KAREN ARANTXA PADILLA MEDINA
Los saberes están aguardando para ser liberados por algún incauto que se atreva a saber más de lo que le han dado por conocimiento. Quizás en cada época haya habido un atrevido, en mayor o menor medida osado, y que gracias a este arrojo se hayan construido otros tipos de saberes fuera de lo que dictan las normas de la época. Sin embargo, esta audacia no es gratuita y habría que pagar un costo, posiblemente para quien no haya sido un precio justo sea para los juzgados y quemados en la hoguera. Pero no sólo perder la vida es una alta valía, pues para el Fausto de Pessoa hay un conflicto sobre el pensamiento que expresa en un monólogo interior en el que se ve reflejada la inclinación de principios de siglo XX que también exponen otros autores como Albert Camus y Franz Kafka.
Fernando Pessoa (1888-1935) fue un poeta y ensayista portugués, quien publicó en varias revistas de Lisboa y cuya técnica de escritura basada en la creación de personalidades distintas le ha valido popularidad en el mundo de la literatura. En su obra El primer Fausto, la voz poética se habla a sí misma, como en un soliloquio que está dividido en partes en las que desglosa en diversos momentos los detalles del horror que siente ante el misterio. El misterio es la vida y la muerte, por lo que no hay ningún lugar a dónde hacerse así que el tomar la consciencia de éste, ocasiona un temor perenne.
Para el narrador de El primer Fausto, “todo es símbolo y analogía”1, es decir, lo que está en el mundo sensible es una ilusión: “Bebí la copa […] del pensamiento/ hasta el fin; ya que la reconocí/ vacía me dio horror. Pero la bebí./ Entonces razoné hasta encontrar la verdad,/ la encontré y no la entiendo.”2 Obtiene así, mediante una bebida, la consciencia del saber y que al darse cuenta de haberlo hecho confirma que lo sabe. Por lo que poco después, a manera de Jesús, quien carga su propia cruz en la que será crucificado, la voz poética enuncia que en el deseo de la comprensión está la cruz del pensamiento3. El peso que trae consigo es el del conocimiento.
Para la voz poética, el verdadero misterio de la existencia consiste en que no hay tal, al perder la simplicidad del alma sólo le queda el pensamiento. El horror de haber visto el misterio frente a frente le hizo consciente de que Ser es admirarse de serlo y por lo tanto de existir. Por todo lo que sabe ya no puede convivir con las demás personas y espera la muerte. El único momento en que siente un descanso de la existencia es en la ensoñación porque no hay la impresión de que la vida pasa, pues el sentirla pasar adquiere el tedio de vivir. En el percatarse de que la vida es real, le deviene en el horror.
Como símbolos del misterio y el horror, se propone a la Gorgona y el Demogorgon, quienes representan una a la vista y el otro a la palabra. Según el mito griego de Medusa, una de las Gorgonas, mujeres que tenían por cabellos serpientes venenosas; particularmente quien veía a Medusa a los ojos se convertía en piedra.4 El demogorgon como dios pagano de la tierra es un demonio en el judeocristianismo, este mito, posterior al de Medusa, no debía ser nombrado pues su nombre producía terror, tal era su numinosidad.5 En concordancia con lo relativo al tema mítico, se presentan relámpagos de pensamiento que le revelan a Fausto, un misterio que le asusta. Los relámpagos podrían venir de Dios, ya sea Zeus, Júpiter o el Sol. Estos pensamientos lanzados por algún ente superior pueden ser castigo divino por atreverse a saber más de la cuenta.
La voz de Fausto continua en sus cavilaciones pensando en que sólo en la inocencia y en la ignorancia se es feliz, ¿por qué la locura es más sana que la carencia de ella? La locura como falta de lucidez es un estadio en el que a semejanza de la ensoñación no se percata de lo que pasa en la vida. Es entonces que enuncia haber dejado a la poesía y a la ciencia, pues sólo en la locura se es feliz. Durante este monólogo interior, Fausto clama tener horror, temor hacia la propia existencia y que no puede sosegarse ni en la vida ni en la muerte. La vida es tediosa pues ya sabe todo lo que se puede conocer debido al líquido que ingirió. El misterio es que no hay misterio. Llega a una desazón. Fausto teme a la muerte porque no sabe si tampoco llegará a nada, menciona que su temor es carnal, pues la carne es de alguna manera el soporte del pensamiento y que sin este soporte también desaparecería el pensamiento, sin embargo, no lo sabe con exactitud.
La idea expresada es el desasosiego del futuro, ya sea visto como la vida o con la muerte. Al final en los diálogos se enfrenta a ese ser sabio Viejo que no le da lo que quiere y lo asesina, quizás en verdad no tenía el filtro. La muerte del Viejo a través de sus manos puede ser vista como la muerte misma de lo que representa el Viejo como arquetipo del anciano sabio: un intento de eliminar por asfixia los saberes que le fueron dados y que no hicieron más que tenerlo en vilo. Pero esto no es posible, y se percata de ello al ver su alma vacía frente al cadáver del anciano, un cuerpo vacío. Parece que Fausto como Jesús, seguirá cargando la cruz de su condena que es el conocimiento del misterio de la existencia.
Referencias
1Pessoa, Fernando, El primer Fausto, FCE, México, 2010, p.18.
2Idem, p. 19.
3Idem, p. 20.
4Graves, Robert, Los mitos griegos I, Alianza, Madrid, 2011, p.352.
5Tomado de https://fido.palermo.edu/servicios_dyc/publicacionesdc/vista/detalle_articulo.php?id_libro=658&id_articulo=13774 el 14/06/2020.
Lectura de Lizardo, Gonzalo, El demonio de la interpretación, Siglo XXI, México, 2017.

Kraft, Johan Peter (1856), Fausto en la mañana de Pascua, Akademie der Bildenden Kunste, Vienna, Austria.