OSCAR ROMERO MERCADO
Desenfundaron las armas. Díaz tomó el pomo de la puerta del apartamento 17 y lo giró lentamente. Los detectives entraron con el mayor silencio que permitían las suelas de sus zapatos Oxford. Martínez venía detrás, resollando, tan cerca que su aire chocaba exasperante sobre la nuca de su compañero. Llegaron a la habitación, giraron rápidamente el torso al entrar. Estaba vacía, sólo encontraron una cama desordenada y un olor a cigarro apagado que penetraba hasta las paredes. Se dirigieron hacia la sala, sillones viejos de vinil agrietado, una alfombra guinda con olor a polvo y sobre una pequeña mesa de plástico un televisor de 24 pulgadas.
—Al parecer no hay nadie —dijo Martínez, mientras bajaba su arma y relajaba su cuerpo. Miraba alrededor y todo le parecía tan normal y tan simple para ser la casa de un asesino serial.
—Te he dicho que nunca bajes tu arma hasta que no estés completamente seguro, no seas pendejo, Martínez, cualquier rato te revientan la mollera de un tiro —dijo Díaz, mientras tomaba la mano de su pareja y le volvía subir la Glock. —Nos falta revisar aquella cocina, ponte listo. —Se dirigieron ahora a toda prisa, la sensación de que la casa estaba sola les había dado más valor, se sentía en sus pisadas. Nada importante. Sólo un viejo refrigerador color hueso que hacía más ruido de lo que posiblemente enfriaba. Una mesa de madera con mantel de plástico y una estufa blanca llena de cochambre.
—Parece que aquí vive un anciano —anunció Díaz mientras revisaba el refrigerador y los restos de comida sobre la estufa.
—Pues esta vez te equivocas, güey, venimos buscando a uno de 25 —exclamó Martínez molesto, mientras jalaba una silla para sentarse y colocaba su arma sobre la mesa.
—Te falta ojo. ¿Cuándo has visto que alguien de 25 cocine huevos en salsa verde como los que están en la cazuela, o que tenga en el refrigerador como medio kilo de queso de puerco, dos chayotes y tres calabacitas? A menos que el pinche serial killer tenga buen gusto pa’ las tortas o ande planeando hacer caldo —dijo Díaz en tono burlón. Enfundó su arma y se sentó junto a su compañero.
De pronto el ruido del agua bajando por el retrete los alertó. Se miraron desorbitados, se les heló el cuerpo, la adrenalina los hizo sentir como si el corazón les explotara y la sangre se les volviera viscosa. Una pesadez los retuvo al entender que habían olvidado revisar el baño. Se abrió la puerta y bajo el marco un sexagenario canoso les miraba con el rostro desencajado de sorpresa. Los detectives se levantaron de golpe, tomaron sus armas y vaciaron todos los tiros sobre aquel hombre. Las respiraciones estaban agitadas.
—Marca a la comisaría y pide que envíen la ambulancia y peritos a la calle Nieto en la colonia Linda Vista apartamento 17 —dijo Díaz a su compañero con la voz temblorosa.
—Es el 27 —dijo Martínez. —Recuerda que nos dijeron apartamento 27 —repitió mientras veía con temor el cuerpo desangrándose sobre el piso.