SARA ANDRADE
Como no soy ni máquina ni personaje de ficción, sino su amiga sincera, tengo que reconocer que a veces caigo a la ignominia del pesimismo. ¡Ay de mí! ¡Soy la persona que más sufre en la Tierra! ¡Todo está podrido, más allá de la salvación! Mi pesimismo, teñido de mi usual histrionismo sentimental, me hace caer en la peor versión de todas las cosas, me sume en una momentánea oscuridad en la que nada tiene una cualidad redimible, ni siquiera esas cosas que yo considero siempre puras y buenas, como la señora de los tamales que pone su puesto delante de mi trabajo.
La señora llega antes que yo a su esquina elegida, justo entre la pared que conforma el estacionamiento y el puente peatonal. Desde el camión puedo ver como ella y su esposo comienzan la lenta y cuidadosa tarea de reunir piedras para atar el mecate con el que sostienen su lona. Luego comienzas a sacar la mesa y las hieleras llenas de tamales de una carretilla, que después sirve de asiento, caja fuerte y basurero. Cuando yo estoy cruzando el puente para entrar a la oficina, ellos se están sentando en sus banquitos de plástico para atender a sus clientes godines.
Yo soy su cliente godina, su cliente modelo. Yo, una mujer que ama a los tamales más que a su vida y que está dispuesta a recorrer distancias insoldables por uno a la hora del desayuno (lo más lejos que he llegado es ir a los tamales frente al IMSS; casi 20 minutos de trayecto). Así que desde que comenzó a ponerse en esa esquina, yo he estado ahí para pedirle, una o dos veces por semana, dos tamales verdes de picadillo.
La señora es Señora en toda la extensión de la palabra: pequeña, de voz suave, en exceso cordial y solícita. A veces da un poco de vergüenza el recibir tanta atención. Yo, que nunca dominé el arte de la amabilidad entre extraños, solamente le sonrío de vuelta.
El asunto es que el lunes pasado le pedí mis usuales tamales verdes de picadillo y resulta que me dio dos tamales de rajas con queso. ¿Un problema? Por supuesto que no. Me los comí con la misma hambre. Sin embargo, por motivos de mala administración financiera, no pude ir por mis segundos tamales semanales si no que la visité hasta la semana siguiente, sin pensar ya de nuevo en que se había equivocado en su orden.
Por supuesto, ella siendo un ángel bajado a la tierra, se confesó conmigo y me dijo que se dio cuenta de que me había dado los tamales equivocados justo en el momento en el que me di la vuelta. Estaba tan apenada que, cuando no me vio en toda la semana, pensó que me había molestado con ella. ¡Qué locura!, pensé yo. Si yo pudiera, daría mi vida por usted. Pero no se lo dije, para no ahondar en su malestar porque, qué difícil es lidiar con el martirio innecesario de los demás.
Le dije que no había problema pero la señora, en resarcimiento a su falta, me regaló un vaso de atole de pinole y me hizo prometerle que volvería y que no me enojaría con ella.
Me regresé a la oficina con una sonrisa tonta en la cara, una bolsa de tamales en la mano y un vasito de unicel en la otra, pensando que la vida no podía ser tan mala si existía gente como ella, pensando que estaba siendo injusta también al dejarme vencer por la falsa desesperanza cuando a veces un error (pequeño, tonto, poco importante) puede ser borrado por el gesto milagroso de la bondad desinteresada.