FROYLÁN ALFARO
Querido Sófocles:
Es extraño escribirte sin saber si creerás en la posibilidad de que estas palabras viajen a través de los siglos. No sé si los dioses del Olimpo permiten que la correspondencia traspase el tiempo, pero en caso de que algún Hermes moderno lleve este mensaje hasta tus oídos, quiero contarte cómo andamos por aquí, en este presente al que llamamos siglo XXI.
Ya no se cree en los dioses como tú los conociste, aunque, a decir verdad, seguimos atrapados en sus sombras. Tus tragedias, que parecían hablarnos del castigo de los dioses, del destino ineludible y de la arrogancia, ahora parecen más espejos que advertencias. Hay algo en Edipo que no muere, algo en Antígona que se repite con insistencia.
Hemos sustituido al oráculo de Delfos por los algoritmos. Ya no preguntamos al dios qué nos espera, sino que confiamos en que los datos nos predigan el futuro: qué pareja es la más compatible, qué enfermedad podríamos tener, qué trabajo deberíamos buscar. En lugar de una voz enigmática que nos diga “conócete a ti mismo”, ahora nos enfrentamos a pantallas que nos dicen quiénes somos según nuestras búsquedas o nuestras reacciones. Hemos pasado de la tragedia a la estadística.
Pero no por eso hemos dejado de sangrar.
Tu Edipo, rey que buscaba la verdad sin saber que era él mismo el culpable, ha renacido en muchas formas. Hoy lo vemos en políticos que prometen limpiar la ciudad sin saber que son parte de su podredumbre. En científicos que abren los ojos del mundo sin ver que su propio experimento escapa de sus manos. En personas comunes que descubren demasiado tarde que los hilos que los ataban eran los de su propia historia. Tus palabras siguen doliendo porque la ceguera no ha desaparecido, solo ha cambiado de forma.
Y Antígona, querida Antígona. Esa mujer que enterró a su hermano contra la ley del Estado, por fidelidad a una ley más antigua, más sagrada, y quizá más humana. Si la vieras hoy, Sófocles, la reconocerías en tantas voces que se alzan contra las injusticias. A veces, las Antígonas actuales son mujeres que cruzan desiertos con un niño en brazos. A veces, son hombres que se niegan a cumplir órdenes inhumanas. Otras veces, son adolescentes que gritan por la dignidad de los que ya no pueden gritar. Y, como en tu tiempo, también hoy esas voces terminan silenciadas, encarceladas, a veces sepultadas en sentido literal.
La música de tus coros ha sido reemplazada por la indiferencia del público o por el ruido de las redes. En vez de cantos que reflexionan, tenemos comentarios que se olvidan al instante. La tragedia ha perdido su ritual. Ya no hay teatro al aire libre ni comunidad reunida bajo la luna. Vemos las desgracias como quien cambia de canal: rápido, sin dolernos demasiado. Hemos aprendido a ver sin sentir.
Pero no todo está perdido.
Hay quienes aún escriben para pensar, quienes se detienen a escuchar el temblor que hay en ciertas palabras, quienes recuerdan, como tú, que la verdad duele, pero libera. Que no hay conocimiento sin sacrificio, que no hay libertad sin conflicto. En los libros que aún se escriben, en los cuerpos que aún resisten, tu espíritu sigue respirando.
Decías que lo trágico no era el castigo, sino la lucidez. Y eso es algo que aún nos atemoriza. Nos cuesta mirar de frente nuestras contradicciones. Nos cuesta aceptar que no somos ni dioses ni bestias, sino algo a medio camino: un animal que pregunta, que se equivoca, que busca sentido incluso cuando no hay una respuesta.
Tal vez por eso tus obras siguen siendo necesarias. No para repetirlas, sino para escucharlas como quien escucha a un viejo sabio que no da lecciones, sino muchas preguntas. No hemos dejado de necesitar esas preguntas.
No sé si algún día podamos vivir sin repetir los errores de Edipo, sin enterrar a nuestras Antígonas, sin despreciar al coro. Pero mientras haya alguien que escriba, alguien que lea, alguien que se detenga a pensar, tal vez tu legado siga ardiendo como una pequeña lámpara en la noche.
Desde estos tiempos extraños, te saluda un admirador.