Sobre Sampedro o la imposibilidad de una jaula
No sé si es la muerte o la muerte de un poeta lo que me pone receptiva al mundo. Afuera se escuchan los pájaros que cantan un cortejo fúnebre, mientras suena también una canción de los Cardenales. ¿o tal vez son los cardenales los pájaros que se sientan a llorar la muerte de un conejo en la copa del árbol que está frente a mi ventana? Conocía a Sampedro a través de su poesía: fue parte del programa que curse en Literatura Regional en la Unidad Académica de Letras y lo elegí para exponerlo, tal vez por el nombre peculiar de su libro, tal vez porque en él llevaba la palabra gato. Yo era muy joven. Entonces entendía menos de poesía, de ritmo e imagen. Todavía quería ser novelista y, aunque disfrutaba de la poesía, mi compromiso estaba del otro lado de las aguas.
Sin embargo, me esmeré. Leí con atención las palabras, pero no lograba situarlas en una jaula. Se me escapaban, a pesar de mi ímpetu de ir tras ellas y, salvo algunas imágenes que me parecían más dignas de un cuadro que de una página en blanco, no logré comprender, debo aceptarlo. Algunos años después pude poner un rostro humano a los versos: los espacios se convirtieron en punto de encuentro, aunque a la distancia. Nunca entablé una plática profunda directamente con él, aunque logré escuchar sus diálogos con otras personas en algunas situaciones y siempre me pareció muy humana su forma de ver la poesía, muy poética su forma de bajar la cabeza y colocar sus manos detrás de la espalda, como si esa postura afinara su oído. Nuestro diálogo fue siempre sólo hasta un buenas tardes o buenos días, pero fue amigo de amigos y también aprendí a quererlo a través de las palabras de mis maestros.
Años después un conocido de otro estado me pidió que concertara una reunión con él porque lo admiraba como editor. Entonces, me di cuenta –una vez más a través de los pensamientos de terceros- que su labor era grande y no se limitaba únicamente a los poemas que saltaban o alumbraban en las páginas de sus libros. También en ese momento leí un poco de su poesía, temerosa de no encontrar una vez más esa jaula para aprehender las palabras. Yo empezaba a escribir poemas y me sentí ruborizada al encontrar en mi propio estado una lengua tan depurada y elevada, pero con muchísima libertad en el contenido y en la forma.
Ahora escribo, muchos años después de esos días en los que fui universitaria. Releo los poemas que me encuentro en las redes y la preciosa selección que hizo Alberto Avendaño para este número, al fin logro entender un poco. Leo las palabras de Gonzalo desde la amistad y de Jesús desde la admiración, y creo que justo he visto la epifanía a los ojos: no hay jaula suficientemente grande que pueda contener sus palabras que son libres como los pájaros que se sostienen a sí mismos a través de su canto, son libres porque el conejo corre.
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero

Fotografía: Pascual Borzelli Iglesias