eterna. Creo que tengo fiebre. Llego a la conferencia dónde me dicen “hoy es el día en que deciden su futuro”. No entiendo nada de lo que dicen, yo creí haberlo decidido cuando me vine a estudiar acá. Había esperado este evento por un año, durante el cual pasé horas hablándote sobre las materias que iba a inscribir este semestre. Me duele la garganta, me arrastro al baño para revisarme en el espejo el cogote, pero no veo puntitos blancos como esperaba. Se ve como una placa rasposa que comienza desde el paladar. Me dirijo a los servicios de salud de la universidad. Siento mis pies resbalarse dentro del zapato, tal vez llegaría más rápido patinando descalza sobre mi abundante sudor. En la clínica, se espantan al verme, dicen que estoy gris, me atienden rápido.
—Mija, ya no llore —me dice el doctor, mientras me recibe con un vaso de vitamina C efervescente.— No tiene fiebre, es más, tiene la temperatura baja.
Sólo me inspecciona por encima y no me revisa la garganta, ni siquiera después de decirle lo que vi. Comienza a anotar mis datos en la receta y le da indicaciones a la enfermera de que me pase a la balanza. Mientras me miden y me pesan continúa hablando parsimoniosamente.
—Mire, es clásico que una muchacha de su edad somatice el estrés de iniciar un nuevo semestre. Ya han llegado varias. Aquí dice que está en quinto, ¿verdad? Ese es el más pesado porque tiene que escoger tesis. Pero le recomiendo titularse por seminario de titulación, con estos nervios qué va a andar aguantando hacer tesis.
Lo miro en silencio mientras me miden la presión, intentando ocultar la rabia que me está causando.
—Usted no tiene nada que el descanso y el aire fresco no mejoren. Consígase un novio para que se relaje. Usted es joven y muy bonita para estar haciendo semejantes dramas. Aunque tiene que bajar de peso. Aquí dice que no es de aquí, es más —hace a un lado mi expediente y me ve a los ojos por primera vez— si está sufriendo tanto, mejor regrésese a su pueblo.
Mi semblante cambia, decido no ocultar mi enojo , siento que mis ojos salen de sus órbitas, que casi puedo tocarlo con ellos. El doctor se detiene, me observa con espanto.
—No. Una mudanza más, no.
Me da la receta que dice “Crisis nerviosa: referir al psicólogo y aumentar actividad física.” La tiro a la basura al salir del consultorio y me voy caminando lento hacía mi nueva casa. Cargo la vieja y confiable mochila, que ni siquiera había alcanzado a desempacar. Salgo y me arrastro sin rumbo, sintiendo el peso de toda mi existencia sobre la espalda. Ajusto lo más posible las correas de la mochila hasta sentir que se me adhiere. Deseo que no se separe de mí, como lo hiciste tú. Tu recuerdo hace que pierda fuerzas y tengo que detenerme. Quiero acostarme en el pasto, pero no quiero quitarme la mochila, así que me acuesto de panza, he de verme ridícula. Como tú, diciendo que bajaste tu promedio, cuando sé que estás en el cuadro de honor. Quiero desaparecer entra la hierba. Como tú, que bloqueaste mi número y me borraste de todos lados. Cierro los ojos y siento que me hago chiquita. Me deslizo por la hierba y me refugio en el envés de una hoja. Me escondo en mi mochila, me olvido de todo.
Olvido que hace unos meses todo estaba bien porque estaba a punto de irme a estudiar los rituales de apareamiento de caracoles. Que son hermafroditas facultativos. Escogen si ser macho o hembra según las circunstancias. Tal vez si fuera un caracol yo podría haber hecho algo cuando tus padres llegaron de sorpresa a conocer el departamento. Estaban preocupados porque no respondías a las llamadas del novio. Yo los recibí y me trataron bien, agradecidos de haberte enseñado a navegar por la ciudad mientras recorrían el depa: sala, comedor, estudio y habitación. Entonces, se hizo el silencio al notar que solo había una cama matrimonial. En ese momento llegaste y te llevaron, aunque aún no terminaba el semestre y tenías que entregar el trabajo final. Supongo que por eso bajó tu promedio.